El valle de Vió es un valle tranquilo a las puertas del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido y de la Reserva Mundial de la Biosfera Ordesa-Viñamala. Aquí todavía se conserva la vida tradicional del Pirineo y el contacto con la naturaleza.
En sus pueblos no encontramos telecabinas, supertoboganes ni balnearios faraónicos, a cambio contemplamos al quebrantahuesos volando entre los roquedos, a los sarrios que buscan los bosques en invierno y al ganado ascendiendo en verano hacia el Puerto de Góriz por una de las cabañeras más importantes del Pirineo central. Esa conservación de sus montañas y de sus pueblos, unida a la mayor difusión de que ha sido objeto en los últimos años, ha provocado que los visitantes del valle se multipliquen.
El Cañón de Añisclo ha sido siempre un destino habitual de montañeros y paseantes, pero ahora, además, vemos como miles de excursionistas recorren el Bosque de la Pardina del Señor, fotografían Ordesa desde los miradores de la pista de las Cutas, se acercan hasta Góriz desde Cuello Arenas, etc. No en vano Fanlo posee más del cuarenta por ciento del territorio del Parque Nacional.
Si nos adentramos por las tranquilas calles del municipio no cuesta encontrar el imponente conjunto de la Casa Ruba. Han transcurrido ya algunos años desde que Carlos, su último habitante, cerrara la puerta y la casa quedara vacía después de cuatrocientos años de vida. Cuatro siglos de historia que comenzaron con unas manos anónimas poniendo las primeras piedras del edificio original a finales del siglo XVI o principios del XVII.
Generaciones de montañeses sucediéndose en el tiempo y en el esfuerzo hasta conformar un conjunto arquitectónico único en los Pirineos por sus elementos constructivos, su antigüedad y su ubicación. Un conjunto que impresiona al visitante de nuestros días del mismo modo que impresionó en el pasado a viajeros ilustres como Ricardo Compairé, Fritz Krüger o Lucient Brient, uno de los padres del Parque Nacional. Ninguno de ellos pudo resistirse al encanto de aquel rincón de Fanlo y lo inmortalizaron en sus fotografías.

La Casa Ruba, llamada en origen Casa Borruel, es un conjunto de edificios, una casa en el sentido tradicional del alto Aragón, que incluye además de la propia residencia también los edificios auxiliares, el patio interior e incluso, en cierto sentido, a sus moradores. Su edificio principal es una gran construcción de tres plantas y falsa que tiene hasta diez ventanas y está orientada a la solana, al igual que la galería abierta del patio interior. Se puede contemplar en todo su esplendor en la magnífica fotografía de Juli Soler i Santaló de 1907, en la que aparecen hasta once personas posando en sus bancos y balcones. En el vano de una de las ventanas de la fachada principal figura, tallado, el año de 1610 junto a una cruz, en otra cercana encontramos el año de 1622, se considera que la construcción inicial puede ser incluso algo anterior. En esta fachada se distinguen tres cuerpos fruto de diferentes ampliaciones desde el edificio original.

Encontramos en la Casa Ruba todos los elementos de la arquitectura popular altoaragonesa: muros de piedra, gran cocina tradicional de campana y chimenea exterior troncocónica, tejados de losa, galería orientada a la solana, arcos de medio punto, acceso para carruajes y animales al patio interior, vanos primorosamente tallados en las ventanas, excelentes trabajos de forja,… Se perdió ya el escudo de piedra, seguramente el de los Borruel, colocado sobre la entrada principal. Y junto a esos elementos más habituales encontramos otros singulares, o cuando menos muy significativos, propios tan solo de las casas más importantes del Pirineo.
Destaca, sin duda, la preciosa torre defensiva de planta cilíndrica con un pequeño matacán y alguna aspillera vertical, que con tanta maestría fotografió Lucient Briet en 1911. Está realizada en sillarejo y cubierta por tejadillo de losa. Bajo este torreón se ubica la capilla particular de la casa, una capilla de origen gótico que apenas se intuye desde el exterior y que constituye otra de las joyas de la casa. La singularidad y belleza del conjunto hicieron que fuera declarado Bien de Interés Cultural en 2006.
Por desgracia la Casa Ruba se está desmoronando. Las últimas décadas de fuego apagado en su cocina le están pasando una factura que podría ser sentencia si no se remedia. En 2022 el conjunto se incluyó en la Lista Roja del patrimonio en peligro de Hispania Nostra. Alfonso Muñoz Cosme, profesor de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, y miembro de la asociación que gestiona esta lista, explicaba a Diario del AltoAragón: “Hemos decidido incluirla en la Lista Roja por su nivel de deterioro. La cubierta tiene pizarras movidas, por lo que debe tener agua en el interior. Los muros también tienen grietas preocupantes, además de la parte de la fachada que se ha desprendido”.
Ante el deterioro del conjunto, la administración comunicó en el año 2022 a los propietarios, pues la casa es de titularidad privada, su deber de conservación del edificio, deber al que le obliga la ley por tratarse de un Bien de Interés Cultural. Pero esa comunicación resulta a todas luces insuficiente. Es complicado, por no decir imposible, para un particular conservar un conjunto arquitectónico de tal tamaño, más aún sin vivir en él. La única posibilidad de supervivencia del edificio pasa por una intervención pública que lo adquiera, mediante una compra, cesión o expropiación, para darle después un uso social y/o cultural. Y el tiempo para intervenir se termina ya que el derrumbe de parte de la fachada principal marca un punto de inflexión, una nueva velocidad en la cuenta atrás hacia el desastre al exponer el interior del edificio a las inclemencias del tiempo, para las que no está preparado.
Por desgracia, en el Pirineo tenemos ya varios ejemplos de desaparición de patrimonio para sustituirlo, a los años, por un sucedáneo. Nos ocurrió con el oso autóctono, que ruge ahora en esloveno, y con el extinto bucardo, que reaparecerá en Ordesa en los próximos años en forma de cabra montesa reintroducida por las administraciones francesas y liberadas al otro lado de los Pirineos. También tenemos en la zona numerosos casos de nuevas construcciones que imitan a aquellas que se dejaron caer. Con la Casa Ruba no es necesario esperar a que se pierda este tesoro etnográfico para, de aquí a unos años, construir en el mismo solar un nuevo centro de visitantes o un museo.
Por fortuna todavía se está a tiempo de sostener cuatro siglos de historia viva del viejo reino del Sobrarbe, uno de los orígenes del Reino de Aragón, ya que, a pesar de sus desperfectos, la casa y todos sus elementos auxiliares, la torre, la capilla, la chimenea,… se mantienen aún en pie.
A pesar del incremento de visitantes de los últimos años, y de la gran extensión del Parque Nacional que pertenece a Fanlo, el valle no cuenta todavía con un centro de visitantes similar al existente en otros sectores como Torla o al que se está construyendo en Escalona, en la zona oriental. Recuperar la Casa Ruba como museo, espacio interpretativo y centro de información invitaría a muchos de los viajeros que se acercan hasta estas montañas a pasear por el pueblo y su entorno privilegiado. Sin duda ayudaría a dinamizar el municipio y a descongestionar el acceso al Parque Nacional desde Torla, cada año más saturado. El centro se sumaría a los atractivos y negocios de los pueblos de la zona, como las casas rurales, la fábrica de cervezas artesanas de Buisán, el autobús de los miradores o el hotel Palazio de Nerín.
Hay en nuestra sociedad una innegable tendencia a poner en valor lo etnográfico y la pérdida de este edificio único es un lujo que no nos podemos permitir, por ser una pérdida evitable de un fragmento insustituible de nuestro patrimonio histórico, del que tanto se ha perdido ya. Esperemos que las administraciones tomen buena nota en esta ocasión y pronto se pueda volver a abrir la puerta que un día cerró Carlos para que las próximas generaciones puedan contemplar la Casa Ruba tal y como han hecho montañeses y visitantes durante más de cuatrocientos años.

