"Tengo 84 años. Tiene que ser ya, porque si no, no voy a poder cumplir lo que no pudo cumplir mi madre"

Beatriz, Josefina, Juan… para las familias de las víctimas del fascismo enterradas en las fosas de Exeya, la exhumación que se está llevando a cabo abre la esperanza de poder encontrar y enterrar dignamente a sus familiares desaparecidos

Carta de Juan | Foto: Roberto Seral Marcén / AraInfo

Fer acompañaba a su abuela todos los 1 de noviembre al cementerio de Exeya a limpiar, arreglar y poner flores en las lápidas de sus tíos y tías. María, que así se llamaba su abuela, le mandaba a por agua y le decía “no pises por ahí, que hay gente enterrada” cuando Fer, despistado, pisaba por todo ese alargado trozo de tierra arcillosa que había entre las tumbas. “¡Que no pises por ahí! Hay que tener respeto por ellos”.

A día de hoy, ni a Fer ni a ningún niño o niña de Exeya le regañarán nunca más por pisar allí, porque ochenta y nueve años después (se dice pronto) ese trozo de tierra está siendo removido por fin. Una tierra en la que se estima que están los restos de alrededor de 160 víctimas del fascismo. Fusilados y fusiladas durante los meses posteriores al golpe de estado fascista del 18 de julio de 1936. Unos meses negros en los que la Guardia Civil y grupos falangistas locales sembraron el terror en la zona.

Abrir fosas es abrir la esperanza de poder cerrar las heridas

El 1 de noviembre de 2025 hablaron desde el cementerio de Exeya las familias de las víctimas en un acto homenaje celebrado unos días después de iniciarse los trabajos de exhumación de las fosas allí ubicadas. Armando, sobrino nieto de Antonio Sancho García, explicaba desde el púlpito que “no solo se están abriendo fosas, sino más cosas”. En su caso, abrir las fosas de Exeya también ha supuesto abrir la esperanza de encontrar a su familiar.

A la contra, abrir fosas también puede significar cerrar otras. Armando explicaba que “una forma de tortura para las familias es el silencio, la falta de información”. Su familia no sabe a ciencia cierta si Antonio está muerto o no, no tienen constatación de ello. Y si está muerto, no saben cómo murió ni dónde está enterrado. “La familia ha tenido que vivir durante todos estos años con esas preguntas, y esas preguntas en la mente son un sufrimiento que aumenta el dolor en el corazón”, por lo que para la familia de Antonio, además de abrirse la esperanza de encontrar a su familiar, de hacerlo se estará cerrando una importante herida.

Así lo decía desde el mismo púlpito el sobrino de Gabriel Marco Duesca: “Abrir fosas es cerrar heridas”. Y con cierta amargura, explicaba ante las allí congregadas que “es una pena que después de tantos años de democracia tengamos que seguir explicando nuestras intenciones, que no son otras que recordar la dignidad de los que murieron y fueron perseguidos, enterrar a nuestros muertos y darles una sepultura donde ir a recordarles. Lástima que cueste tanto entender esto”.

Trabajos de exhumación en las fosas de Exeya | Foto: Roberto Seral Marcén / AraInfo

“Tiene que ser ya, porque si no, no voy a poder cumplir lo que no pudo cumplir mi madre”

Quien sí sabe seguro que José Aranda Sanz está enterrado en las fosas de Exeya es su sobrina Josefina. José trabajaba de contable en el Ayuntamiento de Exeya. Tenía 27 años. Tras la sublevación fascista escapó y se refugió en su pueblo natal, Ainzón. Pero iban tras él. Veinticinco guardia civiles se presentaron en su casa para registrarla, y aunque escapó, finalmente fue apresado en el Moncayo, hacia donde había huido. Antes de fusilarlo le partieron las piernas y le llevaron a abrir la caja fuerte. Josefina nos cuenta que no quiso que le vendasen los ojos, que su tío dijo que no había hecho nada malo y que no le temía a la muerte.

Para Josefina, de 84 años de edad, abrir la fosa también ha supuesto abrir una esperanza, en este caso de poder cumplir lo que no pudo cumplir su madre, que no es otra cosa que dar digna sepultura a José junto a sus familiares en Ainzón, pudiendo cerrar así una importante herida. Sabe que el tiempo no juega a su favor, y por eso asegura que “tiene que ser ya”. Josefina, que cada vez se ve más cerca de poder cumplir este deseo, nos asegura entre lágrimas estar “muy feliz y contenta”, aunque a la vez “muy emocionada”. Unas lágrimas de alegría, una mezcla de emociones que afecta a las familias que por allí se acercan, como Josefina, que ya ha ido varias veces por el cementerio de Exeya desde que se iniciaron los trabajos de exhumación.

“Son los abuelos de nuestros padres”

Juan Cuesta Figueras, natural de Tortosa, vivía en Pedrola cuando tuvo lugar la sublevación fascista del 18 de julio de 1936. A Juan lo detuvieron en su casa el 14 de agosto, apenas unas semanas después, coincidiendo con el comienzo de las fiestas de Pedrola. Ese día fueron detenidas muchas más personas en el pueblo.

Beatriz y Juan, sus biznietos, no saben el motivo concreto por el cual Juan fue arrestado, pero están seguros de que está en el cementerio de Exeya: “En Pedrola siempre se ha sabido que están aquí”. Con 31 y 28 años respectivamente, Beatriz y Juan reconocen que la gente de su edad “pasa” de la memoria y de todo lo que ocurrió, “lo ven todo muy lejano”. Pero para ellos no es así ya que “al final son los abuelos de nuestros padres”.

Beatriz y Juan guardan a buen recaudo lo que para ellos es su “mayor tesoro”. Es una humilde carta que su bisabuelo Juan le escribió en 1931 a su antiguo profesor Marcelino Domingo, el que le había enseñado a leer y escribir, felicitándolo por haber sido nombrado Ministro de Instrucción Pública del gobierno provisional de la República (actual Ministerio de Educación), cargo en el que creó 23.435 escuelas.

“La ignorancia es peligrosa”

Beatriz es maestra, y asegura que en el ámbito educativo “nos queda mucho por hacer”. “Tenemos muy claro lo que pasó en otros países, y no sabemos lo que pasó aquí. Se pasa por el temario de puntillas, por no ofender, por no levantar ampollas, y pasamos directamente a la transición como si aquí no hubiera habido una guerra y una postguerra”, continúa.

Su defensa coincide con lo dicho por el sobrino de Gabriel días antes, cuando refiriéndose a la necesidad de pedagogía entre la juventud, afirmaba que “la ignorancia es peligrosa”. “Hay gente que cree que la ultraderecha les va a hacer la vida más fácil y ordenada. Por esto es más necesario que nunca dar a conocer los hechos pasados, conocer la historia y recordar los horrores de la dictadura”, remarca.

En la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica Batallón Cinco Villas lo tienen claro. Por ello, no han limitado la tarea de recuperación al ámbito arqueológico y se han puesto manos a la obra en ello. Durante estos días se han impartido varias charlas en los institutos Reyes Católicos y Cinco Villas de Exeya, y varios grupos de alumnado han asistido a una clase de historia en el cementerio pudiendo ver “in situ” los trabajos de exhumación. Desde la asociación defienden que “la divulgación del conocimiento se convierte así en un medio para comprender y asumir el pasado, asegurando que las nuevas generaciones comprendan plenamente el coste humano del conflicto y el valor incalculable de la convivencia democrática”.

Ahora quienes hablan son los muertos

Foto: Roberto Seral Marcén / AraInfo

Las historias de Antonio, Gabriel, José y Juan son una muestra de las tremendas historias que surgen cada vez que se desentierra el horror del fascismo. Y en el cementerio de Exeya hay más de 160 historias enterradas. Historias que cuando se conocen le dejan a cualquiera sin palabras. Pero no pasa nada, porque ante el silencio impuesto durante décadas, ahora hablan los muertos. Hablan de quienes eran, de porqué los detuvieron, de cómo los mataron y de dónde están.

Fer ya no acompaña a su abuela María al cementerio, ya ha fallecido. También han fallecido muchos hijos, hijas, nietos y nietas de las víctimas. Una pena que todo esto llegue tan tarde, pero al menos llega, que ya es hora. Al igual que para los familiares, para cualquiera que tenga memoria una exhumación de fosas siempre supone una mezcla de emociones. Alegría por las familias que van a poder sanar una herida y encontrar a sus seres queridos, agradecimiento a los y las voluntarias y colectivos que hacen posible rescatar la Memoria del abismo del olvido, rabia por conocer lo que pasó aquí y hacia quien no ha hecho nada por contarnos, y tristeza por quienes ya se han ido sin poder cumplir su deseo de darles digna sepultura.

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