Una ley de negacionismo climático

Este es el “negacionismo blando”, “transición ecológica de consenso”, o “consenso verde” al que nos enfrentamos. Para hacerle frente, debemos tener claro que cualquier solución que se nos presente que no suponga un cambio radical con respecto a las tendencias pasadas, será falsa. Debemos tener claro que para lograr las reducciones de emisiones imprescindibles necesitamos decrecer en todas las esferas: energética, material y de movilidad.

Foto: Pablo Ibáñez (AraIfo)

El pasado jueves 8 de abril se aprobó en la Comisión para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico del Congreso la esperada Ley de Cambio Climático. Sin grandes sorpresas con respecto a los documentos y anteproyectos previos, el resultado es totalmente lamentable y se queda muy lejos de estar a la altura del reto de la emergencia climática en la que nos encontramos. Para comprender mejor el fracaso que significa esta ley, haremos un breve recorrido por el pasado reciente.

Hace dos años, a inicios de 2019, nacieron diferentes colectivos y plataformas por la justicia climática, en el Estado español y también en otros países. Las reivindicaciones no eran nuevas, muchas organizaciones y colectivos ecologistas de recorrido histórico las habían defendido de forma sólida. Pero, la capacidad que se tuvo de atraer a una gran cantidad de personas que hasta ese momento no se habían politizado y que dieran el paso a organizarse en los movimientos sociales sí que fue un elemento diferenciador.

En esta nueva hornada de activistas y este inicio de un ciclo de movilizaciones climáticas destacó el papel de la juventud. Fuimos las más jóvenes, junto a quienes llevaban décadas al pie del cañón, quienes gritamos con fuerza que ya valía de darle vueltas al asunto, que de nada nos valían decenas de cumbres climáticas internacionales si luego no se asumen las acciones imprescindibles para evitar las peores consecuencias de la emergencia climática en la que nos encontramos.

Las demandas del movimiento estaban claras: Actuar ya. Como hoja de ruta, los informes del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) de la ONU. El último de ellos, publicado en octubre de 2018, dejaba claro que la diferencia entre limitar el calentamiento a 1,5 ºC en lugar de a 2 ºC es muy significativa. Las indicaciones del informe eran claras, cristalinas: “Limitar el calentamiento global a 1,5°C requeriría cambios rápidos, de gran alcance y sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad.” Una afirmación que se concreta en los escenarios necesarios para lograrlo: un 55 % de reducción en las emisiones para 2030, con respecto a los niveles de 1990, y la descarbonización total para 2050. Esto es lo que debería ocurrir a nivel mundial. Lo que se viene defendiendo desde hace tiempo, y se asumió como demanda central de este nuevo ciclo de movilizaciones, es la justicia climática.

Esto quiere decir que aquellos países y regiones con una responsabilidad histórica mayor sean quienes asuman una mayor porción de las reducciones en emisiones. Que aquellos países que han disfrutado y se han beneficiado de la borrachera de combustibles fósiles del último siglo sean quienes más reduzcan sus emisiones actuales. Por tanto, ese 55 % de reducción para 2030, es únicamente el mínimo, el minimísimo, que se debe asumir desde los países industrializados del Norte Global. Para cumplir con la justicia climática, la reducción debe ser mucho mayor.

Echando la vista atrás, vemos lo mucho que ha llovido desde 2018 y 2019. El temporal Gloria impactó con fuerza a inicios de 2020, siendo esta tormenta tropical en las costas mediterráneas una clara consecuencia del desorden climático en el que nos adentramos. Sin embargo, lo que no nos imaginábamos es la pandemia mundial que estaba a punto de arrollarnos, cuyo origen también tiene su relación con el cambio climático y la devastación ecológica a la que se encuentran sometidos los ecosistemas.

El año 2020 deja poco margen para ser recordado por ninguna otra cosa que no sea el coronavirus, pero también fue el año en el que se volvió a batir record de año más caluroso desde la era pre-industrial. Aunque es muy probable que ostente ese primer puesto durante poco tiempo, como bien señala el hecho de que los otros seis años que le acompañan en el ranking hayan sido los seis años anteriores. El año 2021 empezó con otro fenómeno de excepcionalidad, en este caso en forma de la borrasca Filomena, registrando temperaturas mínimas extremas y nevadas históricas.

El 4 de febrero, se alcanzó un nuevo récord en la concentración atmosférica de CO2, superando por primera vez en la historia las 419 partes por millón. Sin embargo, de nuevo, este tipo de récords históricos tardan poco en batirse en estos tiempos que corren, y el pasado 3 de abril se superaron las 421 ppm por primera vez en la historia. Estos niveles no han sido nunca antes vistos en la historia de la humanidad, podríamos decir que estamos viviendo bajo una atmósfera similar a la de los dinosaurios. Aquí debemos recordar que el nivel considerado “seguro” se encuentra en las 350 ppm de CO2.

Podemos afirmar sin riesgo a equivocarnos que no habrá una “vuelta a la normalidad”. Las décadas en las que nos adentramos van a estar totalmente marcadas por la excepcionalidad hecha costumbre, por batir récords históricos uno detrás de otro, por experimentar fenómenos que “ocurren una vez cada cien años” cada dos o cinco años. Una vez roto los equilibrios climáticos y de diferentes ciclos naturales, lo que toca es asumir la inestabilidad como terreno de juego.

Esto no quiere decir que no haya nada que hacer. Al contrario, ahora más que nunca es imprescindible tomarse muy en serio cada decisión. La diferencia entre cumplir o no las reducciones de emisiones hará que el futuro que nos espere por delante se parezca más o menos a un planeta inhóspito. En febrero de 2021, la ONU advirtió que los planes climáticos presentados por los países que firmaron el famoso Acuerdo de París apenas lograrían una reducción del 0,7% de las emisiones para 2030, con respecto a 1990. Esto, a todas luces insuficiente, nos condena a aumentos de temperatura del orden de los 3 y 4ºC, lo cual significa una devastación inimaginable.

Es en este contexto en el que llega la nueva Ley de Cambio Climático aprobada por el Congreso de los Diputados. Esta ley, tras diferentes modificaciones, se compromete a una reducción del 23% de las emisiones para 2030, con respecto a 1990. Como ya hemos visto, esto se queda muy lejos de lo mínimo necesario. Se encuentra también muy lejos de los compromisos asumidos por el Consejo Europeo de la Unión Europea en la cumbre que tuvo lugar en diciembre de 2020, de un 55% para 2030.

La votación de esta ley trajo como anécdota las declaraciones de Francisco José Contreras, diputado de Vox, quien afirmó: “Que se caliente un poquito el planeta evitará muertes por frío”. Esta anécdota ilustra el negacionismo climático del partido de extrema derecha. Sin embargo, el texto aprobado no deja de ser otro tipo de negacionismo climático. Un negacionismo que se tiñe de compromiso climático y de consenso verde. Esto resulta mucho más peligroso, pues nos intenta convencer de que vamos a lograr superar el desafío que tenemos por delante sin asumir las transformaciones realmente necesarias para ello.

Hoy en día hay pocas personas que no hayan escuchado hablar del cambio climático. Y es normal, pues el tema lleva en la agenda desde hace casi cinco décadas. La mayor parte de lo que conocemos hoy en día, ya se sabía en los 70 y los 80, primero como predicciones, ahora como confirmaciones. Desde la primera Cumbre del Clima, en 1992, las emisiones no han parado de aumentar. Pero cumbre tras cumbre, parece que por fuerza se tiene que haber logrado algo, sino, ¿qué narices hacen ahí todos los gobernantes mundiales reunidos? Impuestos al diésel, anuncios de sostenibilidad, puntos de recarga de coches eléctricos, economía circular, contenedores de reciclaje, energías renovables y un largo etcétera. Las cosas tienen que haber cambiado por fuerza, ¿no? ¿Cómo narices es posible que no sea así, joder?

Pues no, no es así. El 50% de las emisiones se han producido entre 1990 y la actualidad, cuando ya se conocía bien el cambio climático, cuando ya se habían firmado compromisos. Ante esta situación, lo normal es sentir incredulidad y desesperanza. Y, lo necesario, es convertir esos sentimientos en rabia e impulso para exigir las transformaciones imprescindibles. Una ley de cambio climático que establece una reducción de emisiones del 23% para 2030 no es que sea insuficiente, es que es ridículo. Y como tal debe ser señalado. Una ley que no considera necesaria una reducción radical del transporte aéreo y del transporte por carretera, sino que habla de biocombustibles y electrificación para estos usos. Una ley que ha sido adaptada al gusto de las grandes empresas y de la industria del gas. Una ley que ha desoído y desprecia a los movimientos climáticos y a la ciencia.

Esto no será un antes y un después en el compromiso climático, sino que será el enésimo papel mojado escrito y firmado tras muchísimas horas de trabajo, que no servirá de nada, pues se niega a desafiar la dictadura del crecimiento económico y del beneficio de unas élites minoritarias.

De poco sirve firmar leyes de cambio climático con una mano, mientras se firman con la otra mano tratados de libre comercio como el de UE-Mercosur, que alimenta a una agroindustria con objetivos opuestos a los de la transición ecológica, o un Tratado de la Carta de la Energía que blinda los intereses económicos de unas empresas energéticas fósiles cuyos beneficios son incompatibles con una transición energética real. De poco sirve aplaudir sin dudas a unos fondos europeos de recuperación que van a destinar millones a grandes empresas privadas, cuya recepción va a suponer nuevos recortes y austeridad y que muy poco tienen que ver con una transición ecológica ni energética. Pero este es el papel que ha decidido asumir el gobierno de coalición de PSOE y Unidas Podemos.

Este es el “negacionismo blando”, “transición ecológica de consenso”, o “consenso verde” al que nos enfrentamos. Para hacerle frente, debemos tener claro que cualquier solución que se nos presente que no suponga un cambio radical con respecto a las tendencias pasadas, será falsa. Debemos tener claro que para lograr las reducciones de emisiones imprescindibles necesitamos decrecer en todas las esferas: energética, material y de movilidad.

Una transición que cumpla las indicaciones del IPCC de “cambios rápidos, de gran alcance y sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad” no será con coches eléctricos, aviones de hidrógeno ni regadíos controlados con drones automatizados. Se parecerá más bien a una reducción radical del uso del vehículo privado y del transporte aéreo; a una reconversión del sistema alimentario a la una agroecología que use mucha menos maquinaria y fertilizantes, y mucho más trabajo humano; a la desmantelación de la ganadería industrial, a una reducción radical del consumo de carne; a un sistema energético distribuido basado en pequeñas y medianas centrales de energías renovables, y a un consumo que sea capaz de adaptarse a la variabilidad del recurso energético.

Todo ello, significará consumir, producir y movernos mucho menos, pero no por ello debe significar vivir peor, pues también podrá significar disponer de mayor tiempo libre, unos vínculos sociales más estrechos y recuperar el valor social del trabajo. Para lograrlo, deberemos tener claro lo poderosos que son los intereses en contra del triunfo de esta transición ecológica real, profunda y que distribuya de forma democrática y planificada un pastel menguante.

Solo mediante la organización y el conflicto se podrá avanzar. Solo mediante una acción decidida de las clases populares se podrán superar las barreras que llevan décadas poniendo las élites económicas a la acción climática. Por mayúsculo que sea el reto, no podemos minusvalorar nuestras posibilidades de éxito. Las décadas que se abren estarán marcadas por la excepcionalidad, así que debemos tener claro que aquí no nos valen medias tintas y que todo lo que no sea suficiente será impresentable. Porque ya hemos perdido demasiado tiempo y porque tenemos mucho que perder, pero todavía más por ganar.

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