Un domingo de madrugada, veintiocho de marzo, hace setenta y nueve años llenos de domingos de madrugada, Miguel Hernández fue asesinado, finalmente, después de tres años de torturas. Antes de él, aquellos generales que olían a muerto, a pútrido, los Yagües, Varelas, los Franquitos, Astrays, Molas o Sanjurjos, habían matado con balas de plomo a Federico. Tres años después, esos mismos, habían matado con la metralla del exilio, de la soledad y la tristeza a Don Antonio. A Miguel, treinta y seis meses y veinticinco días más tarde, lo asesinaron con el horror, la cárcel y el hambre. Los herederos …

