¿Nos cuidamos?

Hablar de los cuidados y su importancia está en boga: cuidarse a una misma, cuidar a tus amistades, cuidar a tus compañeras/os/es de trabajo... Pero, paradójicamente, la falta de cuidados en los movimientos sociales es muy frecuente, especialmente en épocas de duro trabajo, como los días previos al 8 de marzo, u otras ocasiones. La emoción del activismo Conozco la sensación de trabajar al 200% por lograr que algo salga adelante, de no poder dormir por estar pensando en los preparativos para tal acción: “que no se me olvide coger la pintura morada del trastero”, “hay que echar gasolina al …

Nos
Marcha Nocturna Feminista de las Fiestas del Pilar de Zaragoza. Foto: Pablo Ibáñez (AraInfo)

Hablar de los cuidados y su importancia está en boga: cuidarse a una misma, cuidar a tus amistades, cuidar a tus compañeras/os/es de trabajo... Pero, paradójicamente, la falta de cuidados en los movimientos sociales es muy frecuente, especialmente en épocas de duro trabajo, como los días previos al 8 de marzo, u otras ocasiones.

La emoción del activismo

Conozco la sensación de trabajar al 200% por lograr que algo salga adelante, de no poder dormir por estar pensando en los preparativos para tal acción: “que no se me olvide coger la pintura morada del trastero”, “hay que echar gasolina al coche para los transportes”, “tenemos que pedir permiso antes de hacer esto”… Conozco el cansancio físico y mental de la entrega excesiva, el egoísmo de creer que si no lo hago yo, se hará mal o no se hará y conozco la frustración de no ver mis esfuerzos reconocidos. Lo conozco yo y lo conoce cualquiera que se haya sentido parte de un colectivo con fines reivindicativos.

Recuerdo que durante el tiempo en que viví en Atenas y trabajaba en las squats anarquistas de Exarchia con personas refugiadas, muchos días se me olvidaba comer, recuerdo disputas tontas entre compañeras debido al cansancio y las paranoias y desconfianza generalizadas por la falta de cuidados en el grupo. También recuerdo que la semana previa al 8 de marzo del año pasado, llegué a depositar la frustración que sentía por verme sobrecargada de trabajo en mis compañeras, enfadándome muchísimo y no disfrutando como me habría gustado del proceso.

Sentirse parte de un movimiento social es maravilloso, encontrarse a sí misma en una idea compartida por otras personas, ver que se obtienen logros gracias al trabajo conjunto no puede explicarse con palabras, sentir que eres útil, que puedes cambiar algo que no te gusta, que no estás parada viendo cómo todo se derrumba te hace sentir viva. Pero también es común que dentro del grupo se establezcan relaciones desiguales, de poder. Caemos frecuentemente en el complejo de salvadora, pisando a nuestras compañeras, cargándonos excesivamente de tareas y siendo, en definitiva, completamente irresponsables con nosotras mismas y con las demás.

Fuera culpas

Pero esto, amigas, es normal, ¿cómo no vamos a intentar darlo todo en algo que nos importa? Vivimos en una sociedad individualista que nos ha enseñado a crecer en base a la competitividad, cualquier juego de niños tenía un ganador, competimos por sacar la mejor nota en clase, competimos por un puesto de trabajo, competimos por hacer el mejor regalo, por ser la mejor amiga, la mejor novia, y también la mejor activista.

Ser responsables con nuestra actividad en el movimiento del que somos parte va de la mano con aceptar el marco desde el que venimos: un marco capitalista y patriarcal, absolutamente contrario a lo que pretendemos construir. Debemos permitirnos los errores, pero mucho antes, hay que saber verlos.

Resignificando los cuidados

Hablamos tanto de sororidad, de apoyo mutuo y de cuidados, que olvidamos lo que significa, pasan a ser conceptos tan normalizados en nuestros círculos que obviamos trabajarlos, especialmente en los momentos en que más falta hacen. Cuidar a tus compañeras de lucha no es solo llevar unas galletas veganas a la asamblea, es confiar en ellas y delegar tareas, es agradecer el trabajo que hacen – desde lo más visible, hasta lo más aburrido –, es aceptar su fatiga y respetar sus ausencias. Cuidar es asumir que, si no se llega, no se hace, y no pasa nada. Nadie es imprescindible.

Seguramente, una vez pase este 8 de marzo, los diferentes grupos haremos asambleas de valoración e identificaremos dinámicas (auto)destructivas que entorpecieron el trabajo, generaron malestar y nos hicieron daño. Igualmente, en otros grupos de trabajo, tras una fecha importante, se suele hacer balance. Incluso hay situaciones extremas en las que el estado de crisis es casi permanente, como sucedía cuando yo vivía en Atenas, y ese balance se hace mucho tiempo después, cuando se sale de allí (aquí también entra en juego el privilegio blanco de poder alejarnos de la lucha social cuando se trata de algo que no afecta a nuestros cuerpos).

El trabajo interno en un grupo supone un porcentaje altísimo de los requisitos para el éxito del mismo, sin embargo, aunque no paremos de decirlo, lo hacemos muy poco. Es muy triste sentir que lo que realizas por puro convencimiento, te hiere. Hacer algo que nos llena y estar completamente sanas y motivadas para ello no debería ser incompatible. Para evitar este desgaste y conseguir un trabajo efectivo, hay que trabajar los cuidados todos los días del año, no solo después de la crisis, hay que aprender a prevenir estos monstruos que nos acechan en épocas de estrés, hay que trabajar para integrar este modus operandi en nuestro día a día para que ya sea parte de nosotras mismas bajo presión o sin ella. Debemos hacer un profundo trabajo de reflexión y revisión conjunto en que identifiquemos nuestra visión de los cuidados y la manera en que queremos llevarlos a cabo para que la guerra que lidiamos porque creemos en ella desde las entrañas, no nos haga daño.

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