“Solo le acaricié el hombro mientras hacía los deberes en clase”

Una cuenta pendiente del feminismo y del feminismo en la educación es, precisamente, visibilizar y alzar la voz ante estas situaciones que suceden demasiado a menudo en los centros educativos

Foto: Jonas Jacobsson (Unsplash).

Hoy es 25 de noviembre, fecha conmemorativa que busca promover el fin de las violencias machistas, desde las invisibilizadas hasta las que llenan titulares día tras día. Este día ha ido ganando popularidad, tanto que Administraciones, Instituciones, grandes medios de comunicación, centros educativos… se suman a estas reivindicaciones. Estos escenarios, sin embargo, no son espacios ajenos a estas violencias machistas, sino que en muchas ocasiones las perpetúan; es el caso de los centros educativos.

En la actualidad, la mayoría de los colegios e institutos cuentan con un plan de igualdad que busca promoverla en el ámbito escolar. En estos planes se ofrece una serie de herramientas, metodologías y actuaciones para educar en igualdad casi siempre orientadas al alumnado, pero ¿qué pasa si el agresor es el docente?

Basta con poner en cualquier buscador de internet “agresiones sexuales por parte de profesores” para que salten en las pantallas varios miles de noticias relacionadas con el tema; o con poner una historia de Instagram pidiendo testimonios sobre este tipo de agresiones para que se llene la bandeja de mensajes directos. La realidad que se pone en evidencia con esto es que tanto profesoras (casi siempre jóvenes e interinas) como alumnas han sufrido alguna vez situaciones de abuso de poder con sesgo machista por parte de profesores.

Es en los institutos y universidades donde más se concentran estas violencias que suelen ser de “baja intensidad”, es decir, agresiones que suelen pasar desapercibidas, ya sea porque no conllevan una agresión verbal o física explícita o porque están demasiado asumidas por la sociedad. Algunos ejemplos de estas agresiones que han sufrido profesoras y alumnas son: caricias, invitaciones fuera del horario escolar, comentarios “cariñosos”, comportamientos machistas como sacar siempre a la pizarra a las alumnas, escogerlas siempre de voluntarias en educación física, entre otras. Son situaciones en las que el profesor se aprovecha de su posición simbólica de poder para perpetuar su privilegio como hombre.

Esta posición de poder hace las veces de escudo protector para el profesor de dos formas diferentes: por un lado, porque ni las profesoras ni las alumnas se atreven a denunciar estas agresiones; las primeras para no tener que enfrentarse a compañeros y compañeras y poder llevar el curso lo mejor posible, y las segundas para no ver peligrar sus notas y poder olvidar el asunto; y, por otro, porque desde los centros educativos se intentan encubrir estas situaciones y solucionarlo con pequeñas llamadas de atención.

Las alumnas, además, suelen llevarse la peor parte en este tipo de situaciones ya que, si intentan denunciar en sus centros, son puestas duda o se les hace luz de gas, esto es, manipulan su percepción de la realidad a fin de que lleguen a dudar de si han sido agredidas o no. No es, de hecho, hasta que intervienen las familias cuando se toma en serio el testimonio de la alumna. A partir de ese momento comienza el protocolo, lento y doloroso para la víctima pues muchas veces este proceso de “resolución de conflictos” implica entrevistas entre alumna (víctima), familia, profesor (agresor) e inspección. Si la denuncia llega a término, lo máximo que se consigue es apartar temporalmente al profesor de la docencia y ofrecerle formación. Sin embargo, es difícil conseguir este tipo de condena ya que, como se ha señalado, suele tratarse de agresiones de baja intensidad que son muy difíciles de probar, porque “ay, chica, que has malinterpretado lo que quería decir”,  “solo le acaricié el hombro mientras hacía los deberes en clase” o “sí, le acaricié pero no eran zonas erógenas, solo fue un roce en la pierna”.

Una cuenta pendiente del feminismo y del feminismo en la educación es, precisamente, visibilizar y alzar la voz ante estas situaciones que suceden demasiado a menudo en los centros educativos. No podemos dejar a las estudiantes solas y desprotegidas, sintiéndose culpables de “provocar” esa agresión y expuestas de tal modo en un espacio que debería ser el más seguro del mundo; pues, los colegios, institutos y universidades deben servir para transformar la realidad que tenemos fuera, no para perpetuarla de la peor manera. Como se ha indicado, no es una tarea fácil pero debería bastar la mera sospecha de posibles abusos o agresiones para comenzar a actuar. No es coherente que exista un plan de igualdad para el alumnado y que, como se dice coloquialmente, se tenga el enemigo en casa.

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