Si algo tienen en común todos los macroeventos, que observamos quienes fuimos críticos con la Expo de Zaragoza, es que pasan por una fase de euforia tras la concesión, de triunfalismo mientras se celebran y hasta unos meses tras su finalización (independientemente de que hayan sido un fracaso).
Cuando se sosiega todo la cosa se calma y hay que tentarse la ropa por aquello del gasto público. Puede haber proyectos cerrados a posteriori (fue el caso de la Expo de Lisboa, por ejemplo, que se convirtió en vivienda) o entran en una cierta inercia a ver qué pasa. Y, hay que aclarar, que esto sucede en muchísimas ocasiones y en algunos la gestión a posteriori ha sido un completo desastre como en la Expo 92 de Sevilla o en las Olimpiadas de Atenas 2004 que precipitaron la ruina del país.
Inercia sería la palabra justa para definir la situación actual de Ranillas. No ha sido una catástrofe absoluta pero la pos Expo ha dejado un reguero de pifias por el camino y un gasto público en forma de deuda, que aún estamos pagando, y de costes asociados al recinto en sí y su gestión.
Dejar seguir y esperar alguna ventana de oportunidad. Alguna idea, brillante o no, para aprovechar los espacios muertos del evento o, lo que es peor, las concesiones que no han funcionado y que están judicializadas y sin horizonte de solución a corto plazo.
Son días de calor intenso. Una tarde como otra cualquiera del tórrido verano, recorriendo lo que fue el recinto de la Expo para volver a la pregunta que se repite desde hace ya 18 años ¿Y ahora qué?
La pregunta parecía pertinente nada más terminar el evento, cuando aún había un horizonte de eventuales reformas de edificios para su aprovechamiento, ahora parece una llamada a que alguien haga algo.
A eso de las cinco de la tarde la mayor parte del recinto empresarial ha cerrado. No hay ni donde tomarte un café y se siguen viendo vallas de obra aquí y allá, aparte de una gran grúa junto a la Torre del Agua.

Un día de verano por la tarde acudir al recinto de la antigua Exposición Internacional del Agua es visitar mucho espacio vacío. Un cascarón en el que sobrevive el Acuario, que se reformará en breves tras la nueva concesión del espacio a Global Omnium y el Palacio de Congresos.
Alguna escultura suelta aquí y allá, muchas de ellas en pésimo estado de conservación, recuerdan que aquello fue de algo de sostenibilidad, de agua o algo así. No estaría mal preguntar a cualquiera de qué fue exactamente la Expo y seguramente dirían eso: de algo del agua.
No faltará quien nombre el Pabellón Puente, ahora mismo Mobility City. El regalo a Ibercaja de un edificio emblemático que se pagó y reformó con dinero público. Pero el paseo, sin necesidad de posar una mirada muy atenta, seguramente se detendría en los edificios sin uso. Ya no sin uso, sino sin tan siquiera expectativa de tenerlo.
Sin duda los dos más llamativos son los antiguos pabellones de España y Aragón. Unas costosas ruinas que, básicamente, no sirven para nada y que se mantienen en pie por pura inercia, tras varias propuestas que han quedado en agua de borrajas.
Habría que preguntarse qué habría que hacer para rehabilitar dos edificios que llevan cerrados 18 años, que son de una estética muy complicada y que son difíciles hasta de limpiar por su propia estructura.
Por lo que va a salir la reforma de la Torre del Agua, el otro mamotreto estrella que ha estado sin uso todo este tiempo, más allá de algunas visitas puntuales, ya lo sabemos: aproximadamente 11 millones de euros, que empezaron siendo 7, pero, como suele suceder con la obra pública, la cosa sube.
Ahora luce una grúa. Tendrá restaurante de un cierto standing y unas luces muy bonitas. Vamos, que será el anuncio luminoso más caro del mundo. Por supuesto todo ello a mayor gloria de la empresa privada. Aún cerrada nunca ha dejado de costar dinero. Siempre ha tenido personal asignado a gestión y coste de mantenimiento.
Del lío del Spa de Ranillas, con la concesión fallida a Cublan Inversiones, que arrastra una deuda de 14,6 millones de euros que se puede volver contra las instituciones aragonesas y que igual tenemos que pagar a escote la ciudadanía, se ha ocupado con rigor este medio.
Solo apuntar a que, en la dinámica que venimos hablando de inercia, es más de lo mismo. Se fía a empresas privadas una gestión muy compleja, en lo que apunta a una operación de capitalismo de amiguetes, y, si sale mal, el desastre cae del lado de la cosa pública.
También podemos ver otras concesiones estrella como las playas de la Expo, cerradas y llenas de maleza, estas a mayor gloria de los mosquitos, porque de eso sí que anda bien servido el recinto. Lo más curioso de este espacio es que a priori era rentable y tenía miles de visitas.
Ahora bien, era rentable a través de una concesión a Dreams Playas del Ebro, que lo derivó a la empresa Esteo Estudios Técnicos del Ocio de la familia Morte, que no ha invertido ni una tercera parte de los 720.000 euros comprometidos. Esto ha derivado en otro proceso judicial pendiente de resolución y en un bloqueo en que ni las playas funcionan ni el ayuntamiento recupera el dinero. Algo que, por otro lado, no parece que vaya a suceder.
En otra zona están los llamados cacahuetes. Una zona de pequeños pabellones que sigue vallada y sobre la que se ha especulado desde montar una de las célebres Universidad-chiringuito, también hubo un proyecto de vivienda con el gobierno de Lambán en la DGA y posibles oficinas. De momento lo que hay son vallas de obra y unos edificios que, como pasó con otros, se demolieron parcialmente nada más terminar el evento.
Si el paseo se amplía podremos ver el canal de aguas bravas. Una infraestructura que se ha hecho y rehecho y parece que por fin tiene un destino a través de una concesión a una empresa del grupo Océano Atlántico. El canal ha estado 11 años abandonado, costó 5 millones y ya lleva al menos 2 en reformas para tener previsto abrir, con suerte, en 2027.
Porque el gasto sigue. En total, y según varias fuentes, la reconversión de lo que fue el recinto anda por unos 200 millones de gasto entre lo ejecutado y lo proyectado. Aunque estas cuentas siempre han tenido truco porque diferentes instituciones estatales se han ido liquidando deuda a sí mismas.
La sociedad Expo Empresarial, ente público, declara recibir dinero por el alquiler de los edificios. Pero es que muchos de esos edificios son también públicos. Al menos parece que en 2027 liquidará su rescate que subió hasta 108 millones tras una primera ampliación de capital de 272 millones y declara beneficios. Con truco, pero beneficios, porque no se tiene en cuenta la amortización de deuda, habida cuenta que las pérdidas del evento se fueron a unos 700 millones.
En Ranillas está la ciudad de la Justicia que salió en su reforma por 50 millones de euros. Ahora se instalará la tele pública aragonesa (CARTV), pero es que allí también hay sedes del INAEM, Tesorería, DGA, Tráfico, la empresa pública Sarga... Vamos, que buena parte del parque empresarial son sedes institucionales. Lo público es, a la vez, dueño e inquilino.
Llega la tarde, sigue el calor y a las 19:00 horas, con el sol empezando a bajar, el recinto es una ciudad fantasma más allá de algún paseante despistado y unas pocas irreductibles del running.
Los años triunfales suelen tener una amplia resaca, sino que lo pregunten también tras la Expo 92 de Sevilla, citada al principio, que terminó demoliendo edificios valiosos y abandonando parte del recinto que, 34 años después, sigue abandonado. En Sevilla, de hecho, aún están a vueltas con qué hacer con parte del recinto. Euforia, triunfalismo, perfil discreto, inercia...
En la de Zaragoza no se ha terminado de definir qué hacer con los restos de serie y la deuda de la Expo fue un quebradero de cabeza para sucesivos ayuntamientos zaragozanos y la DGA. Ahora estamos en época de bonanza económica, con el mayor presupuesto municipal de la historia, pero Ranillas tiene muchas tareas pendientes y la sensación de que algo hay que hacer, aunque, al mismo tiempo, el simple observador podría deducir que nadie sabe muy bien qué.





