El aniversario del inicio del genocidio en Gaza coincide (casi) en fecha con este 10 de octubre: Día Mundial de la Salud Mental. Es complejo hablar de ambos acontecimientos cuando estamos siendo testigos de bombardeos que asolan colegios, hospitales y vías donde antes correteaban niños, se escuchaban conversaciones rutinarias o se continuaba con una vida libre de metralla.
Hace unos días, se celebraba en la Universidad de Zaragoza la Jornada Historia de una radical violación de la legalidad internacional, con Husni Abdel Wahed, Embajador de Palestina en el Estado español y Francisco Palacios Romeo, Profesor de Derecho, como ponentes. Entre muchos de los datos que dieron, durante la amplia y solvente conferencia, uno de los más llamativos y descriptivos de la guerra, fue el relativo a los cerca de 200.000 fallecidos que de forma indirecta deja Israel en Gaza, en un territorio donde en el futuro será el lugar con más personas mutiladas del mundo, donde quedarán cuerpos inertes de almas y donde las emociones serán lo más parecido a un dolor constante. La pérdida de tantas personas solo es el reflejo de un episodio de la historia, más parecido a una mala pesadilla que a cualquier capítulo que pudiéramos imaginar.
A mediados del año 2019 se llevó a cabo un estudio presentado en el V Congreso de la Academia Europea de Neurología donde se daban los resultados de una investigación con personas sobrevivientes del Holocausto. Éste analizaba los efectos psicológicos y biológicos que de por vida se habían instalado en la psique de aquellas personas, mostrando una disminución significativa de la materia gris cerebral aumentando los niveles de estrés, de ansiedad y viendo como el aprendizaje o la memoria se veían mermadas, alterando al mismo tiempo la motivación o el comportamiento y desarrollando casi de forma cronificada emociones como la tristeza o la ansiedad, secuelas presentes también en sus descendientes.
Me imagino aquella masacre de la Alemania nazi siendo retrasmitida por radio de forma diaria o por noticieros donde llegaba de semana en semana. Mi pesar no puede dejar de compararla con la realidad que ahora entierra a Gaza. Entendiendo la Salud Mental y su cuidado desde lo colectivo, desde lo global, desde lo social: ¡Qué difícil este día de la Salud Mental con ese título de mundial que intenta protegernos, alentarnos desde el bienestar emocional, desde el cuidado individual pero cuando nos fijamos en lo colectivo, qué difícil! ¡Qué complejo cuando estamos asistiendo en directo a un genocidio! ¡Qué disparate emborracharnos de mensajes buenistas cuando nos sigue doliendo Gaza!
En un futuro habrá casas que demoler, otras que de nuevo edificar, sobre esos cimientos se intentará volver a reconstruir con polvo gris la historia de un pueblo al que no dejan ser. Se pintarán con nuevos colores las sonrisas, con una mueca de desconcierto y posiblemente la terapia solo pueda servir para mirar a los ojos a tantos y acompañarlos en el silencio. En un futuro no solo dolerá lo físico o los casi 42.000 muertos que de forma directa deja una guerra, el dolor irá más allá de lo que se ve. Como todas las guerras, no tiene sentido, se llorará el alma, se habrá roto en pedazos un territorio al que el mundo mira, al que los estados tomaron de rehén, al que una vez más, los nuevos jóvenes, aquellos que aún están por nacer, se pregunten ¿cómo pudo pasar de nuevo? Alguien, con valentía en la pluma, volverá a alzar de nuevo la voz con aquello de malditas sean las guerras y los canallas que las hacen para replicar como algo novedoso que quienes las hacen, las miran, las apoyan y las mantienen, son igual de canallas.
Más información del genocidio en Palestina en este especial.

