El discurso vacío del rey y la estrategia republicana por llenar

Hay cierta expectación con lo que dirá el rey esta noche en su discurso de Navidad después del año polémico con los escándalos de corrupción de su padre. Seguramente nos parezca un discurso vacío y no hará la condena que sería esperable de una de las instituciones del Estado que es la Corona. Pero no es tan importante lo que diga, sino el vasallaje con que lo adulen desde los partidos monárquicos del régimen y desde las empresas de comunicación, donde el mínimo gesto lo presentarán como una heroicidad. Lo que podemos estar seguros es que será un discurso que …

gobierno París

Hay cierta expectación con lo que dirá el rey esta noche en su discurso de Navidad después del año polémico con los escándalos de corrupción de su padre. Seguramente nos parezca un discurso vacío y no hará la condena que sería esperable de una de las instituciones del Estado que es la Corona.

Pero no es tan importante lo que diga, sino el vasallaje con que lo adulen desde los partidos monárquicos del régimen y desde las empresas de comunicación, donde el mínimo gesto lo presentarán como una heroicidad. Lo que podemos estar seguros es que será un discurso que no se saldrá un ápice del plan marcado en Zarzuela de sucesión monárquica, de esta segunda transición que trata de asegurar que todo continúe atado y bien atado.

No es sólo que Juan Carlos sea un sinvergüenza y un corrupto, es que la propia institución de la Monarquía lo es, en tanto que cúpula de un régimen corrupto que sostiene un capitalismo de amiguetes y dinero fácil. Un capitalismo que precisa de la corrupción para engrasar los acuerdos, muchos de ellos en forma de contratación pública o de recalificación urbanística.

La Monarquía expresa, no sólo simbólicamente sino también en la práctica, el poder de las oligarquías financieras y empresariales españolas, que dominan entre 1.400 familias el 80% del PIB, y bajo cuya hegemonía se han dado retrocesos en derechos políticos, sociales, laborales, económicos, medioambientales, dejando en papel mojado los derechos más importantes que se lograron plasmar en su día en la Constitución Española. Las mismas familias que controlaban el poder político en el franquismo, las que tenían y tienen todo atado y bien atado.

Cada viaje supuestamente diplomático de la monarquía respondía a los intereses de alguna de estas familias y en muchas ocasiones incluso le llegaban a acompañar en el viaje. Nunca le acompañaron sindicatos u organizaciones de la sociedad civil. No era el "mejor embajador que tiene España", tan solo el facilitador de los negocietes de las familias más ricas de este país y su papel era abrirles o cerrarles algún negocio, donde la corrupción era el elemento facilitador.

Por eso el problema no es que el Rey sea un corrupto, eso tan solo es la consecuencia lógica de todo lo anterior. De un régimen estructuralmente corrupto diseñado por y para unas élites, agotado e incapaz de satisfacer las necesidades de la mayoría social. Y es precisamente eso lo que trata de preservar el plan de sucesión monárquica, comenzado con la abdicación y donde el discurso de esta noche será un capítulo más.

Proteger la monarquía para proteger el régimen es el plan y por eso se plantea como un problema personal de Juan Carlos ya que muerto el perro se acabó la rabia. Se trata de construir el relato popular, todavía pendiente de construir, para el nuevo Rey Felipe. Si con su padre se nos hizo creer que trajo la democracia y se puso del lado del pueblo el 23F, a Felipe nos lo presentan como aquel que llega a renunciar de su familia por salvar el país de la corrupción.

Y en este contexto la izquierda real vuelve a poner el tema republicano en la agenda. Para algunos ya lo era, pero esto no siempre ha sido así. De hecho, no hace mucho las banderas republicanas había que esconderlas en los mítines, se nos decía que no era un "significante ganador" y lo suficientemente “transversal” para que pudiera aglutinar a una mayoría social. Nunca es tarde si la dicha es buena, pero nos debería preocupar que no terminemos de ver cuál es la trazabilidad argumental que nos ha llevado de considerar la República un significante perdedor, a un discurso a recuperar, en apenas unos años.

Porque cuando nos pedían esconder las banderas republicanas, la Monarquía ya era socialmente cuestionada y eran conocidos escándalos como las cacerías de elefantes o la corrupción del Caso Noos con la implicación de la infanta Cristina. Tal es así que en 2015 el CIS dejó de preguntar por la monarquía después de 4 años seguidos suspendiendo. La monarquía se encontraba en un momento sensible de abdicación precipitada y sin un relato para el nuevo monarca que además debía enfrentar potentes movilizaciones republicanas en la calle.

Como novedad, es cierto que recientemente una encuesta elaborada por crowdfunding por varios medios daba como ganadora la opción republicana en un posible referéndum sobre monarquía o república. Pero esto siempre se supo, hace ya 25 años Adolfo Suarez lo reconoció tapándose el micro de corbata en una entrevista con Victoria Prego.

La República no puede convertirse en una simple disputa en el plano discursivo con el PSOE para evitar su abrazo del oso electoral, para mantener perfil propio en un gobierno de coalición. La República no es un tapón para evitar la fuga de votantes de UP al PSOE, conocedores de que este tema le hace pupa al PSOE. Un partido que, a pesar de su tradición republicana, fue reconfigurado durante la transición como partido de un régimen que debía ser monárquico, por lo que tiene en su seno la contradicción entre lo que sus dirigentes deben defender y lo que piensan sus bases. La República no puede ser el último bandazo táctico sino una estrategia de largo alcance que hay que llenar de contenido.

Y es que la cuestión republicana no es una únicamente una reivindicación atemporal basada en la elección democrática de la jefatura del Estado. Como tampoco es solamente una cuestión de higiene democrática a pesar de los innumerables casos de corrupción de la Monarquía española.

La República debe ser el banderín de enganche de la alternativa política que queremos construir, el vértice de cada lucha concreta en defensa de los servicios públicos, contra la corrupción, los derechos civiles y sociales, el feminismo, la autodeterminación de los pueblos, los derechos de los trabajadores… Nuestra tarea es elevar el carácter político de cada lucha relacionándolas con la reivindicación de la Tercera República, como una aspiración tangible que da forma a la superación del estado actual de las cosas. Si la monarquía es la cúpula del régimen del 78, la República debe ser nuestra cúpula para ese modelo económico e institucional que aspiramos, basado en la democracia económica, política y social.

Porque la República que queremos hay que conquistarla y organizar su conquista. El malestar que genera una institución corrupta y anacrónica como la monarquía hay que organizarlo como pueblo consciente, no solo reconducirlo como votante. La República que queremos no se conquistará en el trámite parlamentario, sólo un proceso constituyente de carácter popular nos la traerá. Sólo desde la ruptura con el régimen del 78 lograremos alcanzar la República que queremos.

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