Dice el Rig Veda, que en el principio no había nada. "Ni existencia ni inexistencia". "Tan solo Uno respiraba sin aliento su propio poder". Este origen o fundamento desafía cualquier intelección, pues el Uno, además de rechazar la existencia (estar vivo) y la inexistencia (estar muerto), resulta que, con su "respiración sin aliento", como está, a la vez, vivo (respiración) y muerto (sin aliento), también las incluye. Esta indefinición absoluta bloquea cualquier pensamiento, ya que este solo opera con distinciones que dibujan cosas claras y distintas.
Después apareció la respiración con aliento, que habilita tanto la vida corporal en el plano sensible como la propia existencia del alma en el sutil. En el Génesis se dice que fue Elohim quien formó a Adam del polvo de la tierra y que insufló en su nariz el aliento de la vida. Pero también se sugiere que Adam es, en realidad, el Edén, la dimensión vegetal de la existencia, donde reina el cuerpo etéreo, cuya conciencia es un sueño sin sueño. En dicho cuerpo reside el sistema nervioso autónomo, que incluye los sistemas simpático y parasimpático sin los que nuestra existencia física sería imposible. Forman una especie de árbol de cuyas ramas penden los órganos. También alberga siete flores con distintas cantidades de pétalos. Son los chakras.
La serpiente provocó el paso a la condición animal. Con ella llegaron el sexo y la muerte e igualmente el hambre, la frustración, el dolor y el miedo. Lucifer expresa el deseo y experiencias propios de este cuerpo animal, también denominado astral. Dice la tradición que, en su caída, una gran esmeralda se desprendió de su frente. Así es como nuestra humanidad perdió el tercer ojo o Lámpara de Osiris. Desde entonces, el mundo vegetal es el preciado origen y fundamento al que tiende nuestra especie. Además, tras la Nada, es la imagen más originaria que ha producido la sabiduría.
¿Cómo es ese mundo vegetal que tan íntimamente nos constituye? Pues si atendemos a la organización de las plantas, según nos hablan de ellas las ciencias, lo hace de un modo horizontal, anárquico y sin que haya centro alguno. Por eso, las raíces sobreviven, aunque sufran daños graves, igual que sucede con la copa de los árboles. Por otro lado, cada brote reúne las características totales de la planta y las habilidades vegetales no residen en órganos específicos, como sucede en los animales, sino que están distribuidas por todo el cuerpo. El orden social instituido que tenemos, basado en el modo burocrático de organizar la existencia, tiene más que ver con la vida animal que con la vegetal.
Por otro lado, en la vida vegetal prima la cooperación, que hunde sus raíces en el mismo origen del mundo prebiótico, pues las bacterias eucariotas (que aparecieron hace 2000 millones de años), son resultado de un proceso de simbiogénesis, ya que su núcleo está compuesto por cloroplastos y mitocondrias, en su origen bacterias procariotas (aparecidas hace 3500 millones de años) que encontraron acomodo, protección y nutrientes en el interior de las eucariotas a cambio de la energía que pasaron a proporcionar a sus huéspedes. No menos importante es la relación simbiótica que los hongos establecen con los vegetales. Les proporcionan nutrientes a la vez que crean una red por la que las plantas se transmiten información entre ellas, recibiendo a cambio de todo ello azúcares. Pero es que los minerales que proporcionan los hongos a las plantas provienen de la meteorización que realizan de las rocas, así que resulta muy difícil si no imposible, no solo señalar donde empiezan las plantas y acaban los hongos, sino distinguir lo vivo de lo inerte. Estamos, de nuevo, ante la "respiración sin aliento" que menciona el Rig Veda.
Las complicidades entre todos los seres vivientes y sus relaciones constantes con el mundo mineral, manifestadas en ciclos como el del carbono, que pasa de la vida a las rocas y al revés, es lo que ha llevado a hablar del planeta como Gaia, una entidad viviente en la que todo está implicado. En ella la existencia es resultado de un continuo proceso de metamorfosis, el cual permite que todo lo viviente se despliegue en varias formas de manera simultánea y sucesiva, a la vez que el aliento permite que esas formas se conecten y pasen de una a otra. De hecho, la nutrición es un encuentro, la invitación que hace la naturaleza a cada individuo para que transmigre de un cuerpo a otro, creando así una misma carne común. Es por esto que vivir y morir no son realmente contradictorios sino aspectos parciales y complementarios de una realidad más amplia y profunda. De nuevo el Rig Veda.
Las comunidades originarias encarnan la verdad vegetal. En ellas conviven jefaturas de mentirijillas con libertades reales. Por ello, la dialéctica nosotros/otros apenas tiene peso, la metamorfosis o participación de una sustancia común es más evidente y, en fin, la Nada no está tan oculta. Esta situación es justo la contraria de la que nos encontramos en nuestras sociedades, pues conviven jefaturas o poderes bien reales con libertades que son más bien de mentirijillas. El cambio se produce en el neolítico, cuando los humanos decidieron encerrarse en un mundo poblado por unos pocos animales que fueron seleccionados a base de extirparles autonomía y curiosidad para volverlos tan predecibles como útiles. Los humanos incluyeron también en ese nuevo mundo un puñado de plantas cuyo cul¬tivo exigió enormes trabajos físicos desti¬nados a liberar tierras, ararlas, abonarlas, llevarles agua, etc., lo cual generó tan graves problemas en sus espaldas y articula¬ciones que todavía son visibles en los restos óseos que nos han legado. Todo ello para inmovilizar y hacer crecer los poblados, lo cual facilitó que se propagaran más fácilmente las epidemias, también que aparecieran desigualdades sociales estables e irreversibles e igualmente que se propagara la necesidad de levantar murallas y organizar ejércitos para defenderse, pues el hábito de huir de los problemas cambiando de lugar se hizo imposible debido a que las preciadas fuentes de alimentación quedaron inmovilizadas.
El homo sapiens no obtuvo mucho a cambio de este cambio, pues empeoró la calidad de su alimentación (reducida a un abanico muy restrin¬gido de especies vegetales y animales que dañaron, entre otras cosas, su sistema inmune), se empobreció el uso de la inteligencia experimental (pues la observación atenta de la naturaleza fue sustituida por un muy restringido abanico de rutinas), se redu¬jo el tamaño del cerebro, se deterioró el propio vigor físico (al sustituirse el ejercicio nomádico por el terrible esfuerzo del arado en unos casos y el sedentarismo más absoluto en otros) y hasta la vida social se degradó con el desembarco de las jerar¬quías y de las guerras (ya que si antes apenas el 15% de los humanos fallecían por culpa de las violencias internas, con el Neolítico esta causa llegó a provocar hasta el 50% de las muer¬tes). Este proceso de domesticación del mundo y de encerramiento del propio sapiens en él, permitió que la especie comenzara a crecer exponen¬cialmente, tal como parece exigir la lógica egoísta de los genes.
Aunque el tránsito del mundo vegetal paleolítico al animal del neolítico ha sido interpretado como un paso universal, rápido e inevitable, presente en todas las civilizaciones, lo cierto es que muchos expertos dudan de ello. En la zona del Creciente Fértil de Oriente Medio (Israel, Jordania, Líbano, Palestina, Siria, Irak, Kuwait y el sudeste de Turquía), por ejemplo, se dilató nada más y nada menos que 3000 años, cuando el cambio no debería haber superado los 100 años, dado que los conocimientos y técnicas necesarios para impulsar el cambio ya estaban presentes entre aquellas gentes. Durante ese largo periodo de tiempo se practicó una agricultura a tiempo parcial (solo durante parte del año, pues el resto se dedicaba a la caza y la recolección-), de carácter lúdico (no impulsada por la necesidad, pues se sale de y entra en ella a voluntad-) y que no exigía gran esfuerzo (pues para cultivar se aprovechaban los humedales, las zonas pantanosas y las avenidas periódicas). La existencia de tan largo y dilatado periodo de transición quizás se deba a que aquellas gentes rechazaron evolucionar y dar el salto al neolítico.
La agricultura intermitente ha sido la norma durante gran parte de la historia de nuestra especie. La agricultura permanente solo se asentó en lugares donde no podía vivirse de otro modo. Así que esa idea de que la revolución neolítica ocupa un lugar importante al que nuestros ancestros se dirigieron sin dudar, deben ser puesta en cuarentena. Del mismo modo, la vieja y todavía presente presunción de que, antes de la "revolución" neolítica, los cazadores y recolectores, aunque fueran libres e iguales, eran pobres y su desarrollo muy limitado, no es algo que esté ni mucho menos comprobado. Al contrario, los arqueólogos han encontrado restos monumentales correspondientes a ese periodo en todos los continentes. Si no se han atrevido a ofrecer una explicación es porque el mito de que el desarrollo se inició con la agricultura ha eliminado la posibilidad de pensar otros modos de ser de nuestra humanidad. Ese y otros mitos ilustrados solo sirvieron a sus inventores para hacerse dueños de la Historia. Quizás porque los pueblos primitivos recién conocidos no cesaban de humillar a los fundadores de la Modernidad con sus penetrantes análisis y elocuencia. Las ideas izquierdistas europeas surgen precisamente de esa mirada que aquellos salvajes tenían de nuestro mundo. Hipótesis tan curiosa pero verosímil como aquella otra que coloca el origen de la vida en las entrañas de los meteoritos que se han estrellado en nuestro planeta.
En definitiva, la enseñanza del mundo de las plantas hace referencia tanto a la realidad material o sensible como a la espiritual o sutil. En el primer caso, nos habla de una organización horizontal, anárquica y simbiótica que tiene en el humus o compost el lugar de partida y regreso. En el plano sutil las plantas dicen lo mismo: para (re)nacer o (re)crearse hay que morir. Por lo tanto, las plantas parecen enseñar que en su mundo late, por lo bajo, una indeterminación que evoca la del propio origen o fundamento de Todo. Esta base no está perdida. De ella brotan ciertas partes de nuestra subjetividad que desbordan el yo o ego y que tienen un carácter transpersonal. Igualmente sirve de sustento a sociabilidades que desafían la economía, la política y la ciencia que tenemos. También produce otras, como las creativas e incluso las espirituales, a las que el mundo animal apenas llega.
Primera parte: ‘Más Allá de la guerra (I)’





