Cuando se habla del movimiento de okupación para centros sociales es frecuente leer en los manifiestos sobre espacios abandonados, a menudo por las administraciones públicas, que languidecen durante años. Tras el desalojo, siguen sin mejor destino que criar polvo, cuando no se entregan a toda suerte de manejos inmobiliarios. Es entonces cuando el movimiento okupa nos pone frente al espejo de la especulación urbana, cuando se puede constatar que el tópico de los manifiestos es una realidad palpable.

