El desarrollo sostenible es ficción, una ficción elaborada por las élites económicas para hacernos creer que se puede seguir creciendo económicamente gracias a la tecnología humana, que nos proveerá de energía y materias primas de modo creciente y sin límite.
Pero la actual crisis, cuya consecuencia es la guerra de Ucrania, no al revés, nos está poniendo contra las cuerdas. Se acaban los combustibles fósiles que la Naturaleza creó durante millones de años y que los humanos hemos consumido en tan sólo 150 años. Occidente está en pánico ante la evidencia de que no habrá energía suficiente para nuestro nivel de vida en unos pocos meses y, muy probablemente, nunca más.
Los combustibles fósiles y minerales (uranio) escasean y occidente ha decidido llenar el mundo de guerras para irse apropiando de ellos. Pero eso sólo retrasa el colapso, no lo evita. Los movimientos ecologistas llevan años avisando de que esto iba a llegar, que nos fuéramos acomodando a un mundo de escasez energética… y mineral (informe de ecologistas en Acción: Alternativas ecosociales para colapsar mejor).
En 1972 se publicó el informe “Los límites del crecimiento” confeccionado por científicos del Instituto Tecnológico de Massachusetts por encargo del Club de Roma, que ya preveía esta escasez y que podría ocurrir entorno a 2020. Los augurios científicos han sido mucho más certeros que los de los economistas neoliberales (cuyos contrainformes pagan los oligopolios).
Ni se hizo caso, ni se hace en la actualidad. Las reuniones anuales de la COP, iniciativa de la ONU contra el cambio climático, han evidenciado la imposibilidad de poner de acuerdo a todos los países. El Protocolo de Kioto de 1997 para la reducción del 5% de las emisiones de CO2 fue un primer intento. Después vinieron los Acuerdos de París en 2015, mucho más ambiciosos. Pero, una vez firmados, los países inventan mil triquiñuelas para eludir sus promesas, que sea otro el que las cumpla.
El objetivo de no rebasar un aumento mundial de temperatura de 1,5º ya es inalcanzable según los últimos estudios científicos. Y estos mismos científicos se están rebelando ante la inactividad política por las presiones corporativas.
Caminamos en la Marcha a Glasgow durante 1.000 km para recordar a los países del mundo reunidos en la COP26 que el tiempo se acaba si queremos salvar a la humanidad de su destrucción por el cambio climático que estamos produciendo. La COP27 de Egipto ha sido otro fracaso, 27 fracasos ya.
Las grandes empresas han conseguido que los gobiernos gasten ingentes cantidades de dinero público en investigación de nuevas fuentes de energía. Han surgido técnicas como la rotura hídrica (fracking), energía nuclear de fusión, hidrógeno (verde), combustibles sintéticos a partir de plantas de cultivo o capturando CO2, coches eléctricos, etc.
¿Pero qué hay de cierto en la esperanza de futuro (un futuro igual de consumista que el presente) de estas tecnologías? Hay muy poca información y, la mayoría, está contaminada por intereses económicos. A lo largo de este compendio de artículos publicados en AraInfo vamos a ir desgranando sus ventajas e inconvenientes y la capacidad energética real de la que podrá disponer la humanidad.
El futuro se augura de escasez. El despilfarro actual va a acabar o acabará con la misma humanidad. Las energías renovables, únicas verdes y sostenibles, son limitadas en cuanto a nuestra capacidad de aprovechamiento y son el futuro energético más claro que tenemos, tal vez el único.
Pero, además, es la única opción de la que disponemos para evitar que la actividad humana siga contaminando la atmósfera con gases tóxicos para la salud o con efecto invernadero, calentando progresiva y aceleradamente el planeta y rompiendo el frágil equilibrio medioambiental que permite la vida.
Los últimos estudios sobre la capacidad indirecta de efecto invernadero de las emisiones de hidrógeno (una molécula muy pequeña y huidiza), la sitúan, por unidad de masa, por encima del CO2 y del metano (“Climate consequences of hydrogen emissions” de la European Geosciences Union -EGU-). Esto implica que los gasoductos no pueden reformarse para ser hidrogenoductos, sino que requiere una tecnología totalmente diferente.
Sólo un 3% de fuga de gas natural (cuyo principal componente es el metano) ya equipara la contaminación del gas a la del carbón y, se estima, que las fugas en el proceso de licuefacción, transporte en barcos metaneros y regasificación, conlleva unas fugas de un 7,9 % (¿Es el gas natural un amigo climático? Observatori del Deute en la Globalització -ODG-). Esto hace completamente estúpido incluir el gas en la taxonomía europea de energías sostenibles. Igual que la nuclear.
Por desgracia, los sueños literarios de los nuevos Julios Vernes de poder conquistar el espacio cuando La Tierra ya no sea habitable, no son realistas. Precisamente por la misma escasez energética y mineral que ya acorrala a la humanidad y al sistema económico creado por ella.
El futuro, si sobrevivimos a nuestra propia y genética estupidez cortoplacista, insaciable y codiciosa, será de eficiencia máxima en el uso de energía y materias, con reutilización o reciclaje del 100%. Deberemos decrecer (esa palabra maldita para los economistas prosistema) hasta niveles de consumo compatibles con ello.
Carlos Taibo, en su obra ”Decrecimiento. Una propuesta razonada”, plantea que si vivimos en un planeta con recursos limitados no parece que tenga mucho sentido aspirar a seguir creciendo ilimitadamente. Las graves afecciones medioambientales que provoca debería bastar para admitir, cuando no apoyar, la perspectiva del decrecimiento. Taibo nos invita a recuperar la vida social que nos ha sido robada, a desplegar formas de ocio creativo, a repartir el trabajo, a reducir las dimensiones de muchas de las infraestructuras que empleamos, a restaurar un hábitat local maltrecho o, en el terreno individual, a apostar por la sobriedad y la sencillez voluntarias.
Así que, en muchas cosas deberemos retroceder años, décadas o siglos para retomar una senda compatible con la vida humana en el planeta. Esto ya se avisó desde el ecologismo hace décadas. Entonces hubiera sido posible una adaptación lenta e indolora. Pero, ahora, el tiempo apremia y las consecuencias de nuestro egoísmo pueden llevarnos, incluso, a hacernos desaparecer como especie. El futuro que dejamos a las siguientes generaciones, hijos y nietos, es desolador.
El decrecimiento (energético, económico e, incluso, poblacional) es el único camino que tenemos para afrontar este reto vital. Lo cual no implica vivir peor, todo lo contrario (“Less is more. How degrowth will save the world”, de Jason Hikel.).
El informe “Proporcionar una vida digna con un mínimo de energía”, publicado en la revista Global Environmental Change ha concluido que la humanidad podría disfrutar de un nivel de vida decente con el 40% de la energía consumida hoy (nivel de 1960). Un norteamericano podría tener cubiertas sus necesidades básicas reduciendo un 90% su consumo energético. Y se podría conseguir sólo duplicando la producción energética no fósil, un objetivo asequible si se planifica bien producción y distribución.
Sólo hay que hacer más eficientes los sistemas, eliminar los consumos superfluos y la obsolescencia programada, mejorar los servicios públicos y redistribuir la riqueza a nivel nacional e internacional. Una economía estable, no creciente. Un cambio muy radical para que sea aceptado por aquellos que se enriquecen con este sistema, unos oligopolios que controlan gobiernos y que llevan una comitiva más grande que los países a las reuniones mundiales que tratan de buscar soluciones, como las COP.
Las prisas por lograr alternativas energéticas a las menguantes fósiles está llevando a Europa a querer rebajar los controles legales sobre minería e instalaciones renovables y a financiar a los oligopolios la investigación en sistemas energéticos imposibles o ineficientes. Es una peligrosa merma de las democracias.
Esta búsqueda, de oligopolio y gobiernos (como el aragonés), del beneficio privado como único objetivo, está resultando en la irresponsable implantación de energías renovables sin planificación social alguna, llevando la alarma social a muchas zonas rurales, que están en pie de guerra contra una aberración que puede empeorar sus vidas, mucho. No es casual que este año se hayan estrenado dos películas como Alcarrás y As Bestas, sobre el asunto.
Por eso se plantea la rebelión pacífica como único modo de hacer cambiar de idea a gobiernos y corporaciones económicas y financieras, ya que inacción, elecciones, justicia y todos los demás mecanismos “democráticos” han demostrado su sumisión al poder.
Es posible desarrollar un importante avance en la producción de energía fotovoltaica con un mínimo de impacto ambiental (y social) ya que existen en España (y otros muchos países) una cantidad de superficies degradadas por el ser humano suficientes para duplicar la producción eléctrica fotovoltaica. Lo que, además, puede permitir que parte de los beneficios se queden en la población o en las instituciones públicas y no sólo en el oligopolio (Informe Renovables aquí sí, del Observatorio de la Sostenibilidad, para Aliente.). “Hacerlo bien no significa retrasar la transición a las renovables; significa acelerar hacia una democracia energética que planifique la sobriedad y tome en cuenta las limitaciones de materias primas disponibles”.
El “desarrollo sostenible” es, sólo, una argucia para seguir haciendo lo mismo, pero pintado de verde. Un ejemplo claro ha sido el incendio de Ateca, que ha calcinado 14.000 ha. Cuando una empresa quería repoblar 500 para ganar dinero con ello, al vender “certificados de absorción de CO2” a empresas contaminantes, para que puedan publicitarse como econeutrales.
Proyectos como el hidrogenoducto de Barcelona a Marsella, la “batería solar”, el petróleo sintético o los avances en energía nuclear de fusión son más pruebas de la impotencia del sistema para reproducir su nivel de consumismo sin petróleo. Son noticias impactantes para crear un clima social favorable a dilapidar ingentes cantidades de dinero público en tecnologías que nunca veremos funcionar, pero que arregla los beneficios de las grandes empresas.
Si no decrecemos ordenadamente (planificadamente), lo haremos con caos y guerras y en medio de un calentamiento global que nos pondrá al borde de la extinción. El futuro con menos consumo puede reportar más felicidad, mientras que el capitalismo, como sistema económico que premia el egoísmo individualista, ha fracasado. La mano invisible nos está ahogando sin darnos cuenta. La planificación y la distribución es el único futuro posible de la humanidad.
El ecologismo ha sido tratado siempre de opositor al avance y de obstruccionista del aumento de bienestar. Sin embargo, tras los años, siempre se han cumplido sus predicciones y empresas, gobiernos y partidos políticos (algunos renuentes) han adoptado las formulaciones ecologistas, incluso, como ideas propias. Recordemos la oposición a la protección de espacios naturales, al coche eléctrico, a la agroecología (sin pesticidas), a las energías renovables o el negacionismo del cambio climático (producido por el calentamiento global), tan de moda actualmente.
Estas páginas están marcadas por la amenaza firme de un futuro mundo distópico tras un muy probable colapso civilizatorio. Pero también está impregnado de esperanza, ya que está en manos de la humanidad reconducirnos por un camino que podríamos llamar de felicidad austera. Este libro, sus ideas, será recordado en el futuro bien porque no supimos desviar la trayectoria hacia el colapso o bien porque sirvió para ello.
Aquí apuntamos el camino a seguir en un trabajo bien documentado y con un fuerte trasfondo científico. No es un auto de fe, sino una invitación a la reflexión y a la acción. Esperamos que las siguientes líneas les ayuden a entenderlo.


