Messina y Las Heras: “La identidad de un sindicato no viene de fábrica, se construye en cada conflicto”

Ignacio Messina y Jon Las Heras son investigadores especializados en relaciones laborales y acaban de publicar en la revista ‘Economic and Industrial Democracy’ un estudio sobre cómo se construye la identidad sindical, a partir de los veinticinco años de historia de OSTA

26 octubre, 2026. 07:00
Foto: I.M. - J. LH. / AraInfo

Uno trabaja en la Universidad de Zaragoza y el otro en la Universidad del País Vasco, y llevan años siguiendo de cerca al sindicalismo que pone el conflicto en el centro. Ignacio Messina investiga las relaciones laborales, las huelgas y la renovación sindical, Jon Las Heras es especialista en economía política y sociología del trabajo. Hace dos años, Messina explicaba en AraInfo el auge de las cajas de resistencia a partir de un estudio comparado de diez sindicatos del Estado que ambos firmaron.

Ahora vuelven con un trabajo dedicado íntegramente a la Organización de Trabajadoras y Trabajadores de Aragón (OSTA), “Tradition, Conflict and Transformation: Identity as a Contradictory Process of Union Renewal”, que reconstruye veinticinco años del sindicato, desde su congreso constituyente de 2002 hasta la consolidación de un sindicalismo de contrapoder.

Su tesis desafía una idea muy asentada: que los sindicatos tienen una identidad de partida que después aplican. Para ellos, la identidad se construye peleando, a través de rupturas, crisis internas y decisiones que obligan a la organización a convertirse en algo distinto de lo que era.

¿Por qué OSTA? ¿Qué tiene este sindicato para despertar el interés de una revista académica internacional?

Hay dos razones. La primera es que casi nadie lo había estudiado. Cuando se investiga el sindicalismo en el Estado español se mira a CCOO y UGT, y en los últimos años también a los sindicatos vascos. Del resto, a nivel internacional existen pocos trabajos, y sobre OSTA no había ni un artículo.

La segunda tiene que ver con la propia experiencia de OSTA. Cuando investigábamos las cajas de resistencia vimos cómo se había ido transformando con los años, hasta poner la huelga en el centro y construir la suya. Ese proceso, con sus tensiones y desafíos, el de una organización que acaba asumiendo posiciones de contrapoder, es lo que nos permitió ir entendiendo cómo se construye la identidad de un sindicato, que es la tesis del artículo.

¿Los sindicatos que no son mayoritarios no merecen ser estudiados? También organizan y negocian las condiciones de vida y de trabajo de muchísima gente. 

Es un problema serio, y no es casual. Que la literatura se concentre en CCOO y UGT es también un reflejo de su identidad y de las estrategias que han ido desarrollando. Son sindicatos más ligados al diálogo social y a la concertación, que se nutren en buena medida de recursos institucionales, y desde esa posición han podido construir herramientas que facilitan que se investigue sobre ellos. El otro sindicalismo, el que en los últimos años se ha venido llamando de contrapoder, no tiene esas facilidades. Lo que sí hay es una nueva corriente de investigadoras e investigadores trabajando sobre él, porque hay muchísimos sindicatos con experiencias de las que esperamos sacar muchos aprendizajes.

Vamos a la idea central del artículo. Cuando se habla de la identidad de un sindicato, ¿qué es lo que se suele dar por hecho?

Lo habitual es pensar que un sindicato nace con una identidad, con un carácter, y que todo lo que hace después sale de ahí: si es de clase, actuará de una manera, si es corporativo, de otra. Como si la identidad se planificara y después se aplicara igual que una receta de cocina. La identidad de un sindicato no viene de fábrica, se construye en cada conflicto: en cada congreso, en cada pelea interna, en cada decisión sobre los recursos o sobre a quién se representa. Y nunca se cierra del todo. Hay momentos en los que parece que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de aparecer, y muchas veces es justo ahí donde se está jugando la identidad.

Tampoco partimos de cero, ojo. Richard Hyman ya explicaba que los sindicatos viven entre tres fuegos: el mercado, porque tienen que negociar salarios y condiciones, la clase, porque representan a trabajadores frente al capital, y la sociedad, porque quieren cambiar cosas que van más allá de la empresa. Y esas tres lealtades no siempre tiran hacia el mismo lado. Eso está bastante estudiado. Lo que se ha mirado mucho menos es qué le pasa a un sindicato cuando esos choques se repiten durante décadas.

En los últimos tiempos se ha puesto mucho el foco en el relato, en los discursos de los sindicatos. Aporta, no se puede negar, pero si te quedas ahí te pierdes la mitad de la historia. Un sindicato también está en sus estatutos, en cómo se organiza, en qué hace con su dinero y en cómo lleva el conflicto. Ahí es donde se ve de verdad lo que es.

Foto: I.M. - J. LH. / AraInfo
Habláis mucho de sindicalismo de contrapoder. ¿Qué es exactamente?

Es un sindicalismo que prioriza el conflicto, que le da centralidad a la huelga y que toma el centro de trabajo como punto de partida, tanto para organizarse como para negociar. Parte de una crítica: entiende que la estrategia del diálogo social y de la concertación fue alejando a los trabajadores de su propia capacidad para intervenir en su realidad laboral, que los fue debilitando y que les hizo sentir que ya no formaban parte del sindicato. El contrapoder rema en la dirección contraria. Viene a decir que los trabajadores y las trabajadoras son protagonistas de su propia acción sindical y que hay que recuperar el centro de trabajo, sobre todo a través de la huelga.

Pero no es solo poner el conflicto en el centro. También implica una mirada más abierta a las alianzas con los movimientos sociales y más autocrítica con los aprendizajes que nos trae el feminismo. Es pensar un sindicato que pelea en la empresa pero que mira a la sociedad para transformarla en profundidad. Hay trabajos pioneros sobre esto, como los de Beltrán Roca, y es la línea en la que llevamos años investigando.

Decís que es un proceso difícil, lleno de tensiones, que requiere prácticas bastante novedosas, pero ¿Por qué un sindicato necesita pensar en su identidad?

Volvemos a lo de la receta de cocina. Que OSTA se asumiera como un sindicato de contrapoder no fue una decisión de un día para otro. Fue un proceso bastante largo, con luchas internas, con tensiones, con práctica y también con momentos de marcha atrás. Y es un camino que no se cierra nunca, los sindicatos lo recorren de forma constante.

Por eso la identidad no es una etiqueta que se aprueba en un congreso. Se ve en las decisiones difíciles: si se firma un convenio o se va a la huelga, en qué se gasta el dinero, a quién se representa. Un sindicato que entiende ese proceso sabe por qué hace lo que hace y puede decidir hacia dónde quiere ir.

¿Qué supone para el mundo laboral aragonés que exista un sindicato como OSTA, con esta identidad particular?

Lo que vimos en la investigación es un sindicato que mantiene un crecimiento constante en los últimos años. Es el tercero de Aragón y se va acercando poco a poco a ese 15% de representación que da la condición de sindicato más representativo.

Además, tiene la mayoría de su representación en el sector privado, que es algo bastante particular. Ese dato dice mucho del perfil de su afiliación y ayuda a entender por qué pudo asumir el contrapoder. La otra pieza es su autonomía política, que nos parece es una de sus grandes virtudes. Cuando un sindicato funciona como correa de transmisión de un partido, lo que es y lo que hace acaba dependiendo de decisiones que se toman fuera de la organización. En OSTA se decide dentro, en los congresos y en la afiliación, y por eso su identidad es algo que ha ido construyendo el propio sindicato.

¿Camina sola OSTA? ¿Hay otros sindicatos con identidades parecidas con los que converger y tejer lazos de solidaridad?

No, para nada. El contrapoder no es un concepto que haya inventado OSTA, aunque en clave aragonesa sí tiene su expresión particular. Las primeras pistas nos las dio el artículo que publicamos en 2024 sobre las cajas de resistencia en el Estado: ahí vimos que, para poner en marcha la suya, OSTA se apoyó en la experiencia técnica y administrativa de sindicatos como ELA o la CIG. Son sindicatos amigos que, aunque estén en territorios distintos, van compartiendo procesos de lucha y aprendizajes colectivos. Sería muy difícil entender la identidad de OSTA, sobre todo en los últimos años, sin ese diálogo con el sindicalismo de contrapoder del resto del Estado.

¿Y vosotros? ¿Camináis solos en la investigación o estos debates tienen eco?

Creemos que sí lo tienen. El año que viene estamos organizando un congreso de sindicalismo y trabajo. La primera edición fue en Bilbao, en 2024, y fue una experiencia muy bonita, porque más de la mitad de las ponencias las presentaron sindicalistas. Un congreso así, con participación de cuadros y técnicos sindicales, pero también de delegadas y huelguistas, dice que hay ganas de fortalecer el puente entre la universidad y los sindicatos, y que hay investigadoras e investigadores jóvenes dispuestos a seguir por esta línea.

Terminamos mirando al futuro más próximo. Lleváis años investigando huelgas y en menos de un mes hay una general por la vivienda, impulsada por el Sindicato de Inquilinas y a la que se han sumado CCOO y UGT en todo el Estado. ¿Cómo la leéis?

Creo que la convocatoria ha sido un acierto del Sindicato de Inquilinas. Aquí los sindicatos aragoneses, OSTA entre ellos, se han sumado y la están organizando de forma propia. Y en esa preparación está cuajando una alianza entre el sindicalismo más combativo, CGT, OSTA, SOA o CNT y los movimientos sociales en torno a la vivienda. No son espacios que suelan compartir convocatoria, y ahora se están encontrando en el día a día de montar la huelga. Esos lazos no se deshacen el día 12, y para mí son de lo más interesante que va a dejar todo esto. También me parece significativo que haya empujado a CCOO y UGT a coincidir después de tantos años.

Pero la huelga no nos puede tapar una realidad que vivimos la mayoría de las personas que trabajamos en Aragón. La apuesta por el diálogo social ha llevado la negociación a acuerdos tripartitos lejos del centro de trabajo, y cuanto más lejos se negocia, menos fuerza hay detrás del acuerdo. CCOO y UGT firman la gran mayoría de los convenios colectivos de las ‘tres provincias aragonesas’, y buena parte de ellos consolidan condiciones muy precarias. Eso está generando un desapego profundo de la clase trabajadora con los sindicatos, y es una contradicción que tenemos la obligación de señalar.

Dicho esto, que haya huelga es una buena noticia, y justo por eso merece algo más que un día señalado en el calendario. Una huelga general no es un fin en sí mismo, y lo que la sostiene es lo que se construye antes y lo que queda después: cuántos comités de huelga, cuántas asambleas, cuánta pedagogía se hace en los centros de trabajo. Ahí se verá quién está dispuesto a sostener el conflicto más allá del 11 de noviembre y si la huelga se reivindica como la herramienta de la clase trabajadora.

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