Perú: declive político interminable

Quizá, para entender algo más el “asunto peruano”, un país con un presidente, Alan García, “suicidado” y otros dos presos, Castillo y Fujimuri, sean útiles unos datos demográficos

decenas de personas en la calle de lima tras la destitución de Castillo
La población ha salido a la calle en Lima. Foto: AraInfo.

Lo primero a decir respecto a la destitución y prisión de Pedro Castillo, presidente electo de Perú hasta el 7 de diciembre, es reconocer la confusión, la falta de datos y alcance total de este doble autogolpe absurdo finalizado con un reforzamiento de las élites peruanas blancas, aquellas que detentan el “Miedo Blanco” hacia todo lo que parezca izquierda, máxime si se le añaden gotas de indigenismo y campesinado. Élites que se apoyan en la justicia, en las fuerzas armadas y en la iglesia católica más ortodoxa.

Quizá, para entender algo más el “asunto peruano”, un país con un presidente, Alan García, “suicidado” y otros dos presos, Castillo y Fujimuri, sean útiles unos datos demográficos. Perú, con casi 1,3 millones de km2, tiene 33 millones de habitantes. Demográficamente, hay tres zonas: la costa, un 7,5% superficial con casi 20 millones de peruanos, la sierra, un 30% de superficie con 9 millones y la selva amazónica, 800.000 km2 y poblada, solo, por 4,6 millones, la inmensa mayoría de indígenas puros aymarás y quechuas.

Perú, administrativamente hablando, hay 195 provincias. Seis de ellas pobladas por 19 millones, dieciséis de ellos en ciudades. La población total urbana es de 25 millones. En cuanto a su origen, la etnia blanca alcanza el 18%, la indígena amerindia es del 29%, la mestiza-indígena es del 15%, la mestiza-criolla puede ser cercana al 20%, la etnia afro-americana del 8% y la asiática de otro 9%. La riqueza y las élites, tanto financieras como las empresariales, judiciales o políticas, están en manos, abrumadoramente, del mundo blanco-criollo y una pequeña parte del mestizo arrimado, claramente, al blanco. Respecto a la tierra, el latifundio ha avanzado hasta límites tremendos con cargo a la tenencia de tierra campesina e indígena cada vez menor. El dominio de la tierra está en manos de unas élites que coinciden en un adjetivo que las marcan: blancas-urbanas y de derechas.

peru

Y detrás de este panorama, la corrupción. Una corrupción que ha avanzado hasta unos extremos difíciles de soportar. Si algo ha avanzado en Perú a lo largo de los últimos 40 años, desde la presidencia en 1985 de Alan García y su “suicidio” por un problema de soborno, ha sido la corrupción. Esta se ha instalado en aquellos lugares en donde se discute dinero y poder. Lógicamente, en el Congreso. Todos los presidentes peruanos, desde entonces, la han elevado o, como poco, incapaces de disminuirla. Alan García, Alberto Fujimuri, Valentín Paniagua, Alejandro Toledo, Alan García de nuevo, Ollanta Humayla Pedro Pablo Kuczynski, Martín Vizcarra, Manuel Merino, Francisco Sagasti o Pedro Castillo han incrementado la desconfianza entre el poder político y las gentes populares. Una de las pancartas más aplaudidas parece que es la que apuntaba al Congreso, a todos, como responsables de la porquería.

Pedro Castillo aireó, ganando las presidenciales a la hija de Fujimori en 2021, el “Miedo Blanco” de la élites peruanas. Su soporte, Perú Libre, lo abandonó a mediados de junio pasado. La derecha financiera y la extrema derecha política (Frente Popular de Fujimori, Avanza Perú, partido enraizado con VOX y Renovación nacional de López Aliaga) se conjuraron desde el inicio para su acoso y derribo. Una medida, un tanto absurda, precipitada y equivocada, como la de disolver el Congreso y formar un Gobierno de emergencia para convocar, urgentemente, nuevas elecciones, ha sido la excusa para el derribo. Una medida arriesgada sin partido de apoyo, sin congresistas afines, ha puesto en bandeja la posibilidad de que las élites vuelvan a tener el completo poder político que veían arriesgado con este maestro campesino e indígena. Presidente que no es comunista sino sindicalista, que no es ateo sino militante activo de una confesión evangélica alejada de la ortodoxa católica y que carece de apoyos salvo los que pueda tener en su mundo campesino de origen.

En este conflicto algo sí que me sorprende: ha sido la rapidez con que la derecha mediática, política, financiera y jurídica de casi todos los países llamados del primer mundo, han vuelto a uniformar opiniones —de manera parecida a la guerra ucraniana—, aplaudiendo la medida de prisión del Presidente, sustituido por su vicepresidenta, Dina Boluarte.

Y esta rapidez, tanto como la uniformidad y contundencia, me llevan al escalofrío puro y duro, a los pelos como escarpias si me hago la pregunta ¿Qué razones ocultas disfrazan este golpe de estado de doble intencionalidad? Y la Historia, la lógica, me llevan a la desconfianza extrema en este nuevo proceso de involución en Latinoamérica.

Porque es muy dudoso que Dina Boluarte pueda seguir con ese cierto Gobierno con un tinte progresista. A pesar de su reunión inmediata con el arzobispo limeño, a pesar de ser una de las primeras personas que denunció a Castillo por su inconstitucionalidad, a pesar de ese aparente unánime aplauso de las fuerzas siempre vivas del país, fuerzas armadas, policiales, financieras y judiciales. Casi todas criollas, casi todas ricas y todas de derechas. Será muy difícil que aguante hasta 2.026, lo probable será el adelanto de las elecciones con un previsto fracaso electoral de los sectores de izquierda encarrilados por el error de Castillo. La hija de Fujimori estará exultante de alegría por la posibilidad de abordar la presidencia con su partido de extrema derecha.

Es un primer paso para el desmoronamiento, por cualquier vía, de la actual América Latina de izquierdas. Todo sirve y todo servirá. Así lo entiende Obrador cuando abre muchos interrogantes. También la Cancillería argentina cuando lamenta, pero no condena. Por cierto, una Argentina progresista juzgada con tantos interrogantes oscuros, mediante la condena a la vicepresidenta Kirchner por un estamento judicial tan contaminado con la derecha económica y política que resulta difícil de creer. Es curiosa la noticia “La Fiscalía peruana busca pruebas en el Congreso para justificar y documentar el operativo de la detención”.

Resumiendo, cierto es que hay muchas cosas oscuras, pocos datos, demasiadas nubes corruptas en el aire peruano, desconfianza de las clases populares hacia sus representantes y desconfianza al máximo, pero este proceder, esta uniformidad mediática me causa tantas dudas que mi principio es de total desconfianza hacia esta medida ¿democrática? y como una medida de higiene democrática para la sociedad peruana.

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