Ojalá salud mental

¡Qué frío al llegar enero! Con niebla se divisa un 2024 donde el cambio desde lo institucional se verá lento y las prioridades seguirán siendo parecidas. Por muchos propósitos y despropósitos de año nuevo la tormenta en algunos horizontes no cesa y el panorama político no parece atisbar soluciones rápidas cuando hablamos de la urgencia que requiere aprobar un Plan nacional de prevención del suicidio.

Los programas electorales de las pasadas elecciones llenaban las hojas de promesas relacionadas con el impulso de un compromiso conjunto para implantar una estrategia de carácter estatal. Varias voces políticas se alzaban para que así pudieran impulsarse mecanismos, herramientas, normativas y presupuestos en todas las comunidades autónomas y ayudar a generar una prevención que llevara a reducir el número de personas que mueren por suicidio en el Estado español. Más voces, cabe aclarar, desde aquellas bancadas progresistas que intentaban dar algunos pasos a ritmo de leyes, que desde los palos en las ruedas de la derecha que se basaban en el ya conocido mucho ruido y pocas nueces, pero sea como sea: el Plan sin aprobar ni mucho menos poner en marcha.

En diciembre, el Instituto Nacional de Estadística (INE) hacía públicos los datos definitivos relativos a las defunciones según la causa de muerte en el Estado español a lo largo de 2022 y aquellos datos provisionales del primer semestre de 2023. Según informaba, 450.744 defunciones (casi 43.000 menos que en el año anterior) se producirían en el Estado español en 2022. El suicidio, lamentablemente, un año más, sigue siendo la primera causa externa de muerte en nuestro pais. Pese a los factores desencadenantes, a su multicausalidad de la que hablaremos y como profesionales, supervivientes y cada una de las personas que rodean a un caso, no nos cansamos de alertar: la muerte por suicidio se puede prevenir, acabar con el dolor es el fin principal de cada una de las personas que desarrollan una conducta suicida, no el hecho de dejar de vivir. Desmenuzando las cifras relativas al suicidio podemos encontrar que las tasas totales se sitúan en 8,8 por cada 100.000 habitantes en España, siendo de 13,3 por cada 100.000 habitantes en hombres y 4,5 por cada 100.000 en mujeres. Y es que un mensaje importante se da cuando realizamos una comparación entre sexo: a los hombres les cuesta más pedir ayuda, la cultura machista en la que nos envolvemos y socializamos es uno de los factores que influye y ciertamente no ayuda tampoco cuando hablamos de suicidio. Como indica Sergio Tubio, bombero especializado en intervención en crisis suicida, más de ¾ partes de las muertes por suicidio son hombres, pese a que la conducta suicida es muy compleja, se observa una mayor dificultad de los varones a la hora de pedir ayuda, cuestión sobre la que también alertan la Organización Panamericana de la Salud o la Organización Mundial de la Salud, entre otros organismos.

Tal vez una de las cifras más alarmantes son las referentes a aquellas personas adolescentes. Las campañas escolares de prevención del suicidio son oportunas pero escasas, la alerta social dirigidas a jóvenes por diferentes asociaciones, centros y sí, también, instituciones requieren urgencia, sin duda hablar de suicidio previene perder la vida, pero los mecanismos organizacionales para poner en marcha la prevención con menores no están llegando como cabría esperar hacia quienes son emitidas. De los 15 a los 19 años las cifras nos dicen que se ha producido un aumento del 41,5% de suicidios respecto al año previo.

Las cifras definitivas de 2022, las más elevadas desde que se tiene registro, solicitan con premura la puesta en marcha de lo que las consignas políticas dictaban apenas hace unos meses. El INE cifra en un total de 4.227 personas las que morían en el citado año por suicidio, una cifra que se ha visto incrementada respecto a los recuentos previos y a la que le acompaña el escalofriante dato de 2,8 millones de españoles que han tenido pensamientos suicidas.

Las causas del suicidio son múltiples, en su mayoría sistemáticos más que intrínsecos. El trabajo inestable, los problemas de acceso a la vivienda, la precarización de los servicios públicos o una red social frágil provocan que se de un incremento del 5,6% respecto al año 2021, lo cual supone un total de 11 personas que pierden la vida cada día en nuestro país por suicidio. En Aragón conocíamos el dato a mediados del año 2023 situándose en 114 personas las correspondientes al año previo. Me gusta lo que leía recientemente de la psicóloga Joana Tomás en su guía 'Hablar de suicidio salva vidas', de una forma sencilla y directa aclara que el suicidio, evidentemente, no es una enfermedad, es la consecuencia de muchas variables que actúan a la vez y entre sí, donde reivindicaba la necesidad y normalización de pedir ayuda así como la importancia de poder acceder a cuidar nuestra salud mental, donde podamos trabajar en pro de unas condiciones de vida digna, y es que los problemas estructurales van mucho más allá de lo psicológico.

Más allá de lo puramente psicológico, de las cifras, de los recuentos propios del INE, de las notas de prensa, más allá del 2022 y el 2023, ahora, toca tomar conciencia, más; hablar de ello, más; afrontar el nuevo año sabiendo que el suicidio sigue siendo un problema social y por ello político. Es un despropósito que quienes pueblan las instituciones se llenen cada cierto tiempo la boca con consignas en pro de la salud mental, que alcen su bandera cada año electoral y no tomen verdaderamente medidas. Ojalá en 2024 menos cifras, ojalá un 2024 donde los propósitos vayan acompañados de deseo de mejora, de cambio, de ganas de alcanzarlos, con su correspondiente trabajo continuo. Ojalá 2024 con más salud mental y en pro de cuidarla en común, con más presupuestos, más medios, más profesionales y más conciencia para que cesen los nubarrones, el ruido y por fin sea el año en el que recordemos, al echar la vista atrás, que el Plan nacional de carácter integral para la prevención del suicidio fue una realidad y así, quizá no tengamos que volver a decir otro año más aquello de “¡Qué frío al llegar enero! ¡Qué niebla este año nuevo!”.