El 8M atravesado por la pandemia: responsabilidad y activismo

Ya sabemos que el Día Internacional de La Mujer de 2021 está en el punto de mira de todos los haters habidos y por haber y que ataques a las feministas habrá sí o sí (¡ya los estamos recibiendo!), pero lo que más debería importarnos es el hecho de que la distancia física entre nosotras no implique también distancia emocional

05 marzo, 2021. 13:53
poeta 8M
Manifestación estudiantil de este 8M en Zaragoza el pasado 2020. Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

Las opresiones, las violencias y los asesinatos machistas no se han visto interrumpidos por la pandemia que acecha el planeta desde el año pasado, y por esta misma razón, las reivindicaciones y el desarrollo del pensamiento feminista tampoco lo han hecho. Sin embargo, el COVID-19 sí está suponiendo nuevos retos y reflexiones en torno a un día tan señalado como es el 8 de marzo. Si algo tenemos claro quienes luchamos por la igualdad es que, este año, todo está siendo tremendamente complicado.

Las manifestaciones del 8 de marzo del 2020 fueron el chivo expiatorio perfecto para la ira de los machitos-antifeministas, que culparon de la pandemia a las manifestantes, pero los ataques que recibimos continuamente no son nada nuevo y, este año, esto tampoco va a cambiar. Partir de que, hagamos lo que hagamos, se nos va a criticar es algo casi intrínseco al activismo feminista. Sin embargo, es cierto que este año nos enfrentamos a riesgos reales en materia de salud y las precauciones que debemos tomar si decidimos juntarnos para ocupar distintos espacios son claves. Es muy fácil hacernos daño, caer en contradicciones, e incluso en ataques a las propias compañeras si todo se mira desde un prisma único, sin abordar las novedades contextuales de este año.

Aceptar y respetar la no presencia física

Con un virus mundial que se ha cobrado miles de vidas, con un sistema sanitario desbordado y con unas medidas de seguridad tan severas como un Estado de Alarma, no es de extrañar que haya un miedo generalizado en toda la población. Además, si este miedo se combina con las imágenes de manifestaciones masivas de años atrás, el 8m se visualiza apocalíptico.

Los carteles con el hashtag #quédateencasa, las mascarillas y los saludos con el codo son ya algo familiar, puesto que hemos aprendido que, si queremos salir de esta, debemos ser responsables y dar buen ejemplo. Se apela a la distancia social como medida clave para evitar el contagio, pero también hemos aprendido con la práctica que, para sobrevivir, lo verdaderamente importante es la cooperación, y es que durante este año se han puesto en valor las iniciativas comunitarias, la solidaridad del vecindario, la ayuda emocional, las redes de apoyo y la toma de decisiones grupales en los barrios más desfavorecidos (valores feministas y anarquistas, por cierto), todo, evidentemente, llevado a cabo con la mayor protección y medidas de prevención de contagio.

En todo este tinglado de solidaridad que hemos creado, han participado quienes querían, quienes podían, de la manera y en la medida en que era posible para cada una y cada uno. En eso consisten los movimientos sociales, en que cada cual aporte su granito de arena. Sin embargo, la realidad tras esto nunca es tan perfecta como parece y las secuelas psicológicas de la pandemia ya pueden palparse, no solo en todas las personas que han enfrentado la enfermedad y la crisis de manera directa o indirecta, sino también en las y los activistas que se dedican a proteger a la comunidad. Estas secuelas tienen mucho que ver con la carga de trabajo y las (auto)exigencias, que muchas veces nos diluyen los buenos tratos con nosotras mismas y entre nosotras, ​pero de esto ya hablé el año pasado​.

Las consecuencias y los impactos de un año atravesado por el COVID-19 son muchos y, por esta razón, es muy respetable que haya personas que se alejen físicamente de la lucha feminista, al fin y al cabo, hay otras muchas maneras de participar. El distanciamiento ha fomentado el uso de canales de comunicación alternativos que no dejan de ser altavoces a nuestra disposición. Los tiempos cambian y las formas de reivindicación, también deben hacerlo.

Aceptar y respetar la toma de las calles

Al margen de lo entendible de estas reacciones, es importante recordar que parte de la lucha feminista consiste en ocupar los espacios que nos son negados o que no ocupamos generalmente porque no son seguros. Además, sabemos de sobra que el quedarse en casa, para las que convivan con su torturador, es extremadamente peligroso. Por estos motivos, y porque manifestarse es un derecho que, en la situación actual, parece que se tambalea, los movimientos feministas (y de cualquier otra índole) no pueden, ni deben, dejar las calles.

De la misma manera que se crean telarañas de cooperación vecinales con el trabajo voluntario de quienes pueden permitírselo y considerando las posibilidades personales de cada persona, ¿por qué no se contempla la posibilidad de llevar a cabo protestas bajo esta misma filosofía?

Quizás el próximo 8 de marzo, mi compañera de asamblea escoja hacer huelga en el trabajo, pero mi vecina del 5° no pueda permitírselo. Puede que mi amiga esté confinada, pero participe en un debate online sobre la interseccionalidad. Es posible que mi prima, que teletrabaja desde hace meses, quiera ir a la concentración y que mi compañera de piso, que ha desarrollado ansiedad a las multitudes, prefiera poner una pancarta en su balcón y compartir en sus redes sociales el manifiesto de la convocatoria.

El debate debe ir más allá de la polarización entre quedarse en casa o no, y sobre todo, debe romper con el moralismo de lo que es lo mejor y lo que es lo peor. Se deben abordar las diferentes realidades de las compañeras, así como la necesidad de que nuestros cuerpos estén presentes también en el espacio que reclamamos, sin que se expongan a un peligro innecesario. Se debe hablar de cuáles son las mejores estrategias de acción para que nuestros mensajes lleguen a la opinión pública y que se escuchen nuestras reivindicaciones. Este año toca ampliar los canales de difusión para demostrar que seguimos aquí, presencialmente, virtualmente, o de cualquier otra manera.

​Sororidad como pilar fundamental

El 8 de marzo, como otras fechas señaladas para distintas reivindicaciones, resulta ser un día conflictivo para muchas de nosotras. Es un día, o más bien unas semanas, en que sentimos que hay que darlo todo, que debemos demostrar que estamos activas, que somos buenas feministas. Es un día en el que parece que el éxito se mide en el cansancio acumulado al terminarlo, como si haber dormido 4 horas por estar preparando la actividad X fuese a favorecer el cuidado y los buenos tratos a otras compañeras, tanto si se equivocan en algo y hay que corregirlo sin que aparezcan culpas y reproches, como si lo hacen maravillosamente, en cuyo caso merecen como mínimo un agradecimiento.

Como mencionaba al principio, este año todo es diferente, todo es nuevo y todo necesita de una valoración, un debate, una adaptación a las condiciones. Y así se está haciendo, porque es responsabilidad de todas cuidarnos y respetar nuestras decisiones en relación al nivel de implicación y asistencia a las actividades programadas para este día.

Ya sabemos que el Día Internacional de La Mujer de 2021 está en el punto de mira de todos los haters habidos y por haber y que ataques a las feministas habrá sí o sí (¡ya los estamos recibiendo!), pero lo que más debería importarnos es el hecho de que la distancia física entre nosotras no implique también distancia emocional.

Nos veamos o no, nos sentimos, compañeras.

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