Batalla cultural e impulso de alternativas

Cierto es que hay ocasiones en las que parece no haber espacio político para lo público e incluso para nuestra forma de pensar. En este periodo que nos ha tocado vivir se impone la idea de que la gente lo que quiere son más posesiones materiales para su disfrute individual y no derechos colectivos que garanticen el bienestar a amplios sectores. Nuestro proyecto transformador tiene que combatir eso, proponiendo alternativas del buen vivir y de defensa de lo público, aunque parezcan no tener cabida en la sociedad actual. En estas condiciones se hace complicado impugnar su marco institucional y de …

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Cierto es que hay ocasiones en las que parece no haber espacio político para lo público e incluso para nuestra forma de pensar. En este periodo que nos ha tocado vivir se impone la idea de que la gente lo que quiere son más posesiones materiales para su disfrute individual y no derechos colectivos que garanticen el bienestar a amplios sectores.

Nuestro proyecto transformador tiene que combatir eso, proponiendo alternativas del buen vivir y de defensa de lo público, aunque parezcan no tener cabida en la sociedad actual. En estas condiciones se hace complicado impugnar su marco institucional y de pensamiento, pero hay margen para seguir proponiendo e impulsando alternativas que nos permitan acumular fuerzas a la vez que se producen algunos avances, que si bien, no garanticen mejoras sustanciales en las condiciones de vida de la gente sí son pasos necesarios en la dirección correcta.

Por otro lado, un radicalismo desorganizado no puede convertirse en vector de cambio o alternativa al sistema. Es necesario un programa, con unos objetivos tácticos y estratégicos bien definidos, si realmente buscamos tener incidencia y alcanzar cierto grado de éxito en ese camino hacia la transformación.

En línea con esto, cabe señalar que tampoco ayudan discursos o mensajes triunfalistas que pretenden vender como grandes avances a esos pequeños pasos a los que hacíamos referencia, y que en ocasiones, no son más que renuncias.

Ganar capacidad de influencia exige también definirse en temas que pueden ser peliagudos y sobre los que la izquierda tiende a adquirir un discurso ramplón con el que no se posiciona ni aporta soluciones. Seguridad o migración son buen ejemplo de ello.

También está el tema de la participación electoral, que si bien no es garantía para esa transformación social e institucional que pretendemos, es necesaria para empujar un proyecto, visibilizar nuestras ideas y poder contribuir en esa batalla cultural que debemos dar con una balanza tan desequilibrada.

Hay que aprender a cabalgar entre contradicciones. Gestionarlas lo mejor posible y resolver los conflictos internos que éstas generan. Democráticamente y sin dramas. Está claro que no es siempre fácil moverse dentro de un contexto liberal en el que el modelo de sociedad y democracia -a pesar de hacer aguas por todas partes- otorga a los representantes de los proyectos e ideas conservadoras y reaccionarias un papel hegemónico en la vida pública.

A pesar de ser contrarios a la intervención desde lo público, en pro de la “libertad”, lo hacen constantemente inyectando subvenciones a las empresas sin contrapartida alguna. Intervención para desequilibrar la balanza en favor de una parte de los sectores en conflicto, no para la regulación de las reglas de juego. Podemos verlo con las ayudas otorgadas a raíz de la COVID-19 y las propuestas para regular el precio de productos básicos como los test de antígenos, las mascarillas y la energía eléctrica.

Los liberales proponen bajar impuestos defendiendo que promueve una economía dinámica, pero, la realidad es que sus políticas fiscales suponen una trasferencia de rentas de las clases populares a las más favorecidas. Bajar impuestos a las rentas más altas supuestamente para favorecer la “igualdad”.

No dudan en criticar a los demás de “querer vivir de lo público” especialmente a quienes defendemos desde las instituciones unos servicios públicos fuertes y verdaderamente públicos, mientras que ellos cobran generosos sueldos de las instituciones e inyectan dinero a la empresa privada.

Predican sobre el ejemplar papel de la empresa “privada” y su “buena gestión” de los recursos públicos, al tiempo que reclaman más subvenciones a sectores privados. ¿De dónde se creen que sale ese dinero si no es de los impuestos?

Lo preocupante es que este discurso neoliberal e individualista está socialmente aceptado. La libertad de elección es una falacia, sin capacidad económica y unos servicios públicos que te asistan, al igual que buena parte de los mensajes que traslada la izquierda.

Es erróneo regalar a las fuerzas reaccionarias la centralidad en el debate sobre el marco cultural defendiendo que solamente se pueden conseguir avances sociales desde fuera de las instituciones, al igual que es altamente desmovilizador vender desde la izquierda una gestión institucional alineada con los estándares liberales como transformadora.

Un análisis que omita la desigual correlación de fuerzas y una adecuada valoración de la concentración del poder no permitirá a la izquierda dar pasos hacia adelante.

Otro debate sería el de la conveniencia o no de la participación en gobiernos, pero reflexionamos sobre un aspecto previo, muy necesario para saber cuál es nuestro papel en este instante de la historia.


Artículo publicado originalmente en Lagor.info

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