“El latir de la montaña es mi latir. El latir de aquel río es mi latir”. La canción empieza ahí, donde la tierra deja de ser un paisaje que contemplamos desde fuera y se convierte en algo que también somos. El río que corre, la montaña que respira, las casas que resisten, las lenguas que sobreviven y las comunidades que se niegan a desaparecer forman parte de una misma historia. Y su dignidad, como recuerda la canción, “también tiene que ser de la humanidad”.
Así arranca ‘Montaña Digna’, una canción colectiva que reúne a 33 artistas aragonesas y músicos de diferentes comarcas, de norte a sur, y de este a oeste del país, en apoyo al movimiento Por la Dignidad de la Montaña. Una creación nacida de las reuniones de artistas de Preixinando, celebradas en 2025 y 2026, que convierte la música en una herramienta de expresión compartida y de defensa del territorio.
La propuesta tiene algo más que un puñado de buenas razones para escucharla: tiene muchas voces, instrumentos diversos y una convicción que atraviesa toda la letra. “Todas vamos caminando protegiendo la semilla”, canta, antes de recordar que “lo primero es la vida”. No es una consigna abstracta. Es una manera de situar en el centro aquello que demasiadas veces queda fuera de las cuentas económicas y de los discursos sobre el progreso: las personas, los cuidados, la naturaleza y el derecho a vivir dignamente en el lugar que habitamos.
“A ixena femos Matria, femos País”
La frase condensa una de las claves políticas y emocionales de la canción. Hacer matria juntas, hacer país desde la tierra y desde quienes la habitan. No desde la exclusión ni desde la imposición de una identidad uniforme, sino desde la organización, la cultura, la memoria y la voluntad de construir un futuro compartido.
“Que no se amorte a flama que encara ye dentro de ti”, canta la letra, una imagen que entronca con una memoria colectiva de resistencia, pero también con la necesidad de mantener encendida la esperanza cuando los pueblos afrontan dificultades para sostener sus servicios, su economía cotidiana y sus formas de vida.
El aragonés y el catalán no aparecen como un adorno para dar color, forman parte de la expresión natural de un país plurilingüe y de una cultura que se transmite en las casas, en las plazas, en las rondas, en las fiestas y en las luchas. Junto al castellano, las tres lenguas permiten nombrar la tierra desde distintas experiencias y sensibilidades, sin que ninguna tenga que desaparecer para que las demás puedan ser escuchadas.
“Una sola voz desde Yesa hasta Campo”, proclama también la canción. Y, enseguida, “Una sola voz de la montanya al pllano”. Del Pirineo a las tierras bajas pasando por el altiplano y las sierras del sur, de val en val, de pueblo en pueblo. Una geografía que deja de ser una suma de lugares aislados para convertirse en una comunidad nacional que se reconoce, y que reconoce problemas compartidos y busca respuestas comunes, adaptadas, colectivas, la felicidad está ahí, salgamos a buscarla.
La canción no plantea que todos los pueblos y ciudades aragonesas sean iguales ni que sus necesidades sean idénticas. Propone algo más útil: que puedan reconocerse, apoyarse y defender conjuntamente el derecho a decidir sobre su futuro.
“Mientras los buitres negocian, es hora de plantar cara y luitar”
“Si pudieras ver lo que esconde la montaña, es mucho más que fotos que subir para tus pantallas”. La letra apunta directamente a una de las contradicciones del modelo turístico que se extiende por el Pirineo y otras redoladas aragonesas: el territorio convertido en imagen, experiencia de consumo y oportunidad de negocio, mientras la vida cotidiana de sus habitantes queda relegada a un segundo plano.
La montaña, como icono del medio rural abandonado por el capitalismo, puede fotografiarse, promocionarse y ‘venderse’ como destino turístico. Pero detrás de cada imagen hay pueblos que necesitan vivienda, empleos dignos, escuelas, atención sanitaria, transporte y servicios públicos. Hay personas que quieren quedarse, otras que necesitan regresar y otras que desean construir allí su proyecto de vida. Y hay un paisaje que no puede entenderse separado de las comunidades que lo cuidan y lo mantienen vivo.
“Mientras los buitres negocian, es hora de plantar cara y luitar”, dice otro de los pasajes. La denuncia no se dirige contra quienes visitan el Pirineo, sino contra una lógica neoliberal que convierte cada rincón en una oportunidad de rentabilidad y cada necesidad en un mercado. El problema no es disfrutar de la montaña, sino que su futuro quede subordinado a intereses que no necesariamente coinciden con los de quienes viven en ella, ni de quienes lo habitarán en el futuro.
La defensa del territorio exige preguntarse quién toma las decisiones, quién obtiene los beneficios y quién soporta sus consecuencias. También obliga a charrar de vivienda, de precariedad laboral, de servicios públicos y de desigualdad. Porque no puede haber una montaña digna, ni un medio rural aragonés vivo, si quienes lo habitan no pueden permitirse vivir en ella.
El paisaje tampoco es una realidad inmóvil. Los pueblos cambian, las comunidades evolucionan y las necesidades se transforman. La cuestión es si esos cambios responden a las decisiones de la población o si se imponen desde intereses ajenos a ella.
Por eso, cuando la canción afirma que “la vida se torna territorio”, está poniendo sobre la mesa una idea esencial: proteger la montaña es proteger las condiciones que hacen posible la vida. Y cuando advierte que “la venganza de la naturaleza será una lección aprendida”, recuerda que ningún modelo económico, social o político puede ignorar indefinidamente los límites ecológicos sin trasladar sus consecuencias a las generaciones presentes y futuras.
“Som la força que resisteix al capital”
El catalán de la canción lleva la reivindicación a un terreno inequívoco: “Som la força que resisteix al capital”, una afirmación que enlaza la defensa del paisaje con la crítica a un modelo económico que antepone el beneficio privado a las necesidades colectivas y al bien común.
No se trata de enfrentar la montaña y el medio rural a cualquier actividad económica ni de negar el trabajo que sostiene a las comunidades rurales. Al contrario: se trata de que la actividad económica permita vivir dignamente, genere oportunidades y contribuya a mantener los pueblos y su biodeversidad, en lugar de vaciarlos de población o convertir sus recursos en mercancía para otros.
Hay una cuestión de clase en esa disputa. Importa quién posee la tierra, quién controla los recursos, quién decide sobre las infraestructuras y quién termina pagando los costes ambientales y sociales. La promesa de desarrollo pierde sentido cuando sus beneficios se concentran en unas pocas manos y sus consecuencias recaen sobre quienes tienen menos capacidad para decidir. Es la lucha de clases aterrizada en el territorio.
La respuesta tampoco puede consistir en pedir sacrificios permanentes a quienes ya soportan las dificultades. Defender el territorio significa reclamar inversiones y servicios públicos, condiciones laborales dignas, vivienda accesible y políticas que permitan sostener la vida. Significa que el futuro no dependa de la capacidad de cada persona para competir en un mercado con las reglas marcadas por las élites, sino de la existencia de derechos y de una comunidad dispuesta a garantizarlos. Se trata de que el apoyo mutuo predomine sobre el individualismo, la esperanza sobre el odio, y lo colectivo sobre el egoísmo.
Y significa reconocer el trabajo de quienes sostienen esa comunidad, destacando los cuidados que siguen recayendo de forma desigual sobre las mujeres y que tantas veces permanecen invisibles en los balances económicos. La montaña digna y el medio rural necesitan igualdad, corresponsabilidad y oportunidades para todas las personas, no solo para quienes pueden adaptarse a un modelo capitalista pensado para maximizar beneficios y en la competencia feroz. Frente a su ley del más fuerte nuestra identidad de treballar a ixena.
Frente al odio, organizarse para sostener la vida
“Organizarse para sostenernos, cuando la rabia que late está prendida”. Pocas frases explican mejor la diferencia entre la indignación que se consume en sí misma y la que se transforma en acción colectiva.
En un contexto en el que las derechas y ultraderechas, en Aragón y en otros lugares del mundo, alimentan discursos de exclusión, enfrentamiento y odio al diferente, la canción plantea otra manera de responder a los conflictos. No niega la rabia ni pretende sustituirla por una armonía impostada. La convierte en una invitación a organizarse, defender derechos y construir alternativas.
El individualismo promete que cada persona podrá salvarse por su cuenta. La experiencia cotidiana recuerda, sin embargo, que nadie se sostiene solo. Necesitamos escuelas, centros de salud, transporte, redes vecinales, trabajos dignos, cultura y espacios de encuentro. Necesitamos personas que cuiden, que enseñen, que reparen, que cultiven y que estén dispuestas a defender lo que compartimos.
Frente a la competencia permanente, la cooperación. Frente al consumo como medida de todas las cosas, una vida que no se reduzca a comprar y vender. Frente a la idea de que cada cual debe resolver sus problemas en solitario, la organización social, la solidaridad y el apoyo mutuo.
La letra también mira hacia atrás, sin nostalgia, hacia quienes defendieron antes que nosotras nuestra tierra: “Luchemos por los que lucharon sus tierras”. La memoria no aparece como una nostalgia paralizante, sino como una responsabilidad. Las luchas de quienes se opusieron a los grandes embalses, defendieron sus pueblos y se organizaron frente a decisiones impuestas desde fuera siguen formando parte del presente del Pirineo y todo Aragón.
El movimiento Por la Dignidad de las Montañas se inscribe en esa trayectoria. La defensa del territorio pirenaico tiene una larga historia de movilización popular frente a proyectos que amenazaban valles y comunidades, desde la lucha contra el pantano de Chanovas hasta las resistencias frente a Yesa y otros grandes embalses. Hoy, los conflictos incluyen también la presión turística, la especulación inmobiliaria y los proyectos que plantean nuevas formas de explotación del territorio: macrogranjas industriales, el expolio de las multinacionales y su invasión de energías renovables, o convertir nuestra tierra en territorio de sacrificio en el altar de los centros de datos.
La continuidad entre aquellas luchas y las actuales no está en repetir exactamente las mismas reivindicaciones, sino en mantener viva una pregunta: ¿quién tiene derecho a decidir sobre el futuro de nuestros pueblos?
“Esfendamos trincheras, somos resistencia”, canta el estribillo. Y remata con un grito que es también una invitación a no reblar: “¡Pirineo, chila libertad!”, y con él todo Aragón.
Treinta y tres músicos, una canción colectiva
La dimensión colectiva de ‘Montaña Digna’ se escucha en las voces, pero también en la variedad de instrumentos y de trayectorias que participan en la grabación. Son 33 músicos y artistas vinculadas a proyectos muy diferentes, desde grupos fundamentales de la música aragonesa hasta formaciones y propuestas que mantienen viva la creación contemporánea del país.
Entre los nombres participantes están Jota Lanuza, de Ixo Rai, Ester Vallejo, integrantes de Ixeya, Mallazo, Nuei, Mallacán, Bosnerau, Fongo, Silbán, Crebazando Muros, Cara B de Uesca, Cachirulos XL, Radices, Kaleborraja y otras formaciones. La lista reúne voces y sonoridades que van del trombón a la gaita de boto, del chicotén al charango, de la dulzaina al saxofón, de la bandurria a la guitarra eléctrica, sin olvidar el bajo, la batería, el ukelele, la mandolina, la tarota y el bombo legüero.
La mezcla de instrumentos tradicionales y contemporáneos ayuda a expresar la misma idea que atraviesa la letra: la cultura popular no es una pieza de museo. Está viva porque se interpreta, se transforma y se comparte. Las tradiciones pueden dialogar con nuevos lenguajes sin perder su raíz, igual que la identidad de un país como Aragón puede afirmarse sin cerrarse al mundo.
La coordinación y la mezcla han corrido a cargo de Allué Cester, músico vinculado a Bosnerau y a otros proyectos. El vídeo es obra de Osole Visual. El agradecimiento de la iniciativa se extiende, además, a Lucía Castillón, Florida y Hermosso, El Loboratorio, el Ayuntamiento de Remolinos, David Giménez, La Casa del Circo, Alex Estiarte Estudio AEA414, Kendri Taveras Paredes, Jandro Corella, Santi Krevi y Alicia Canguero.
El trabajo se ha grabado en Zaragoza, Uesca, Tierz, Samianigo, Remolinos, Fraga, Sena y Zuera, durante este 2026. Ocho localidades conectadas por una misma canción, con la colaboración de personas y espacios distintos. Una producción que demuestra que lo colectivo no es solamente una idea que se proclama: también es una forma de trabajar, de compartir recursos y de hacer posibles proyectos que difícilmente tendrían el mismo sentido desde el esfuerzo aislado.
Un país que se levanta sin dejar a nadie atrás
“No quiero vier lo Pirineo sin cardinchas, ni crismón, ni sin espantabruixas mientras mos creman os monts”. La letra dibuja un paisaje que no es solamente naturaleza: también es cultura, arquitectura popular, memoria y formas de nombrar y entender el mundo. Las casas espaldadas y abandonadas que “tornarán a devantar” y las “chamineras guerreras que mos claman a luitar” son imágenes de una vida que se resiste a desaparecer.
No hay romanticismo vacío en esa mirada. Las casas necesitan gente que pueda habitarlas, las lenguas, personas que puedan charrarlas, las fiestas y las tradiciones, comunidades que puedan mantenerlas. Y nuestros pueblos y la clase trabajadora necesitan condiciones materiales para que todo eso no dependa únicamente del empeño de unas pocas personas.
El futuro de Aragón no debería obligar a elegir entre conservar su patrimonio y garantizar una vida digna. Tampoco entre proteger el medio ambiente y generar empleo, entre defender una lengua y abrirse a otras, entre afirmar una identidad nacional y practicar la solidaridad internacionalista. Son falsas disyuntivas cuando se parte de una idea sencilla: el desarrollo tiene que estar al servicio de las personas y de los ecosistemas que hacen posible la vida.
Amar Aragón no significa levantar fronteras frente a quienes vienen de fuera. Significa cuidar su diversidad, defender sus derechos colectivos y reconocer la capacidad de sus habitantes para decidir qué quieren hacer con su futuro. Es una manera de hacer país desde abajo, desde quienes trabajan, cuidan, crean, estudian y sostienen la vida cotidiana. Es una manera de amarnos.
Y esa defensa no termina en los límites del territorio, trasciende mugas y lineas en un mapa. Las luchas de los pueblos pirenaicos y del medio rural aragonés por la vivienda, el agua, los servicios públicos y la protección de sus paisajes y paisanajes dialogan con las de otros territorios que se enfrentan a la especulación y al extractivismo. Cambian las lenguas y los paisajes, pero permanece la necesidad de que la economía no pase por encima de la vida.
Aragón puede ser un país que cuide de sí mismo y que, precisamente por eso, contribuya a un mundo más justo. Un país que no confunda el amor a la tierra con el rechazo a otras gentes, que entienda la identidad como una forma de encuentro y que ponga la soberanía popular al servicio del bien común.
Que no se apague la llama
“Canta, baila, esfendelo... dispierta, suenia, luita”. La canción vuelve a esa llamada, como si después de recorrer los conflictos, la memoria y las razones para resistir quisiera recordar que la defensa de la tierra también necesita alegría.
La alegría de encontrarse. De descubrir que otras personas sienten la misma preocupación. De convertir una rabia individual en una fuerza compartida. De escuchar una lengua propia en una canción que también habla a quienes se expresan en otra. De saber que los pueblos no están condenados a contemplar pasivamente cómo otros deciden su futuro.
Treinta y tres músicos y artistas han puesto sus voces e instrumentos al servicio de esa convicción. No para ofrecer una solución milagrosa a problemas complejos, sino para sumar una herramienta más a la defensa de la montaña, del medio rural, de Aragón entero, y de quienes lo habitan.
El amor a la tierra no se mide por la intensidad de una declaración, sino por lo que estamos dispuestas a hacer para cuidarla. Por defender el agua, la vivienda y los servicios públicos, por proteger la naturaleza sin abandonar a las comunidades, por sostener las lenguas y la cultura, por construir relaciones más justas entre quienes compartimos un territorio.
Y por recordar que la dignidad no puede ser privilegio de unas pocas personas ni patrimonio exclusivo de un lugar. Tiene que ser, como dice la canción, de toda la humanidad.
El Pirineo canta. Y en ese canto resuenan las voces de quienes quieren seguir viviendo en sus pueblos, de quienes se niegan a aceptar que todo tenga un precio y de quienes saben que la esperanza no consiste en esperar a que alguien venga a salvarnos. Consiste en encontrarnos, organizarnos y sostenernos. En cuidar lo que es de todas. En defender la vida. En no dejar que se apague la llama. “El latir de la montaña es mi latir”. Y ese latido, cuando se convierte en una canción colectiva, ya no pertenece a una sola voz, es la voz de todo Aragón.




