Cuando las bestias se disfrazan de hombres

28 marzo, 2021. 09:00

Un domingo de madrugada, veintiocho de marzo, hace setenta y nueve años llenos de domingos de madrugada, Miguel Hernández fue asesinado, finalmente, después de tres años de torturas.

Antes de él, aquellos generales que olían a muerto, a pútrido, los Yagües, Varelas, los Franquitos, Astrays, Molas o Sanjurjos, habían matado con balas de plomo a Federico. Tres años después, esos mismos, habían matado con la metralla del exilio, de la soledad y la tristeza a Don Antonio. A Miguel, treinta y seis meses y veinticinco días más tarde, lo asesinaron con el horror, la cárcel y el hambre.

Los herederos de aquellos generales con corazones acharolados con forma de pistola, los Ayalas, Almeidas, Monasterios, Casados, Ayusos o Teodoros, al cabo de ese tiempo, siguen disparando con proyectiles de odio, tantos que no tienen suficientes para veintiséis millones.

Hoy, esos herederos del brazo alzado y del corazón de plomo, intentan borrar tus palabras, esas que dicen, proféticas: "Porque donde unas cuencas vacías amanezcan, ella pondrá dos piedras de futura mirada". Y no pueden. De la misma manera que te quedaste mirando a tus asesinos —los homicidas de tantos miles de compatriotas en frío, solo por el placer de odiar— sin que nadie pudiera cerrarte los ojos, hoy, nadie puede borrar tus palabras, tus versos, tu lenguaje que, como un estilete eterno, se clava en los agujeros lívidos de tus asesinos y de los herederos de tus verdugos.

Setenta y nueve años más tarde, esos mismos usufructuarios de los fratricidas se embozan con banderas rojigualdas, roja por la sangre vertida, acuchillada, roja por aquellos que se ciegan con la muerte, con la brutalidad; amarilla por la hiel, la envidia, por los bienes arrancados a la fuerza, por los cínicos palios de los dioses y querrían seguir matando si pudieran. Setenta y nueve años más tarde, los hijos putativos de aquellos que olían a muerto y a fascismo, ensucian el aire con su aliento. Hoy, los beneficiarios de aquellos, siguen con sus pelajes de bestias debajo del tinte somero, del disfraz que los asemeja, de mentirijillas, a hombre o mujer.

Se llamó barro, aunque algunas veces lo nombraran por Miguel. Sus matadores fueron cadáveres en vida, esqueletos airados dando vivas a la muerte. Quisieron fusilar a la palabra, quemar la inteligencia, y fracasaron. Las pupilas abiertas de Miguel fueron su recordatorio. La sangre de cebolla, la leche que amamantó a su hijo, la amarilla del odio, de la bilis, lo hizo con sus sicarios y con los primogénitos de los criminales, esos que siguen pretendiendo borrar sus versos de las calles.

Ese mismo día, ese domingo de hace setenta y nueve años, el alcalde de Alicante, otro de aquellos que olían a muerto y a infecto, un tal Román Bono, alcalde de los vencedores, te negó un nicho digno en el cementerio. Pero tú, siendo comunista y poeta, habías pasado a la inmortalidad.

'Cuando als bestias se disfrazan de hombres' es el título del libro de Carlos Tundidor en homenaje a seis poetas republicanos.

Puede que te llames barro

en vez de Miguel un día,

te lo acepto.

Mas, fue barro moldeado

con arcillas exquisitas

y algún verso.

En alfares imposibles

modelaron tu contorno,

y un gran beso

se escapó del viento libre

para arroparte a su modo:

en silencio.

Los mismos que a Federico

mataron, te odiaban una

y mil veces.

Pero tu verbo encendido

de su ruindad hizo burla

en el frente.

Vientos del pueblo te llevan

Y en medio del viento, un barro

de simiente

viva de hortelano, preña

de otros migueles un campo

que florece.

Al otro lado del nicho

solidario que te abriga,

te acompaña

la canción, el verso amigo,

tu pálpito comunista

y una nana:

"En la cuna del hambre

mi niño estaba.

Con sangre de cebolla

se amamantaba."

28 de marzo de 2021. Setenta y nueve años después del asesinato de Miguel Hernández.

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