La entidad Hispania Nostra puso en marcha en 2007 la Lista Roja con el objetivo de ofrecer a la sociedad “un cauce de participación en la defensa, conservación y mejora de su patrimonio cultural y natural y hacer visibles todos aquellos bienes en riesgo de desaparición, destrucción o alteración esencial de sus valores”.
Un patrimonio que es “fiel reflejo del largo camino que hemos recorrido, de nuestra historia, la universal, la de cada país, la de cada grupo social y está lleno de creaciones sorprendentes y de pérdidas irreparables que le han ido dando forma a lo largo de los siglos, ofreciéndonos un vívido retrato de la sociedad que lo creó e, igualmente, de aquella otra que lo destruyó. Ese patrimonio, el que aún se conserva y también el que se ha perdido, nos permite conocer mejor nuestro pasado y nos ayuda a interpretar las claves del presente”, señalan desde la entidad.
Aragón, todavía, atesora un patrimonio cultural, artístico y arquitectónico importante “testigo material de las gentes que han habitado durante milenios estas tierras y del que debemos sentirnos orgullosos, pero cuya conservación entraña una gran responsabilidad que no puede, ni debe, quedar circunscrita al ámbito de estudiosos, técnicos y políticos, sino que compete al conjunto de la ciudadanía”, aseveran desde Hispania Nostra.

El castillo-atalaya de María
En el año 935, Abderramán III dejó sus tropas en este castillo y en el de Cadrete para atacar Zaragoza, que se había revelado contra el califa. Fue un punto estratégico musulmán cuando Alfonso I asediaba Zaragoza. Tras la victoria de Alfonso I el Batallador, este concedió la carta de población a la villa. El castillo, pasó por manos de tenentes entre el 1127 y 1170, hasta que en el 1232, Jaime I lo entregó a Blasco de Alagón a cambio de Morella.
En el 1311 pertenecía el castillo a Juan de Viladura y en el 1348, su dueño era Alonso de Xérica. Fue tomado por los Unionistas y posteriormente por el ejército real mandado por Lope de Luna. En el 1351 su dueño era Roger de Llauria y en el 1428 la villa formaba parte de los Fernández de Heredia, más tarde Condes de Fuentes. En el siglo XVI, el poblado alrededor del castillo contaba con 200 casas. Tras la orden de expulsión de los moriscos de Felipe II (en Aragón, III en Castilla-España) la zona quedó prácticamente despoblada. Esto provocó que la población se trasladase a la orilla izquierda de La Uerba, su actual ubicación. En la Guerra de la Independencia, el ejército francés acampó en la villa.
El yacimiento se localiza en la Peña Gil y ocupa 2.049,68 m2 y el entorno 11.628,89 m2 . El castillo se encuentra en la parte superior de una peña de yesos. Ocupa una extensión de 70 metros de largo por 10 ó 20 metros de ancho según la zona. Se conservan restos de estructuras, un aljibe recubierto con cantos rodados y las tres salidas de los pasadizos de entrada inferiores.
Permanecen escasos restos del camino de acceso al recinto situado al lado oeste de la peña. El castillo Al-Marya es un hisn, un castillo con estricta finalidad defensiva o militar. Está construido en tapial usando piedras irregulares de yeso y argamasa, de planta alargada e irregular, rodeado de fuertes murallas (actualmente casi desaparecidas) de tapial adaptadas al terreno. Este tipo de castillos se aprovechaba de los precipicios para mejorar su inaccesibilidad. Lo más significativo de este conjunto, es la torre de base cuadrangular. De dos plantas construida con tapial de piedras irregulares de yeso y argamasa. En la segunda planta, había en cada flanco dos ventanas saeteras.
Actualmente, sólo se conservan las saeteras de la pared norte, el resto del edificio está muy deteriorado. En la ladera oeste y sur se encuentran los restos del poblado de María, del que se conservan cimientos repartidos de forma caótica. Algunas construcciones todavía conservan los sótanos y las cillas. El camino de acceso desde la base de la peña hacia el poblado transcurre en zigzag como medida de defensa.
Cuanto con un grado de protección legal como BIC en una “declaración genérica del Decreto de 22 de abril de 1.949 y por la Ley 3/1999, de 10 de marzo, del Patrimonio Cultural Aragonés, y en 2022 el Ayuntamiento de María de Huerva compró el castillo.
El estado de conservación es preocupante. El asentamiento de moriscos está desapareciendo por los derrumbes de sus estructuras y la maleza. La torre ha perdido la pared sur. Lo que queda de la pared oeste sufre una grieta que la recorre en toda su longitud. Las murallas perimetrales sufren grandes desprendimientos. El aljibe está prácticamente colapsado. Mientras, la torre y la entrada inferior están sufriendo el vandalismo.
El Plan de Ordenación Urbana de María de Huerva lo recoge en su catálogo. En él se recogen las condiciones de intervención en el bien: “Debe contarse con realizar intervenciones arqueológicas cuando se intervenga en la zona o se produzca un cambio de uso”. La clasificación del suelo es rústica y el grado de protección del bien en el PGOU es “Suelo No Urbanizable Especial, de acuerdo con lo dispuesto en el Art. 19 y siguientes de la Ley 5/1999, del 25 de marzo, Urbanística de Aragón”. "Es de esperar que este PGOU proteja al castillo y al despoblado de María de la invasión indiscriminada de aerogeneradores", recalcan desde Hispania Nostra.

Serrería El Bural
El edificio de tres plantas de la antigua serrería de El Bural, fechado en el siglo XIX, es un emblema de las pocas actividades industriales iniciadas en Ardisa -Cinco Villas-. Presenta las características arquitectónicas típicas de la zona. Empleó en su construcción elementos como la teja aragonesa, sufriendo posteriormente un duro expolio en la década de los 80 y 90, así como de los marcos de las ventanas, entre otras cosas.
En él se trabajaba la madera de pino del monte de La Carbonera para su posterior comercialización. La serrería permaneció activa hasta los primeros años de la década de los 40, dando empleo a dieciocho personas. Contaba con tres antiguas viviendas aledañas, donde residían algunos de los trabajadores y sus familias.
Sin ninguna protección específica, actualmente se encuentra en ruinas, en un avanzado estado de deterioro. El techo se ha hundido parcialmente y peligra el estado de la mayoría de las vigas. Ha sufrido expolio de tejas, madera y otros elementos arquitectónicos. En su interior, abunda la enrona. Se edificó una pequeña estancia a la izquierda del edificio que, durante años, ha servido de perrera para perros de caza, deteriorando todavía más el estado del inmueble.
Forma parte de la historia viva y reciente de Ardisa. Además, es el mayor y único exponente del sector secundario en su término municipal, que llegó a constituir el sustento de varias familias y ser pionero en la actividad maderera de la zona. Se encuentra en un entorno privilegiado “y presenta grandes potencialidades de cara a su reactivación y preservación. Cuenta con un gran riesgo ya que el ayuntamiento actual ha planteado su derrumbe a corto plazo”, señalan desde Hispania Nostra.




