Ya no hay claveles en los fusiles

25 de abril, se cumplen 50 años de la Revolución de los Claveles, Revolução dos Cravos en portugués. Un hecho que definiría el Portugal de ahora mismo, aunque la asentada democracia trufada de neoliberalismo, en la que la extrema derecha tiene una presencia importante, bien poco tiene que ver con los propósitos de aquel lejano 1974.

Foto: Júlio Reis (CC BY-SA 2.5)

El mundo entero cambió mucho en poco tiempo. La década transcurrida entre 1968-1978 fueron unos años en que se prefiguró la sociedad europea contemporánea y nuestra realidad es heredera de aquella.

Años en que coincidieron procesos que cambiaron el mundo pero que terminarían en democracias capitalistas en Europa y en un doloroso proceso descolonizador en África.

Pero empecemos con música. Grandola Vila Morena, de José Zeca Afonso, canción prohibida por el régimen de Salazar, fue la contraseña para que arrancara la revuelta de los militares antifascistas del MFA.

Muchas cosas serían curiosas en esta revolución, algunas hasta paradójicas.

Para empezar fue una revolución democrática en la que los militares fueron una fuerza democratizadora, exactamente lo contrario de lo que suelen ser.

También fue una revolución muy poco violenta, aunque fuera armada. Quedan para la Historia las armas de los militares con un clavel en el cañón. Imágenes poéticas para terminar con la grisura del régimen de Estado Novo, que comenzaría Salazar y heredaría Marcelo Caetano.

También fue chusco el final de Salazar, que quedaría gravemente discapacitado tras un accidente doméstico y que, sin enterarse de nada, seguía sobre el papel gobernando, aunque era cosa de su junta hacerlo.

Pero no fue solo el final de la dictadura, también sería el comienzo de la descolonización africana. De hecho, la gestión de las colonias sería uno de los motivos que precipitaría el final del régimen.

Hay que aclarar que nadie quería ya el colonialismo, que era ampliamente repudiado por buena parte de la población, empezando por los propios militares que se veían en un conflicto que dilapidaba cantidades escandalosas de recursos y con unos soldados de reemplazo sin ningún vínculo con los países subsaharianos.

La descolonización terminaría siendo un desastre. Los militares simplemente volvieron a la metrópoli y con ellos medio millón de portugueses: comerciantes, terratenientes y funcionarios, que veían peligrar su estatus privilegiado de colonizadores.

No hubo un verdadero traspaso de poder a los grupos independentistas, que estaban poco organizados, y aquello derivaría en una inestabilidad política cuyos exponentes más terribles fueron las encarnizadas guerras civiles de Angola y Mozambique, que serían las más largas de la historia africana.

Lisboa el 25 de abril de 1974 | Foto: Centro de Documentação 25 de Abril (CC)

En Portugal se esperaban cambios políticos y económicos muy profundos.

Se nacionalizó la banca y buena parte de la industria. Hubo comités populares de soldados, de vecinos que organizaron los barrios, de comercio...  Llegó incluso a anunciarse la transición al socialismo.

El sueño terminaría con un proceso constituyente, elecciones libres y una deriva muy similar a la española en que el socialismo real se transformaría en socialdemocracia y luego en el capitalismo de rostro humano.

Vale, no fue una revolución como añoramos los anarquistas, pero fue un aldabonazo en la historia por varios motivos como el que fuera un cambio social no violento y una revolución bastante horizontal en que los líderes supieron retirarse a tiempo. Un cambio social en que las elecciones fueron democráticas y no hubo trampa. No se metieron monarquías y se dejó la basura bajo la alfombra, como en la tan cacareada Transición española.

Ya no hay armas con claveles. Esta es la Europa de las guerras de baja intensidad y los negocios sucios. Pero mirar este y otros pasados nos enseña que, a lo mejor era cierto: otro mundo es posible.

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