No fue el entierro de la sardina

Aunque quizá hubiera sido más propio por la longitud del sepelio. Al cabo de diez días de llevar y traer el féretro de un lado a otro del país, la interfecta estaría próxima a ser momia en vez de fallecida. Desconozco si pensaría en vida que tamaña pompa sin circunstancias en su inhumación, la haría feliz. Allá cada cual. El espectáculo televisivo de diez días por la muerte de una viejecita cuyo mérito más sobresaliente, al margen de su responsabilidad en los muertos de la guerra de las Malvinas, de los ajusticiados en colonias por pretender su independencia cuando eran …

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Carlos Tundidor
Entierro de la sardina en Murcia
Entierro de la sardina en Murcia.`´¡Ç

Aunque quizá hubiera sido más propio por la longitud del sepelio. Al cabo de diez días de llevar y traer el féretro de un lado a otro del país, la interfecta estaría próxima a ser momia en vez de fallecida.

Desconozco si pensaría en vida que tamaña pompa sin circunstancias en su inhumación, la haría feliz. Allá cada cual. El espectáculo televisivo de diez días por la muerte de una viejecita cuyo mérito más sobresaliente, al margen de su responsabilidad en los muertos de la guerra de las Malvinas, de los ajusticiados en colonias por pretender su independencia cuando eran colonias de la city, de las guerras teloneras de Irak y de unas cuantas más, fue el de ser un record Guinness en el apartado de sombreritos (cinco mil) de a mil euros la pieza o del número de bolsitos (dos mil) a dos mil euros cada uno.

Quinientos jefes y testas coronadas o sin coronar, cada uno con su séquito de cien —quizá cincuenta los baratitos— guardaespaldas, pajes, servidores o ayudantes de media, alojados en pensiones del Soho (muchas risas), veinte mil policías en la búsqueda de plátanos resbaladizos para sus majestades, tres mil soldados entonando el “good save”, vestidos de colorado y otros tonos estridentes, cientos de pastores (de los protestantes, no de los otros) entonando “te deum” y similares durante 240 horas…

Todo ello es muy posible que haya hecho más ricos a muchos medios de los del “corazón” y más republicanos a gentes que cabalgan a lomos de lo racional. La broma del entierro no bajará de los 1.500 millones de euros, lo suficiente para quince hospitales de tamaño grande. Alguien dirá, seguro, que exagero o que eso es el chocolate del loro de la “queen”. Para esas personas, un dato de la mismísima ONU: Cada día mueren 25.000 personas de hambre en el mundo. En los diez días del evento, 250.000 muertos que, según la misma ONU, se podrían evitar con tan solo 600 millones de dólares. Comparen.

Entre ellos, nuestros cuatro reyes: me limito a repetir lo que han remachado nuestros medios desinformativos. Los mismos que los de la baraja. Gracias a García Lorca sabemos que “si tu madre quiere un rey, la baraja tiene cuatro…” Podríamos jugar a relacionar los cuatro reyes con los de la baraja. El de oros creo que se adjudica en seguida. ¿Pero y el de copas? ¿Y el de bastos o espadas? Divertido pasatiempo.

Durante cientos de horas nos han estado repitiendo los kilómetros de fila para ver a cuatro guardias de rojo y un féretro que no sé si será de pino. Al final, las cifras oficiales han dado el número: 250.000 personas han pasado por el lugar al que llaman “capilla ardiente”.

Muchas sí, aunque teniendo en cuenta que la población del área metropolitana de Londres, según últimos datos, es de más de diecisiete millones (17.140.493 habitantes, tres más si contamos, también, los nacidos en los cinco minutos de lectura), el porcentaje de personas más o menos llorosas ante el féretro es del 1,45% (uno coma cuarenta y cinco por cien) que explicado de esta manera no causa tanta impresión como si te dicen que la fila es de 7 kilómetros.

Aunque esos siete kilómetros de cola no den para más de 20.000 personas a la vez. Los medios son muy cucos dándonos las noticias que quieren y de la forma que les da la real gana (nunca mejor dicho). ¡Vivan las nobles monarquías y, de paso, el rey de bastos!

Aun así, intento explicarme de manera racional, los comportamientos histéricos de esa parte de la población que celebra, indirectamente, el fallecimiento por inasistencia de algún conciudadano suyo a causa de hospitales cerrados o desatendidos.

Puesto que eso es una de las consecuencias de tan larga y faraónica ceremonia. Tampoco entiendo la neurastenia, más o menos colectiva, de esos cientos de miles de ciudadanos que bajan la cerviz, no como signo de respeto sino como señal de lacayo.

Para alguien con miles de millones de libras de patrimonio que no ha dado un palo al agua durante el —casi— centenar de años de su vida, que, en su momento, levantó el brazo a la manera nazi, alegre y contenta, que hizo del desprecio a los demás, incluyendo a su nuera, una constante, es difícil argumentar el merecimiento de esa catarsis colectiva.

Unas lágrimas de la familia y de los amigos/as, lógico, pero poco más. Verdad es que unos medios que intentan vendernos cuentos de hadas en lugar de realidades concretas han tenido mucho que ver. Pero con todo y con eso…

Otra pregunta que bulle por los entresijos del cerebro es, ¿qué pasará cuando nuestro rey de oros muera? —Que un día u otro, por una igualitaria ley de vida —o de muerte, más bien— lo hará—. ¿Será un sepelio parecido o bajaremos el listón al enterrar, en su nicho de lujo, a un presunto delincuente?

Preguntas haremos que respuestas veremos. Todo con la ayuda de unos medios que juegan al “vamos a contar mentiras” gozosamente y con la ayuda inestimable de parroquianos que se dejan guiar, dócilmente, por las yuntas voceras del negocio y de los privilegios defendidos a capa y espada por reyes, banqueros y políticos de los que prefieren mentir a dimitir.

No, desde luego no fue el entierro de la sardina.

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