Abriguen bien a sus hijos

La sanidad pública está en entredicho porque nuestros políticos prefieren abrir nuevos hospitales privados y derivar allí los procesos más benignos que, sin embargo, absorben ingentes sumas de dinero detraídas del sistema público

Una habitación con camas del hospital infantil de Zaragoza
Foto: Sociedad de Pediatría de Aragón

Soy enfermera y trabajo en la planta de enfermedades infecciosas del Hospital Infantil de Zaragoza, donde, además, soy responsable de la seguridad del paciente y vocal del Comité de Ética Asistencial de mi sector. Estoy enamorada de mi trabajo y me consta, porque recibo muestras continuas, que mis pacientes y sus familias me tienen en muy alta estima.

Comencé allí en 2013 y no tuve opción de realizar el examen para acceder a la obtención por vía excepcional al título de enfermera especialista en pediatría porque, a pesar de que el examen se realizó en 2016 y ya contaba con los requisitos para poder presentarme, la convocatoria se había realizado en 2011. Tardaron cinco años en hacerla efectiva, y en esos cinco años somos muchas las enfermeras que aún reuniendo los requisitos, no podíamos dar marcha atrás en el tiempo para presentar nuestra solicitud. Así que quedé atrapada en un limbo legal. He formado desde 2013 a muchas enfermeras residentes que rotan por mi servicio un mes. ¿Es válida la formación que les he dado? ¿Ellas saben más que yo de mi trabajo?

Tengo plaza fija, pero mi vacante está pendiente de reconversión y eso quiere decir que cuando alguien lo decida, me quitarán para poner a una especialista con título. Y a mí me enviarán donde les parezca bien, a comenzar de cero en un servicio que es posible que ya conozca, porque he trabajado durante 22 años por todos sitios, pero llevando los últimos cuatro y medio en pediatría, ya no dominaré.

Sucede que como todas las vacantes del hospital están pendientes de reconversión, las enfermeras generalistas sienten que pierden su tiempo viniendo a él a cubrir bajas y vacaciones, así que sufrimos una carencia brutal y continua de profesionales. Así, las enfermeras del infantil acabamos el año con el débito horario siempre en positivo. A día de hoy, nos faltan por disfrutar muchas horas de fiesta (cientos), porque cuando no puede cubrirse a una compañera enferma, nos piden que saltemos nuestras libranzas o que doblemos turno.

Las especialistas no son la solución, no lo son porque no hay número suficiente para cubrir la demanda. Sin embargo, no se considera en absoluto la experiencia de las pocas contratadas generalistas que, a pesar de los pesares, trabajan con nosotras. Enfermeras contratadas sin título de especialista que, sin embargo, han aprendido a golpes de realidad y sin las cuales, nosotras, las fijas, estaríamos huérfanas. Compañeras a las cuales aún se las maltrata todavía más con contratos precarios e intermitentes. Enfermeras que no sólo dominan su trabajo, sino que también contribuyen a formar a las pocas residentes especialistas que circulan por nuestro centro, aún a sabiendas de que a ellas nunca se les va a reconocer el esfuerzo y las ganas que ponen.

Llevamos un par de meses con el hospital hipersaturado con niños, particularmente infecciosos, más graves que nunca. La situación es insostenible y, sin embargo, va a realizarse un proceso de movilidad interna en el que muchas compañeras que actualmente ocupan plaza de interina desde hace años, van a ser desplazadas. ¿Quién es la mente pensante que no optimiza unos recursos tan valiosos? La movilidad interna y los traslados (otras salen del hospital huyendo sin mirar atrás) va a provocar que nuestras plantas se llenen de enfermeras sin experiencia en el trato a pacientes pediátricos a partir de enero. Y las que quedamos, ¿cómo vamos a formar a las nuevas si no nos da tiempo ni de respirar durante los turnos?

Me hace mucha gracia que se hable de humanizar el trato al paciente, ¿acaso no somos humanas las profesionales? Me gustaría pedir a nuestros dirigentes, que comiencen por humanizar su trato hacia nosotras, que tengan en cuenta que no, no somos máquinas ni simples números con los que rellenar turnos de trabajo. Le pediría que se molesten en hablar con nosotras, que bajen a la arena, que se paseen por nuestros pasillos y que nos hagan partícipes para buscar una solución conjunta. Desde los despachos, las cosas deben vivirse de otra manera.

Tengo un par de amigas directoras enfermeras en otros territorios. Ellas conocen a su personal, hablan con las enfermeras asistenciales cada día y las cuidan. Ellas se pasean por los pasillos y toman café con el personal, viven de cerca sus dificultades e inquietudes. Aquí las directoras las percibimos a lo lejos, rara vez las vemos para hablar sosegadamente. Nunca para debatir posibles soluciones reales de problemas reales. Nos sentimos olvidadas y menospreciadas.

Las enfermeras no somos las únicas en situación de indefensión continua. Las pediatras no se quedan atrás. Cuando llegué a mi planta por primera vez, en 2013, había tres pediatras en ella. Ahora sólo hay una que evidentemente no puede soportar toda la carga laboral que antes llevaban adelante entre tres. Cada día sacan a una pediatra de otro servicio para que ayude a la nuestra en la visita a los niños. Esa pediatra va cambiando, no es siempre la misma. Imaginen dónde quedan la continuidad y la calidad asistencial.

Ellas, las pediatras, también están siendo vapuleadas porque las residentes que terminan cada año prefieren buscar otras alternativas mejores fuera del centro, así que no existe un recambio adecuado. Además de que ni siquiera se les ofrecen contratos para intentar retener el talento generado.

No es casualidad que hable en femenino, la inmensa mayoría somos mujeres. Somos una muestra más de la misoginia y del poder aplastante del patriarcado imperante.

La sanidad pública está en entredicho porque nuestros políticos prefieren abrir nuevos hospitales privados y derivar allí los procesos más benignos que, sin embargo, absorben ingentes sumas de dinero detraídas del sistema público.

Así nos va.

También soy madre de dos niñas, y todos los días las abrazo muy fuerte al llegar a casa, pensando en la suerte que tengo porque casi nunca se ponen enfermas, pensando en que ojalá sigan así porque el hospital se desmorona.

Un consejo: abriguen bien a sus hijos, mejor que no enfermen.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de nuestra política de cookies, pincha el enlace para más información.

ACEPTAR
Aviso de cookies