Miguel Ángel Conejos: "Combatir a unos locos en la calle es mucho más fácil que combatir a unos locos en las urnas"

Con un no futuro a la vuelta de la esquina, hablamos con el escritor y periodista de La Jota, de la violencia, del fascismo y también de esa masculinidad que atraviesa su libro 'Al salir del barrio'

Miguel Angel Conejos mira al infinito sentado en el parque de la jota, con su libro en la mesa
Miguel Ángel escogió el parque Royo del Rabal en La Jota, lugar donde pasó gran parte de su infancia y adolescencia. Foto: Berta Comas Casas (AraInfo)

Entrevistar a Miguel Ángel es hablar con un amigo, cuando se largó de la ciudad ya llevábamos años esperando a que lo hiciera. Se le hicieron pequeñas las Colmenas Tapizadas de La Jota (ahora covertidas en podcast) y, más tarde las calles que probablemente sean las más sucias de Zaragoza. Él quería campo y tuvo campo. Ahora ha vuelto al parque viejo del barrio, a la canasta para 30.000 personas, para hablar con nosotras que también vamos sobradas de melancolía.

Con un no futuro a la vuelta de la esquina, hablamos del barrio, de la violencia, del fascismo y también de esa masculinidad que atraviesa su libro 'Al salir del barrio'.

Llevabas muchos años a vueltas con este libro, de vez en cuando nos hablabas de que habías empezado con estos relatos, ¿cómo fue el proceso de tomar la decisión de hacerlo? ¿Qué te empujó a ello y cómo te sentiste cuando dijiste "ya está"?

Me siento liberado. Me siento liberado por el peso del trabajo pero también por lo que supone el esfuerzo de recordar. Eso sí que me ha sentado muy bien. Empecé a escribir relatos sin la intención de que fuera un libro o con la intención de juntarlo como relatos pero no que se convirtiera en una novela. Luego me di cuenta de que podía funcionar como una novela.

Faltaban unas pocas claves, como unos enlaces, hacer que fluyera, que diera saltos, que concordara, y ya se convertía en una novela. Eso fue lo más difícil porque si tú pares una novela pensando en que quieres hacer una novela, tu trabajo es de novelar, es el de contar una historia que tenga un principio, desarrollo y final. Esto no tenía ni principio ni final. Era un conjunto de relatos. Lo que más me costó fue hilar todo eso.

Como funcionaba como un pequeño libro de memorias, que no son memorias en sí, si no que creo que hay más realismo en el contexto que en las historias, después de leerlo, pero también por el proceso propio del avanzar en la vida porque, si algo me queda claro después de esto, es que los recuerdos son recuerdos y han pasado a ser ficción. Si tú vieras lo que pasó realmente, no concordaría con lo que recordamos.

Hoy he desayunado con mis padres, ya que he bajado a la ciudad, y me dice mi madre: "Algunas cosas del libro sabía que pasaba pero otras te las has inventado". Por supuesto, sino no sería un libro, sino no tendría interés. La vida de un Fulano de un barrio no tiene tanto interés como para que sea una novela.

O sí, porque yo he bebido mucho en este proceso es de leer mucho realismo y, sobre todo, realismo británico. Me he dado cuenta de que las vidas normales son las vidas que importan.

Las vidas de barrio tienen esa importancia y hemos dejado de prestársela porque pensábamos que no eran importantes, que eran importantes otro tipo de historias. Eso me apetecía plasmarlo en el libro, que fuera una historia más, que pueden ser miles a la vez, y que creo que son igual de importantes que las que han estado contándonos en las últimas décadas.

El barrio es un tema que te atraviesa y que has reflejado en muchos de tus trabajos, recuerdo cuando hicimos la entrevista de Kase.O que oíros hablar era escuchar una conversación de dos chavales de La Jota, ¿cómo era y por qué parece que el barrio es el protagonista de la novela?

Con el paso de los años tengo un poco de nostalgia y me apetecía hacer la entrevista aquí, porque en este banco he estado sentado cien veces. No es exagerar. Has pasado decenas de días de primavera y de verano en la calle y este banco era un banco más.

Aquí se han jugado partidas de rol, hemos estado fumando seguramente nuestros primeros porros o nos hemos bebido unas litronas, y entre esos dos árboles han sido tus primeras porterías de fútbol. Para mí este parque es el centro neurálgico de mi infancia.

El barrio ha cambiado mucho. Era otra cosa y sigo teniendo esa nostalgia de aquello aunque entiendo que era duro como el granito. La mitad de los edificios no existían y todo acababa en campos y polífono industrial. Nuestras fronteras eran físicas realmente. Vivíamos en un barrio que se acaba en un polígono industrial o que se acaba en un descampado o un campo de maíz. Acababa ahí. El barrio para nosotros en la infancia y adolescencia era chufa, el sitio donde estás seguro, pero también como una cárcel de la que queríamos salir, escapar a toda costa. Luego me doy cuenta de que no quieres escapar de esto, esto es parte de tu vida.

Rocio y Miguel Angel hablando en una mesa sentados en un parque
Miguel Ángel Conejos en un momento de la entrevista realizada por Rocío Durán Hermosilla. Foto: Berta Comas Casas (AraInfo)

Se nota en el libro cuando eres niño que el barrio es tu fortaleza y vas creciendo y se queda pequeña. Quieres salir y explorar, hay mucho de explorar en el libro...

Sí, podrías haber dicho hacer misiones o expediciones, pero era necesario. Al final, esto era un cautiverio. Tus tardes no podían ser juntar 200 pesetas para comprar un litro de cerveza o unos refrescos y pegarte la tarde aquí tumbado con una pelota de baloncesto o fútbol. Al final, ya no aguantábamos más. Ahí estallaron un montón de cosas.

Del grupo que nos juntábamos aquí salió la primera maqueta de Clan (buscar porque no sabemos quienes son o como se escribe), un montón de gente empezó a dibujar... Esa propia cárcel creó un montón de cosas bonitas, de gente haciendo cosas que le interesaba hacer. También ha sido duro y creo que el barrio ha marcado mucho y hay gente que lo ha pasado mal. Pero creo que generó mucha actividad mental y ganas de conocer, intercambios de libros, de discos... Eso fue guay. Al final, esa cárcel nos hizo explotar mentalmente para conocer muchas más cosas.

Tú mismo lo admites, 'Al salir del barrio' tiene mucho de autobiografía, de tus recuerdos de adolescencia. ¿Esta novela ha sido un ejercicio de catarsis, de sacar para fuera todo lo vivido, sufrido y disfrutado?

Al final empiezo un poco a relativizar. El primer día que lo vi impreso para mí fue como un salto al vacío: ¿pero qué estoy haciendo con mi puta vida? ¿Por qué le estoy contando eso a la gente? ¿Qué necesidad había? Luego sí que he pensado que es un libro que funciona, esa vida que puede parecer más o menos dura o rocambolesca, es la vida de todos los jóvenes varones de esa época, de los que nacimos con pene. Nos dejaron muchísima más libertad.

Mi hermana es más mayor que yo y no tuvo ni la mitad de libertad que yo. Tuvimos una permisividad que era la que culturalmente se entendía que podían tener los chicos y las chicas, no. Eso también ha sido un conflicto en ese sentido. Pero la vida que se cuenta es la vida de los barrios de la época.

En Madrid o Barcelona, cuando alguien lee el libro, me dicen que su barrio era igual, o el barrio del barrio, cuando hablamos de ciudades como Móstoles o Hospitalet de Llobregat, ahí hay barrio de barrio. Al final, tú tienes tu barrio dentro de un gran barrio. Creo que esa vida en los 80-90 es muy parecida en casi todas las ciudades.

Es fruto de la inmigración rural, eso hay que tenerlo siempre presente. Parte de la gente que vino a vivir a estos barrios era gente que venía del pueblo, que tenían un nivel de educación muy bajo, que se dedicaban a trabajar en el polígono de aquí al lado y que entendían que la vida en la calle era la vida normal porque ellos habían vivido así. Esa libertad nos permitió tener un montón de cosas. Hacer el mal también.

Es un libro que va de la masculinidad, vamos a decir, pero sí que hay personajes femeninos como tu madre o tu hermana, que de vez en cuando aparecen. Quería preguntarte, en contraposición con esa masculinidad tan cargada, tan rígida que vivisteis, en la que creciste, ¿dónde estaba la feminidad, las mujeres en aquella época?

Si pienso en mi propia historia, mi hermana salía el sábado de casa. ¿Chicas que hayan compartido juegos con nosotros? Una o dos puedo recordar entre la infancia y la adolescencia. Sí que es verdad que yo tuve la suerte de salir del barrio, no solo como en la novela, de forma cultural o para buscar otros espacios, sino también a estudiar. Cuando me fui a la Escuela de Artes todo eso cambió. Además, conservo más amigas que amigos de la adolescencia. Cambió para bien. Para mí salir a un espacio nuevo en el que convergían gente de toda la ciudad, como era la Escuela de Artes, me cambió totalmente. Empecé a tener muchas más amigas que amigos.

Pero, en general, vivimos una infancia ultramasculinizada, que te llevaba a una adolescencia supermasculinizada, y te llevaba a tener un poso machista, un filtro machista, que era difícil de definir y de saber cuándo era impuesto o cuando era cultural, lo tenías metido en el ADN. Eso sí que he intentado que en la novela se notara, que era una novela ultramasculinizada porque es el mundo que nos tocó vivir como chicos nacidos en los 70, con nuestros primeros escarceos en los 80, y me apetecía mucho que se notara, porque creo que fue malo.

Ha sido malo para mucha gente de nuestra generación, que sigue teniendo unas actitudes ultramachistas porque lo han mamado desde pequeños y no han sabido repensar en el asunto. O mirarlo de otra manera y pensar por qué nos pasaban las cosas que nos pasaban, por qué hacíamos lo que hacíamos. Eso es muy complejo cuando vives en un mundo en el que cuando tu bajas al parque hay 30 machos, cada cual dice la burrada más grande para hacerse más el macho y es una competición de estupidez pero en la que no hay freno. Es muy difícil frenarlo.

El libro de Miguel Angel Conejos Al Salir del Barrio encima de una mesa del parque Royo del Rabal de La Jota
Ya se puede comprar su nuevo libro, 'Al salir del barrio' (Ovejas Negrax) | Foto: Berta Comas Casas (AraInfo)

Cuando me llegó el libro pensaba que la violencia iba a ser la violencia contra el fascista, etc, pero no, la violencia empieza muy pronto. El momento en el que tú te escapas del colegio porque has suspendido. Tú vas dispuesto a pedir disculpas y ha sincerarte con tu madre, y lo que recibes es violencia...

Sí, esa violencia la veíamos en el colegio, la vivías en las calles. Aquí un día se te colgaba en esa tapia el balón y el señor salía por esa puerta gris con un cuchillo, diciéndote que la próxima vez que se colgara el balón nos rajaba la pelota. Tú tenías ocho años. La violencia estaba continuamente delante de ti. Otra cosa es que supieras o no verla. Yo he sabido recordarla. Creo que en el momento la veía o no entendí que eso era violencia pero todo era violencia en estos barrios.

Muchas cosas se solucionaban a golpes, o rajándole las ruedas del coche al vecino, para que se joda. Se solucionaban muchas cosas con violencia y estaba mucho más presente en las sociedades que ahora, con muchísima menos policía y con muchísima menos alarma social. Eso me fascina. Vivimos ahora en la sociedad más tranquila del mundo y, sin embargo, la sociedad más alterada del mundo, y con más miedo. Si echas la vista atrás, hace 30 años esto era una pasada. Había un atraco diario en este barrio. Ahora no pasa nada.

Incluso con el tema en los 80 de la heroína, los yonkis en el barrio, que siendo crío te tiene que marcar...

Eso nos marcó en cierto modo para bien. Había una raya que no íbamos a pasar jamás. De mi generación muy poca gente saltó esa raya. Hay uno que está retratado en el libro, que es una historia real aunque con los nombres cambiados, y es el único chico de este barrio, nació en el 76, que terminó muerto por sobredosis. Todos los demás eran de una generación anterior, del 70, 71... Pero eso lo veías. Eran los hermanos mayores de la gente con la que jugabas o era tu vecino. Tú lo veías y sabías que era raya no se iba a transgredir jamás. No querías terminar así. No querías que tu vida fuera así.

Luego hay otro componente que es cultural, que es que quisimos romper con la cultura que había. Aquí con suerte había algún heavy o algún rocker en el barrio, el resto de la gente solo escuchaba rumba y evidentemente su ocio era macarrear y si tenía la mala suerte de concebir que el ocio era la heroína pues su ocio iba a terminar mal, en la cárcel o en el cementerio, había dos rutas.

Nosotros queríamos romper con eso, tanto con la cultura de nuestros padres, que en mi caso era gente que había salido muy pronto del colegio, que no había estudiado, no tenía intereses musicales... Tú decides todo lo contrario. Queremos verlo todo, queremos saberlo todo. Eso en un contexto en el que no hay internet. Tenías que salir del barrio para conocerlo. Esa fue otra de las patas que quería introducir. Esa fue otra de las patas que quería introducir. Al final, que tú conocieras grupos o con compraras discos o libros, dependía de un montón de información que tenías que conseguir, no tenías acceso fácil. Tenías que conseguir la información para luego llegar al sitio que te gustara. En ese camino pasan muchas cosas.

A mí en concreto, estamos en el barrio La Jota, y es la cuna del hip-hop de Zaragoza. Yo no rechazaba el hip-hop y sigo escuchando muchas cosas que me siguen pareciendo buenísimas 25 años después pero me echó para atrás de primeras. Me parecía super macarra pero en el mal sentido. Un macarrismo machista, cruel, había un alarde de la riqueza que yo rechaza completamente. Eso me fue echando para atrás con 15 años. Eso también quería reflejarlo.

En mi caso, ¿cómo llegué a escuchar punk? Por casualidad. Por una cinta que te dejan en el instituto y de repente dices: “Están diciendo exactamente lo que pienso”. Podías estar equivocado en ese momento o no pero así lo veías. En ese momento, te cambia el chip y empiezas con otra nueva vida cultural, evidentemente compartiendo los mismos amigos de siempre. Eso te va llevando a otras etapas, que al final te extraen del barrio, en una ciudad como esta. Si fuese Madrid evidentemente hubieses tenido amigos afines en lo cultural dentro de tu barrio. Pero en Zaragoza eso no iba a pasar.

Dices que en la novela hay decenas de referencias musicales y es que Miguel Ángel Conejos no existiría sin ella. De ti aprendí la época del Madchester de la que me enamoré desde el segundo uno, de hecho. Ahora me gustaría preguntarte, musicalmente, ¿dónde empieza y dónde acaba esta novela?

De joven, de niño, musicalmente mamé hip-hop en la calle con 13 años. Mis compañeros de clase ya empezaban a tontear con un grupo, en octavo de EGB, con 13 años. Sobre todo Public Enemy, ahí hay un punto de partida. Luego cambia todo escuchando punk de los 80 vasco.

Para mi cambian todo los RIP, porque tenían esa actitud que podía tener Eskorbuto y unas letras con las que yo me definía completamente. No eran letras premonitorias como las de Eskorbuto, que las puedes escuchar 40 años después y siguen diciendo cosas que van a pasar. Eran letras que te hablaban del momento. Eso me gustaba, era realismo puro y duro. Punk que hablaba de las cosas que pasaban, ya está.

Creo que los RIP son esenciales y luego en mi vida hay un señor que me abre las puertas de la música negra que es Wilson Pickett. Me compro un disco de Pickett por casualidad en un rastro con 20 y algo años y descubro que el soul es la música de la gente normal. Empiezo a leer las letras y me doy cuenta de que esta gente habla de comida, de salir con sus amigos, de tener sexo. Las letras hablan de eso. A partir de ahí sí que empiezo a escuchar mucha más música negra.

Sí que hay un momento en la novela que habla de una canción de Hopeton Lewis, que se llama ‘Take it Easy’, que no pasó tal cual pero sí pasó. Una pinchada de reggae, donde confluía gente muy extraña porque era una pinchada para skinheads en los 90 en Zaragoza. Había gente apolítica, que normalmente se juntaban con nazis, mods que eran ultra nacionalistas españoles, que eran del Ligallo, confluíamos skins que éramos antifascistas… Todo eso ya generaba un clima de tensión.

Me acuerdo de esa pinchada porque a la persona que pincha le sigo teniendo mucho aprecio. Me acuerdo de preguntarle. Escuchaba mucho punk y no tenía mucha idea. Pregunté por una canción, no recuerdo si era ‘Take it Easy’ de Hopeton Lewis, o puede ser otra, porque los recuerdos son difusos. A partir de ahí empecé a escuchar rocksteady y pensar: “¡Lo que me he estado perdiendo! Esto es una maravilla”. Ese paso previo entre el ska y el reggae, en el que hay una peña que está haciendo practicamente rhythm and blues o soul norteamericano adaptado con una raíz jamaicana que suena caribeño pero que es soul… Fue una maravilla, eso era lo que me apetecía bailar toda mi vida. Eso fue para mí también musicalmente como un boom y hasta ahí.

Miguel Angel Conejos explica moviendo las manos sobre su libro, que esta encima de una mesa en el parque de la jota
El autor está presentado en su libro por distintos lugares del Estado español. Foto: Berta Comas Casas (AraInfo)

Cuando eres joven eres tan vulnerable y tan influenciable... lo mismo puedes acabar en el antifascismo que en el fascismo, ¿o no?

Si acababas en el fascismo eras realmente un imbécil, un imbécil integral. De este barrio, que yo supiera, hubo una persona involucrada con el tema de los nazis y fue vilipendiado continuamente absolutamente todos los días de su vida. Su padre tenía un negocio abierto al público, él trabajaba en ese negocio, la gente entraba a escupirle a la cara literalmente. No estoy exagerando en absoluto.

Al final, el fascismo en los 90 escondía un montón de frustraciones, y con el tiempo de militancia en el antifascismo callejero más violento me he dado cuenta de que era gente con muchísimas frustraciones. Que cuando estaban en grupo se sentían fuertes y valientes. Pero decir que la personalidad puede variar tanto en torno a la violencia o al clima que vivas, lo dudo mucho.

Estoy convencido de que yo jamás hubiera acabado en el otro bando, porque mis padres han sido inmigrantes en Europa, porque tienen una cultura limitada pero tienen una educación formidable y porque han sido capaces de transmitirme la igualdad, la solidaridad y el respeto son valores máximos, que no puedes transigir nunca, y porque creo que en este barrio, como en muchos barrios obreros, eso era ley. Creo que es imposible.

Tenías que ser el más tonto del barrio para terminar en el fascismo. Los nazis de Zaragoza fueron los más tontos de su barrio o gente que se aprovechaba de ellos. No había otra manera. En toda Zaragoza igual no había seis nazis que fueran de un barrio obrero. Eran todos de la Casablanca pija sector Romareda, de Delicias de Gómez Laguna, de Paseo Teruel… Muy pocos nazis eran de un barrio obrero.

Si comparamos lo que cuentas de cómo se luchaba contra los nazis antes a lo que ocurre ahora, que poco más que en Twitter si contaras estas cosas te tildarían de intolerante...

Estamos en un punto distinto. Hay un problema muy grave. Lo repetiré hasta la saciedad. El otro día en Pamplona me decían que estaba loco pero es muy fácil combatir al fascismo en los 90. Se combatía en la calle, porque ejercía la violencia en la calle. Combatir a unos locos en la calle es mucho más fácil que combatir a unos locos en las urnas.

Hemos conseguido que el clima que había de violencia fuese frenado, creo que han sido 10 o 15 años de lucha en la calle para que no haya nazis dando palizas. También es cierto que ha habido un riesgo y que hemos perdido gente por el camino. Es cierto, eso es innegable, y que hemos arriesgado el físico sin venir a cuento... No sé si sin venir a cuento o sabiendo lo que hacíamos, probablemente de forma inconsciente, pero que era necesario pararlos en la calle, lo era. Y que ha servido, también.

Lo que tenemos ahora delante creo que es otro escenario completamente distinto, el fascismo que tenemos ahora delante es un ultraliberalismo con ciertas gotas de fascismo cultural o de ese empecinamiento en defender cosas indefendibles: posiciones machistas, como ser taurino, como defender que España tiene 3.000 años. Cosas indefendibles. Pero son pequeñas piezas de un puzzle que en lo global comparten todos los partidos políticos grandes. Ese ultraliberalismo lo comparte el PSOE y el PP.

Tenemos a Vox con una parcela de poder, que sí que es cierto que es peligroso porque está diciendo cosas que salen por la tele continuamente y que son puro fascismo, pero no es nada que no pienses muchos de los que están en el PSOE o PP. Tenemos un problema en el sentido de que combatir esto es mucho más difícil. Nos pensamos o se piensa la izquierda que somos más listas y no lo somos. De hecho, la batalla cultural de la que se nos ha hablado que había que dar y emprender se está perdiendo.

Nosotros y nosotras tenemos muchísimos más intereses de los que tienen ellos. Para ellos es primordial ganar esa batalla cultural. Ellos están trabajando solo en eso mientras nosotras tenemos mil frentes abiertos. Creo que se comete un error desde la izquierda diciendo que esta gente son tontos porque eso no es ganar la batalla cultural, es perderla.

Creo que ahora es mucho más difícil el combate al fascismo, a lo que se entiende ahora como fascismo, que en los 90. Era más arriesgado físicamente, sí. Pero ahora lo estamos perdiendo. Es complicado porque no vale la violencia porque es lo que están buscando. Buscan criminalizar a alguien que les parta la cara un día. ¿Se merecerían que se les partiera la cara? Sí. Están buscando eso, el papel de víctima continuamente. No es nada que no se haya hecho ya. Creo que es una de las peores batallas que se han empezado nunca, la batalla cultural en Twitter.

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