
El jubilado que esto escribe, cuando tenía destino definitivo en un instituto zaragozano y 38 años de edad decidió que el niño que había venido al mundo 30 años después que él debía tener una educación todo lo próxima a la naturaleza que la vocación montañera de su padre le permitiera. Por eso, sin renegar más que los justo de la vida ciudadana llegó al instituto de Graus. El niño pudo ir a clase primero andando, con las niñas y niños que lo venían a buscar a su casa para hacer su viaje diario a la escuela y después, en un autobús que recogía a la chiquillería de toda la comarca y que, también era un aula de vida, paisaje y amistades.
Cuando aquel profesor pasó lista el primer día, se sorprendió por lo nombres de sus alumnos: Dolma, Elesar, Tilopa, Merlín, Equiseto, Uma, Alcione,… todo un muestrario de plantas y constelaciones que le confirmaron que efectivamente, estaba en otro mundo. “Son los hijos de los hippies” le dijeron en la sala de profesores donde, por cierto también una buena parte de ellos, para alegría de aquel profe con vocación montañera, no eran los funcionarios habituales de un instituto. También existen funcionarios ilusionados que no cejan sus intereses en llegar a la capital del reino.
En aquel momento, se podía plantear una subida al Turbón sin pedir más permisos que los imprescindibles ni contar con ningún seguro o el peligro de que algún padre fuera a denunciar al centro por no tener la cualificación requerida de guía de montaña. Bastaba con que una madre pusiera su Land Rover para llevar las mochilas hasta el refugio de la Plana y que unos pocos compañeros decidieran que ese día la clase se daba en el monte. Una buena parte de esos adolescentes, habían asistido a la escuela de Caneto que a su salida hacia la enseñanza secundaria, tuvo que cerrar por falta de alumnos.
Andando el tiempo, que es un incansable andarín, los adolescentes crecieron, estudiaron fuera de Ribagorza y algunos de ellos supieron instalarse en ella, dándole, con su sello personal, continuidad al modelo de vida por el que sus padres habían optado cuando decidieron libremente volver a poblar lo que había sido despoblado.
Todavía falta por escribir el tremendo daño infringido a Ribagorza por un discutible progreso que con sus embalses, sus centrales eléctricas en las que, cuando se instalaron había 10 personas trabajando y diez años después una sola era suficiente, porque el control se hacía desde el Paseo de Gracia. Ese progreso hijo del NODO convirtió a esta tierra en un erial social en el que la estima también tuvo que emigrar.
Además de los padres y madres de nombre de estrellas o plantas, otras madres y padres, han optado por que sus hijos también tuvieran una escuela más grande que la cabe en un aula y apostaron por dar continuidad a su proyecto de vida y educación. También querían que sus hijas e hijos vivieran el paisaje de cada mañana y tuvieran su escolaridad en un medio que desde las ciudades se llamaría extra-escolar. Y así ha sido hasta que la intransigencia ha optado por la uniformidad antes que por la diversidad y pretende volver a cerrar una escuela que ahora tiene más niños que muchos centros rurales agrupados ribagorzanos.
Inventado, aceptado, tergiversado y manipulado hasta lo pornográfico, usando el término España Vacía, parece que hay todo un elenco de funcionarios de alma raquítica que no ven más allá del BOA y de la taza de café en que disuelven sus miserias y ansias de alcanzar su deseado destino lo más lejos posible del vacío que dicen combatir.
Combatir la despoblación y trabajar por la escuela rural es mucho más que llenar las aulas de ordenadores portátiles, pizarras digitales (a mayor gloria Microsoft) y exigir cumplimentar adecuadamente todos los protocolos de seguridad, coeducación, competencias académicas, evaluación de procesos y la larga serie de faenas que, sin duda deben avalar la eficacia de un trabajo bien hecho, pero que nunca, nunca, deberían eclipsar lo que un funcionario ilusionado, un docente enamorado, puede gestionar con la mejor materia prima con que se puede trabajar, la mirada de un niño que cada mañana abre el cuaderno donde va a tener que escribir su futuro.





