Momento forense

03 noviembre, 2024. 12:27

Cuando parecía que lo más llamativo de la actualidad española eran las agresiones machistas en la jet set del famoseo mediático-político de la villa y corte, el clima se ha puesto en cabeza y lo ha trastocado todo hasta límites impensables hace apenas unos días.

La naturaleza ha reclamado su puesto, los barrancos, de ordinario secos, han sacado las escrituras geológicas de sus propiedades y han tomado posesión de su patrimonio obligando a guardar silencio, siquiera momentáneo, en el insoportable reñidero partidista que se ha adueñado del centro de la convivencia española. Tanto es así que el mismísimo líder del Partido Popular no ha sabido cambiar el paso de su tradicional acoso al presidente del gobierno y al presentarse en Valencia con su monserga habitual ha hecho un ridículo digno de figurar en los anales de la estupidez.

Momento forense DANA octubre 2024
Restos de abandono | Pilar Iturralde 2024

La dimensión de la catástrofe humanitaria y material ha sido de tales dimensiones que se ha superpuesto a cualquier otra cosa que esté sucediendo. Por un momento la realidad con su séquito de cadáveres, se ha impuesto a la actualidad precocinada en los figones del poder y en el caos generado por la desconexión del ser humano con la naturaleza, se han alterado los protagonismos sobre un paisaje lleno de lodo y de coches destrozados convertidos en tumbas de chatarra por la fuerza mortífera del agua.

En esta entrada no vamos a entrar en las razones geológicas de lo sucedido ni en las responsabilidades en la gestión de este desastre. Otros lo hacen mejor y con más profundidad. No queremos porque no sabemos, entrar en las obligaciones que los distintos sectores que componen el estado, desde el municipio hasta el gobierno central, deberían asumir en una catástrofe. Entre tanto ruido y tanta falsedad parece que se nos desdibuja qué modelo de estado tenemos y a lo que obliga ese modelo también a cada ciudadano. Bien está el ejercicio de solidaridad en caso de crisis y los ejemplos de altruismo y abnegación que vemos estos días, por eso cabría pensar también donde está nuestro concepto de lo público cuando desde los extravíos del pensamiento se asumen la variedad de insensateces que conforman el ideario del fascio posmoderno que, con su mera presencia, altera el modelo de sociedad. Valencia es prueba de ello pero en otras autonomías pasa algo muy parecido.

Desde otro aspecto del mismo reto climático que la naturaleza se empeña en imponer mientras algunos poderes se empeñan en negar, tenemos tristemente cerca el caso del Covid19, una epidemia global que encerró en su casa no a un país, sino a la práctica totalidad del planeta y podemos recordar, a poca memoria que se tenga, como desde la caverna político-mediática se esgrimieron argumentos tales como que el confinamiento era una atentado a la libertad individual o que los ancianos de las residencias madrileñas estaban condenados a morir por el mero hecho de serlo.

Sin duda fue una experiencia inédita en la convivencia de la globalidad planetaria acompañada por más de 120.000 cadáveres solo en el Estado español, que hubiera podido alumbrar una reflexión personal y colectiva más allá de la voluntad de salir corriendo en cuanto nos soltaran a saciarnos de cerveza y hedonismo bajo el dudoso paraguas de una libertad vaciada de significado. Algunos consideraron que era una oportunidad para poner en solfa el modelo vital que nos había llevado hasta allí y sin embargo resultó todo lo contrario, eso si hemos tenido que asumir el aumento de terrazas en los centros de las ciudades por donde parecería lógico pasear.

En este blog que aspira a ser un mero ejercicio de librepensamiento, queremos mirar otros aspectos del comportamiento humano tanto en relación a lo que ahora nos entristece en Valencia, como previo a ello en un aspecto meramente simbólico.

Las calles bordeadas por los enseres, que hasta hace unos días eran soporte de la convivencia familiar, sus recuerdos y sus sueños, convertidos en un vertedero envuelto en lodo o los vehículos de todas las marcas y tamaños amontonados por las excavadoras en surrealistas apilamientos de colores también mimetizados por el barro, son un elemento de reflexión más allá de la apariencia material y su perjuicio económico. Por obra y arte de la desgracia, la paz cotidiana ha estallado y resultado de esa explosión, las posesiones más queridas se han convertido en basura. Y no solo eso, en muchos casos los coches se han convertido en los verdugos de sus propietarios o del vecindario de las plantas bajas que no pudieron salir de sus casas porque la riada los había amontonado a su puerta. Cierto es que para muchas personas, trabajadoras en su mayoría, el coche es su principal herramienta y es comprensible el intento de salvaguardar las posesiones en caso de peligro. Lo que eleva esta triste realidad al nivel del símbolo es que sea precisamente este icono del progreso o del triunfo social el que se haya convertido en asesino de masas, de masas de gente trabajadora, las que está viviendo en las zonas periféricas de las ciudades crecidas más a la luz del negocio que de la racionalidad del trazado urbanístico. No somos los únicos que creen que en la administración urbanística y en las obras públicas faltan geógrafos y geólogos que pongan las obras en el contexto que la naturaleza ha determinado. Cualquier otra actuación, por mucho que la biblia diga aquello de ‘dominar la tierra’, es un grave error, un error culpable y asesino, un pecado de penitencia imposible.

La reflexión que cabría esperar cuando se pase el primer momento de esta catástrofe y se alcance el ‘Momento Forense’ en el que geógrafos, ingenieros, arquitectos, geólogos y también políticos, abran el simbólico cadáver social que deberá ponerse sobre la simbólica mesa de autopsias, para discernir causas, efectos y comportamientos, es sencillamente una evaluación real del comportamiento social que debería ser extensible al resto de territorios. Como en las series de policías, la autopsia debería de llevar a la determinación de la muerte y de sus causantes y más allá de la acción de esta, también simbólica policía, los ciudadanos deberían buscar y encontrar desde la empatía generada en el sufrimiento, el mundo en el que quieren convivir, que es mucho más que el vivir comercial al uso en la sociedad posmoderna.

Seguro que quienes ahora ven sus coches apilados y su sofá compartiendo vertedero con la cuna de sus vecinos, deberían ser los interlocutores para hablar de un modelo urbano adecuado a las personas y a las colectividades por encima de las grandes superficies comerciales, un modelo de movilidad racional y acorde a la realidad de la geografía física y humana del paisaje que no es el enemigo a combatir sino el escenario a compartir. En suma, es de los momentos de crisis cuando se puede tomar el impulso que la naturaleza nos lleva años exigiendo para avanzar hacia un necesario equilibrio en el balance del ser humano con su medio. Junto a tantas noticias, como las que nos van a aturdir los próximos tiempos, estaría bien no perder el rastro al potencial simbólico, es decir trascendente, que todo acto humano lleva en su germen y actuar, individual y colectivamente, en consecuencia.

“La civilización es una carrera entre la educación y la catástrofe.” H. G. Wells


Publicado originalmente en La Ribagorzana.

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