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Chile: el espectáculo neoliberal y sus caras violentas

Las imágenes de violencia policial, primero y luego las del Ejército y la Marina cruzando plazas y calles revocan en Chile a los años transcurridos entre 1973 y 1989 cuando la dictadura y sus agentes se paseaban por los barrios a punta de fusil encañonando a los jóvenes, a las madres y trabajadoras con sus niños
| 27 octubre, 2019 07.10
Chile: el espectáculo neoliberal y sus caras violentas
Foto: @jjcc_chile

La memoria.

Chile (1973-1990) como el Estado español (1939-1975) es ese tipo de sociedades padecientes de un trauma violento provocado por dictaduras feroces y mortales, las cuales se cubrieron las espaldas con unos anclajes institucionales sólidos y generaron una huella traumática en la memoria para la inmensa mayoría de las personas. Los franquistas en España se jactaban diciendo que el dictador dejó todo “atado y bien atado”: la unidad de España, el orden social y el orden económico. En Chile, Pinochet y el pinochetismo se encargaron de hacer algo muy similar con la Constitución de 1980: la impunidad sobre las fuerzas militares, los privilegios y el orden social capitalista.

Ahora la derecha gobernante, no sabe cómo acallar la memoria de lucha callejera, de lucha social, de protestas y de cacerolazos expresados estos días,  que es la que reflotó en los hijos y nietos de aquellos que la dictadura no logró matar ni acallar. Las imágenes de violencia policial, primero y luego las del Ejército y la Marina cruzando plazas con juegos infantiles y las calles revocan en Chile a los años transcurridos de dictadura cuando las fuerzas armadas y sus agentes se paseaban por los barrios a punta de fusil encañonando a los jóvenes, a las madres y trabajadoras con sus niños. Unas imágenes que nunca pensamos se iban a volver a ver. Y, lamentablemente están otra vez aquí. ¿Quién lo diría?

Un modelo económico violento.

El modelo neoliberal ha presentado a Chile como un espectáculo alegre, pero cuyo final es triste y doloroso. Chile, ese “modelo exitoso” paseado por esta oligarquía nacional por los cuatro confines del mundo, pero que es en realidad un circo triste, falso, deshonesto, irreal, en la que la sociedad chilena era el león que recibía los latigazos del maestro domador para el asombro del público mundial.  Y este león cuando dio un zarpazo, el domador ofreció un látigo más corto y menos robusto, para seguir con el espectáculo. Me refiero al plan social de Piñera de comienzos de semana: un engaño más. ¿Qué iba a hacer el dueño del circo? ¿arruinarse el negocio?

Tímidas acciones constitucionales y jurídicas desde los años noventa invitaban a creer que la violencia dictatorial iba a ser juzgada seriamente y que la derecha criolla se había democratizado. Los tiempos del horror quedaban atrás, pensábamos. Sin embargo, la violencia que supuestamente dejó de existir la siguió viviendo el pueblo mapuche, los jóvenes más humildes de las poblaciones (barriadas periféricas) y los trabajadores en lucha. Y desde hace unos años, mapuches y ahora la juventud estudiantil y precaria explotaron, a lo que se sumaron el resto de los sectores de trabajadores y jubilados a las protestas. De repente, nos dimos cuenta de que la protesta pacífica era desoída y que la militarización policial del Wall Mapu se trasladaba a los grandes núcleos como Santiago, Concepción o Valparaíso.

Y también está la violencia económica de este sistema neoliberal. Bien apuntaba el historiador Mario Garcés cuando decía que había que entender que este estallido social actuaba sobre símbolos concretos: el Metro, que representaba el orgullo del poder estatal, el mejor metro de Latinoamérica, era también el más caro. Y las cadenas de farmacias, shopping centers y supermercados que representan, a nivel de calle, el poder económico. Establecimientos saturados de productos y de acceso al crédito, pero que los más humildes y sectores medios trabajadores tampoco podían acceder con normalidad y satisfacción, sino solo a través de precios e intereses abusivos.

Un ultraje al pueblo de Chile, otra vez.

Estamos ahora en un punto de incredulidad, de semi-shock, pero no de inacción. Mientras el pueblo ha desafiado los toques de queda militar (el sexto día) y se suma a las movilizaciones, se añade el fenómeno de la autoorganización de cabildos en barrios, calles y centros de trabajo y estudio cuyo horizonte de demandas podría pensarse en tres tiempos. El más inmediato: el fin de la militarización y la recuperación de las libertades ciudadanas; a termino medio: la renuncia de Piñera y, el más lejano y ambicioso: la convocatoria para una Asamblea Constituyente para una nueva Constitución.

Mientras pensamos en las soluciones organizadas desde el pueblo, paralelamente también queremos creer que la represión parará, que la violencia estatal no arrojará más muertos, que los detenidos no son tantos y que las violaciones a mujeres son pocas. Pero, las estimaciones de la violencia política estatal lamentablemente son al alza.  Hay denuncias de centros de detención ilegales como el Metro Baquedano, a un costado de Plaza Italia, centro de las manifestaciones. Hay una cifra considerable de personas detenidas y desaparecidas. Incluso, casos por cientos de noticias como la de una niña de 12 años que recibió un perdigón de Carabineros o de allanamientos en edificios particulares sobre líderes estudiantiles.

Pero al margen de la guerra de cifras que vendrá, hay que tener en cuenta que la sociedad chilena nuevamente fue violada y ultrajada por las fuerzas armadas y de seguridad. Y por muchos años, el ultraje vino por el poder económico, de los grupos Luksic, Piñera, Matte, Paulmann. Grupos poderosos del Capital que la explotaron sin cesar, creyendo que ese siempre “un poquito más” no terminaba nunca. Así, podemos decir que el ultraje social y económico ya está hecho.  Para acallar la demanda de justicia social, el gobierno se limitó a ofrecer un paquete de medidas escasas y puso a sus ministros a pedir perdón por la escasa visión y contacto con la realidad del pueblo. En definitiva, es el perdón del victimario sobre la victima cuando el daño ya está hecho. Fue un mea culpa ridículo y falso. El espectáculo neoliberal de la democracia terminó así de la peor manera posible.

27 octubre, 2019

Autor/Autora

Residente chileno en Aragón. Doctorando Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.


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