Más allá de la guerra (I)

22 noviembre, 2023. 08:41

Para el psicoanálisis la nada es la falta que constituye al sujeto. Deriva de la discordancia motriz y la consiguiente falta de completitud de los humanos recién nacidos. Esto se debe al gran tamaño de nuestro cerebro, al que no le ha quedado más remedio que continuar creciendo y terminar de formarse fuera del vientre de la madre, ya que la estrechez de su pelvis impide que la criatura pueda salir mínimamente completada y apta para vivir, como ocurre entre el resto de los mamíferos. La experiencia de esa ineptitud constitutiva es tapada retrospectivamente de un modo imaginario con el fantasma, si bien su significado explícito nada tiene que ver con lo ocultado. Por ejemplo, el fantasma puede consistir en el recuerdo de un padre que abusó sexualmente del sujeto. Esa escena, muy común en las histerias, como el propio Freud reconoció a Fliess en una carta, nunca existió. Solo oculta la impotencia del padre, ya que, ante la Nada que acosa al infans, por más que este lo espere, la función paterna en general no puede hacer nada.

Una vez asentado el fantasma, aparecen las fantasías, también resultado de la imaginación y encargadas de satisfacer el narcisismo que sostiene al yo recién constituido y de inscribirlo en el orden simbólico, formado por un conjunto estructurado de referentes que se irá articulando a la vez y al mismo tiempo que proporcione cada vez más fundamento a dicho yo, al final convertido en un cúmulo de identidades. Tras este trabajo ya tendremos al sujeto normalizado que habita y nutre el orden social. Sin embargo, dicho orden no es solo el resultado de la mera agregación de sujetos, cada uno con sus faltas, fantasmas y fantasías, pues también tiene una constitución propia, aunque análoga a la del individuo, ya que igualmente padece una falta de completitud.

En lo social, la nada son las gentes, el mero estar-juntos o estar-uno-con-otro, donde el “con” es la clave. Dichas gentes se caracterizan por su radical heterogeneidad, su permanente inestabilidad y su carácter absolutamente situado, todo lo cual las convierte en indeterminadas, pues no hay homogeneidad, estabilidad ni abstracción suficientes como para proporcionar ninguna identidad ni completitud. Tal nada es el grado cero de cualquier cosa colectiva. Aquí, el fantasma, también retrospectivo, está constituido por escenas que amenazan la plenitud que nunca existió. El responsable de ese fracaso es el Líder, el Jefe, predecesores de lo que luego será el Estado, tan impotentes todos como lo es el Padre en el plano individual. En este caso, impotentes para fundamentar, tal como es su cometido, un “nosotros” que sostenga a la sociedad.

Del Estado se dice que ampara a dicho “nosotros” usando la violencia contra los “otros”. Tal es su función fundacional. Sin embargo, los “otros” son solo una invención de ese vértice jerárquico. En efecto, del mismo modo que el padre crea una falsa seguridad frente a un exterior peligroso, pues el problema no está fuera del infans sino en él mismo, así el Estado dice velar por el nosotros frente a la amenaza de los otros, cuando la inconsistencia es inherente al nosotros y no hay modo de evitarla. En realidad, esos “otros” no son en sí o inicialmente nada amenazadores. El problema es que también han sido constituidos por sus propios cabecillas frente a otras amenazas, incluida la nuestra, para tapar su insignificancia. Esto crea un juego de espejos en el que los distintos “nosotros” se temen entre sí, lo cual hace más verosímil la ficción e incluso puede realizarla. Para ello basta con que “uno” confunda el temor del “otro” con el odio, vea en ello la prueba de que su presunción era cierta, se adelante a la agresión que teme del “otro” descargando la suya y dé así al otro la prueba de que su propio miedo estaba fundado. A partir de ese momento la dialéctica nosotros/otros, ahora transformada en amigos/enemigos se hará real y convertirá a la guerra en el principio de realidad. Sin embargo, inicialmente no había nada de eso. Tan solo estaba la impotencia de cada Estado al pretender amparar a sus gentes. La única y gran verdad es que dichas gentes son heterogéneas, dinámicas y situadas, lo cual quiere decir que son indeterminadas o, más exactamente, que no son nada.

Sobre el fantasma que constituye al Estado, también de un modo retrospectivo, se crearán después fantasías tales como el Pueblo o la Nación, siempre significadas en términos entre épicos y victimistas, que proporcionarán un sustento imaginariamente más denso al nosotros recién inaugurado. El problema de este nuevo delirio es que del propio “pueblo” o de la “Nación”, como consecuencia de la mayor abstracción, homogeneidad y estabilidad que se impone a las gentes, pueden emerger colectivos que no se reconozcan en las fantasías y aspiren unas veces a realizarlas plenamente para quedar definitivamente incluidos en ellas y otras veces a imaginarse fuera, en un nuevo y mejor “nosotros”. Para ello utilizarán fantasías que no serán sino la réplica del fantasma original, pues no podrán evitar convertir al antiguo ”nosotros” en el “otro” frente al que afirmar la nueva identidad. Esto creará otro círculo vicioso que dará consistencia a una enemistad de segundo orden tras las que latirá, como ocurría en el círculo vicioso original, la falta de completitud y consistencia. En general, todo “nosotros” tiende a crear, con cada progreso, cascadas de inseguridades parecidas. Esas cascadas son la reiteración o regreso de la falta de consistencia de las gentes, que no son sino Nada.

Hay paleontólogos que colocan esa violencia que brota de la inseguridad o incompletitud fundacional en el proceso mismo de hominización, pues nuestra especie inauguró el uso de instrumentos y conquistó la posición erguida que permite manejarlos con destreza, tanto para hacerse cazadora matando a otras especies de las que alimentarse, como para volverse criminal matando a los suyos por rivalidad. Primero, el australopiteco formó, hace 3,9 millones de años, bandas pequeñas con pocos machos para defenderse de los depredadores. Después el homo habilis convirtió, hace 2 millones de años, esas bandas en cazadoras. Finalmente, un coetáneo suyo, el homo erectus, la primera especie realmente cosmopolita, que abandonó África tras dominar su nicho ecológico, aumentó el tamaño de las bandas y el número de machos, creando grupos sociales más complejos que exigieron un cerebro mayor, para defenderse de otros homínidos. En este último escenario, el altruismo y el comportamiento desinteresado sólo aparecieron para otorgar prestigio a los héroes asesinos y a sus familias, así como para evitar su violencia, lo que fue fundamental para proporcionar protección social a sus copias genéticas. Estas conductas contribuyeron a crear la reputación u honra. Además, desde el primer momento de la hominización, el impulso criminal junto con su contrapeso, la sumisión exhibida por el derrotado tras la pelea, no sólo impidieron la muerte del vencido a manos del vencedor sino una guerra generalizada que habría podido provocar la extinción de la especie. Sin embargo, el avance de la hominización, además de los frenos a la agresividad, trajo también consigo nuevos estímulos y un mayor refinamiento. Por ejemplo, la gran importancia que en nuestra especie tiene la agresividad proactiva, fría y calculada, frente a la reactiva, más caliente y emocional. Esto quizás se debió al freno que las hembras impusieron a la segunda clase de violencia recompensando sexualmente a los machos si la inhibían. El resultado fue la selección natural de los criminales más fríos y calculadores en detrimento de los más impulsivos.

En la actualidad, a base de fantasías, nuestra especie parece haberse metido en un callejón sin salida. Entre los teóricamente amigos, la sensación de inseguridad y el miedo a la delincuencia ha crecido de un modo irracional. Por su parte, los medios de comunicación aumentan este miedo haciendo llegar a los hogares toda la violencia que se produce. Si a eso añadimos, en el caso del país más progresado del mundo, Estados Unidos, la venta libre de armas, no debe extrañar que alcance los 11.000 asesinatos al año, la cifra más alta en términos absolutos y relativos de cualquier país del primer mundo. Igualmente debe tenerse en cuenta la influencia del propio orden económico. En Estados Unidos se ha calculado que el incremento del 1% del desempleo se traduce en un aumento del 6,7% de los homicidios, una subida del 3,4% de los crímenes violentos y una alza del 2,4% de los crímenes contra la propiedad.

Tampoco debe sorprender que a esta desequilibrada y desequilibrante paz social interior haya acompañado un Estado cada vez más mortífero y despiadado para con sus enemigos externos. De hecho, según Tilly, en términos absolutos el siglo XX asistió a más violencia colectiva en el planeta que cualquier otro siglo en los anteriores 10.000 años. Téngase en cuenta que en la Primera Guerra Mundial murieron 10 millones de personas y en la Segunda la cifra ascendió a 15. Además, conforme el siglo avanzó, la proporción de muertes civiles aumentó dramáticamente, pues por cada millón de muertos 400 lo fueron como consecuencia de las guerras, mientras que el el XIX la cifra fue de 150 y en el siglo XVIII sólo de 90.

Este impulso asesino moderno incluso ha pasado por encima de los distintos frenos que nuestra especie había ensayado para protegerse de la aniquilación mutua. En la Edad Media europea, por ejemplo, había un código militar ampliamente compartido que distinguía a los caballeros de los rufianes. Incluso los aviadores de la Primera Guerra Mundial todavía se imaginaban a sí mismos como hidalgos del aire y luchaban con un estricto código de conducta que ellos mismos habían elaborado. Lo mismo sucedía entre los guerreros del mar hasta que aparecieron los submarinos, ya incapaces de recoger a los náufragos de los barcos que hundían. Si vamos a la antigua Grecia, como se acepta la existencia del conflicto y la discordia, no se siente la necesidad de acabar con el enemigo. Esta idea está muy presente tanto en los combates verbales como en los físicos. Se entendía que para cualquier clase de lucha son necesarios dos términos y que ninguno debía desaparecer. Este axioma, por lo que respecta a la política, corre serio peligro en nuestros días. Si nos vamos a la civilización China, El arte de la guerra, texto clásico escrito por Sun Tzu hace 2400 años, participa de una visión parecida. Por eso dice que la guerra debe ser breve, provocar la menor cantidad posible de muertes y causar al enemigo el menor daño. En estas recomendaciones se nota la huella de esa vieja máxima taoísta: “un verdadero guerrero no es belicoso; un verdadero luchador no es violento; un vencedor evita el combate”.

El sujeto moderno no entiende este lenguaje porque ha olvidado no exactamente las enseñanzas de los antiguos, más sabios respecto a la comprensión del modo de ordenarnos, sino los fantasmas y fantasías que nos constituyen. Los fantasmas individuales y colectivos mencionados más arriba, al tapar la nada e impedir el contacto con ella han liberado el miedo y la violencia hacia el otro colocando a nuestro mundo actual al borde del precipicio. Las psicologías y ciencias sociales, hijas del mundo que con sus explicaciones contribuyen a reproducir, apenas son capaces de llegar al nivel de las fantasías. Basta encender el televisor, sintonizar la radio o leer el periódico para darse cuenta de que los especialistas y opinadores solo interpretan las guerras, violencias y conflictos a partir de identidades. El psicoanálisis y las reflexiones sociales más interesantes llegan al fantasma y proponen interpretar y “curar” a los sujetos y a la sociedad haciéndoles reconocer que el fantasma no es cierto y que tras él no hay nada. Las sabidurías orientales van más lejos, pues proponen zambullirse en dicha nada provocando que el yo desaparezca. Sin embargo, no disponen de ninguna operación parecida para la sociedad. Para reparar este olvido es necesario ir más allá de lo social e incluso de nuestra condición animal. Quizás se deba alcanzar nuestra versión vegetal, en la que la simbiogénesis ocupa el lugar de la competencia y donde la vida y la muerte no existen como realidades distintas y hasta antagónicas. En ese camino es necesario utilizar, como recurso cognitivo, por supuesto, la imaginación. Pero no en su versión reactiva, que sustenta la autoinstitución del sujeto y de su sociedad descrita antes, sino en su variante proactiva, disponible desde el mismo nacimiento de ambos. Mientras aquella ve la nada como falta, esta le otorga un carácter fundador.


Segunda parte: ‘Más Allá de la guerra (II)’

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