El acrónimo BRICS indica a los cinco Estados emergentes (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) con una economía, superficie y población capaces de equilibrar y aún superar a corto plazo el poder económico del llamado mundo occidental: Europa, Estados Unidos, Canadá, Corea del Sur, Japón y Australia.
Por una parte, el llamado mundo occidental ocupa una superficie de 31,85 millones de km2 y lo pueblan 1.081 millones de habitantes. Por la otra, los estados BRICS, ocupan casi 40 millones de km2 y lo pueblan 3.279 millones de seres.
Económicamente, al filo del 2050 China será la primera potencia económica (en valor del PIB) del mundo, más que doblando al valor del PIB estadounidense. La segunda economía será la India, la tercera la norteamericana, la cuarta Brasil, quinta México, sexta Japón, séptima la Federación Rusa, octava Indonesia, novena Reino Unido y décima Alemania.
Al grupo de los actuales BRICS se les están uniendo, aceleradamente en función de las consecuencias de la guerra entre Estados Unidos, la OTAN y Rusia en Ucrania, algunos estados que, probablemente, minorarán el poder económico del mundo occidental cada vez más rápido salvo una catástrofe nuclear. México, Indonesia, Vietnam, Irán, Nigeria, República Democrática del Congo y Arabia Saudí. Estos siete estados suman una población de 993 millones y ocupan una superficie de 11.250.000 km2. Estos BRICS, ampliados hasta una docena de estados, ocuparían así algo más de 51 millones de km2, la tercera parte emergente de la tierra, y tendrían una población de 4.272 millones de seres, el 55% de la población total de nuestro planeta.
Las similitudes entre los BRICS y sus acuerdos de más calado no acaban ahí, en ser emergentes. Su actitud ante los acontecimientos de la guerra en Ucrania entre la OTAN y los USA contra la Federación Rusa no son los más cercanos a Washington. Tampoco apoyan sin fisuras a Rusia, pero mantienen una actitud algo más cercana a los planteamientos rusos que a los atlantistas liderados por los americanos. Y no solo esos cinco Estados, también los siete que se mientan hasta componer esos doce Estados emergentes y capaces de modificar el sistema de bloques. Desde luego, sus posturas están diametralmente opuestas a las del bloque americano y atlantista.
El respaldo de las materias primas más valiosas hoy día, el gas, petróleo, cobalto, litio, tierras raras, cobre, oro… están en los vientres de esta docena de Estados. También Estados Unidos, Canadá, Australia y algún Estado europeo aportan, pero a distancias siderales de los doce anteriores. No es casualidad que el yuan esté desplazando, cada vez más contundentemente y rápido, al dólar respaldado, hasta ahora, por el petróleo. Los nuevos movimientos de los estados del golfo Pérsico, liderados por Arabia Saudí, no dejan lugar a dudas: el acercamiento entre el petróleo y el gas con el yuan, es imparable. A plazo medio, la nueva moneda fuerte del mundo será la china sustentada por las materias primas esenciales.
¿Y Europa? ¿Qué papel tendrá en el nuevo mundo que se está formando? Si sigue de lazarillo, de marioneta de Estados Unidos, cada vez más irrelevante. Una de las consecuencias de su postura en la guerra de las estepas ucranianas es su pérdida de influencia en el mundo, evidente a pesar del toque de clarín de sus medios informativos intentando falsear la cuestión. Inflación, pérdida del crecimiento económico, el fantasma de la estanflación en el aire, pérdida del bienestar clásico, arrinconamiento del euro sin respaldos suficientes, incremento de los totalitarismos políticos de la extrema derecha, pérdidas de libertades y de derechos… Esas son las consecuencias que, cada vez con más claridad, se desprenden de ese abrazo del oso en que se ha convertido la sumisión a Estados Unidos por medio de la OTAN.
La visita de Von der Leyen, Macron o Sánchez a China, a regañadientes de los Estados Unidos, es un intento tibio de Bruselas de despegarse un tanto de la política servil ante el Tío Sam, reconociéndole un papel hegemónico en el mundo multipolar que se avecina. También, pensando, quizá, en lo que le espera a Europa si la próxima guerra planificada por Estados Unidos, Taiwán, se adelanta y, todavía, sigue con la de Ucrania a sus espaldas. Sería el segundo conflicto en donde el principal inductor se ahorraría los muertos y, como en el caso ucraniano, los ataúdes serían para otros. La visita de la presidenta de Taiwan a Kevin Mc Carthy, hecha el mismo día de Macron a Xi Jiping, es su compensación protocolaria.
Europa, salvo ligeras excepciones, no tiene materias primas, mucho menos las básicas del futuro. Tenía prestigio, calidad de vida, autoridad moral que va dilapidando a lo largo de los últimos veinte años. A Europa, sin la Federación Rusa, le falta territorio y población para ser uno de los ejes sobre los que debería pivotar el mundo del cambio climático de un futuro que es, ya, un presente amenazador. La Europa mercantilista de Maastrich, capaz de dialogar con gobiernos como los de Polonia, Hungría, Holanda, Italia, si quiere tener peso en ese mundo multipolar, debería volver sus ojos al Levante. Todos los mapas físicos, cuando se refieren a Europa, lo hacen incluyendo a Rusia. Seguir negando esta realidad, es dispararse un tiro al pie como poco.
Su moneda se está diluyendo, su prestigio, labrado con esfuerzo y millones de vidas quebradas en dos guerras universales, se oscurece, año tras año, amparada por una Europa de mercachifles, su calidad de vida, deteriorándose en función de la desigualdad, foso abierto que se ensancha hacia un abismo. Y la autoridad moral devaluada, rozando la desvergüenza, cuando se habla del otro, de la inmigración, del reparto de trabajo, de la llegada de las gentes del Sur y del Este buscando seguir viviendo y huyendo de las guerras.
Creciendo, alimentándose de las mentiras, de la negación del cambio climático, de la avaricia de los vendedores y usureros, de la desigualdad que deja abierta la puerta a la pobreza, del racismo asegurando que el problema es el otro, el diferente, avanza la hidra nazi, se apellide hoy como le dé la gana. Las ideas xenófobas, al paso de la oca, de Urban, Andrzej Duda, Meloni, Zelensky o, incluso, de personas apellidadas algo parecido a Von Der, avanzan mes a mes, año tras año. Creciendo desde su interior, desde una democracia tan imperfecta que engorda algo que, ingenuamente, se creía muerto: el nazismo, el fascismo, nuestro particular franquismo, la esvástica o el brazo en alto solo estaba hibernado, aletargado, esperando su momento.
Y su momento llegará más rápido con una Europa en declive, con una manera de vivir puesta en solfa a tenor de su incapacidad para tener una economía común, una defensa de los valores común, sin negociantes que amparen la corrupción, una necesaria y revalorizada Europa del bienestar, pero bienestar para una amplia mayoría, bienestar en base a la mayor igualdad y no a lo contrario, bienestar que pivote sobre verdades e información cierta para el ciudadano y no sobre medios vendidos al mejor postor que es, siempre, aquel que impide el ascenso moral de Europa. Y una Europa independiente del brazo armado de Estados Unidos, la OTAN.
¡Pobre bella Europa! Hoy no es Zeus quien te rapta y viola. Ahora, sufres el profanamiento de tipos disfrazados de Loki o Ápate mintiendo, de personajes avarientos que rezan a Mammón, o individuos que surgen del Oeste más lejano blandiendo a Marte en una nueva caja de Pandora que alberga una esperanza recelosa por salir.

