Casi medio siglo después de empuñar las armas contra la negación del pueblo kurdo, el Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK) ha dado el paso histórico de disolverse como organización armada. La imagen de militantes y comandantes quemando sus fusiles simboliza el cierre de una etapa de lucha que, según su líder Abdullah Öcalan, abre una nueva era de política democrática y justicia social.
Fundado en 1978 por un grupo de jóvenes militantes liderados por Öcalan, el PKK surgió como respuesta a la represión sistemática contra la identidad kurda en Turquía, donde durante décadas se prohibió el idioma, la cultura y cualquier forma de organización autónoma. Tras el golpe militar de 1980, la guerrilla se vio obligada a pasar a la clandestinidad. Se inició un conflicto que se prolongó durante más de 40 años dejando más de 40.000 muertos y un sinfín de desplazamientos forzados.
La decisión de deponer las armas, sellada en el XII Congreso del PKK, responde directamente al último llamamiento histórico de Öcalan, preso desde 1999 en la isla-prisión de Imrali. En su carta —hecha pública recientemente— el líder kurdo defendía: "El movimiento PKK y su estrategia de liberación nacional, que surgió como reacción a la negación de la existencia [del pueblo kurdo] y, por lo tanto, buscaba establecer un Estado separado, ha sido disuelto. Se ha reconocido la existencia; por lo tanto, se ha logrado el objetivo fundamental (...). Lo que se ha logrado es una transición voluntaria de la fase de lucha armada a la fase de política democrática y de derecho. Esto no es una pérdida, sino un logro histórico".
"El fuego que quemó las armas es el mismo que mantendrá viva nuestra voluntad de autogobierno y convivencia entre pueblos"
Según recogen medios como Naiz o la agencia kurda ANF, los actos de quema de armas se han desarrollado en varias zonas de las montañas kurdas, en presencia de delegaciones políticas y observadores internacionales. "La sociedad kurda ya no puede ser reducida al silencio ni al exilio. Hemos demostrado que podemos resistir y ahora demostramos que podemos construir", ha declarado un portavoz del Congreso de la Sociedad Democrática (DTK). "El fuego que quemó las armas es el mismo que mantendrá viva nuestra voluntad de autogobierno y convivencia entre pueblos", añadió.
El movimiento kurdo subraya que este paso implica también la puesta en marcha de un programa de “sociedad democrática”, que sustituye la lógica del nacionalismo estatal por una estrategia de autogobierno comunitario, feminismo y democracia radical, ideas que Öcalan ha desarrollado desde su encierro y que hoy inspiran a miles de comunas y asambleas, especialmente en la región autónoma del norte de Siria (Rojava).
La dimensión geopolítica de este giro no es menor. El PKK ha sido durante décadas uno de los actores clave en Oriente Medio, influyendo en la correlación de fuerzas en Irak, Siria, Irán y Turquía. Mientras combatía al Daesh a través de sus milicias hermanas —las YPG y YPJ—, contaba con la simpatía de movimientos de izquierda y redes solidarias de todo el mundo. Hoy, el reto es que este desarme no deje vía libre a la represión del Estado turco ni a las intervenciones militares de potencias regionales que siempre han temido la fuerza organizada del pueblo kurdo.
La paz, si no es con derechos, no es paz: es silencio
En paralelo, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan ha reaccionado anunciando la creación de una comisión parlamentaria para supervisar el proceso de paz, un gesto que, aunque interpretado con cautela, abre una grieta de diálogo tras décadas de operaciones militares, persecución política y criminalización de cualquier atisbo de autonomía kurda.
"No creo en las armas, sino en el poder de la política y la paz social", concluía Öcalan en su mensaje. En su misiva insta también a garantizar el papel del Parlamento, del Partido DEM y de la sociedad civil kurda en la implementación de los acuerdos.
Quedan muchas incógnitas: ¿Permitirá Ankara la libertad de Öcalan, reclamada como cuestión de dignidad colectiva? ¿Cómo garantizará Turquía la seguridad de miles de militantes y simpatizantes que regresarán a la vida civil? ¿Qué papel jugarán potencias como Irán o Siria, que históricamente han instrumentalizado la cuestión kurda según su conveniencia?
Hoy, el pueblo kurdo vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda para quienes apagan fuegos con represión: ¿es posible una paz justa sin justicia social y sin reconocimiento de la diversidad? La quema de fusiles no cierra la historia de un pueblo condenado a la clandestinidad, sino que abre la puerta a que esa historia se escriba en las calles, en las asambleas y en cada rincón donde la palabra pueda florecer sin miedo. Porque la paz, si no es con derechos, no es paz: es silencio.

