Hace solo dos generaciones y parece que haya pasado un milenio porque la ganadería extensiva es sólo una sombra de lo que fue. Esas generaciones de la montaña vivían un día a día duro. El hambre, el frío, la necesidad y la escasez casi miserable acosaban a las gentes de la montaña. Gentes duras acostumbradas a condiciones duras. Vivían de los recursos que las montañas pirenaicas les ofrecían, en muchos casos no vivían, malvivían, subsistencia lo llamamos ahora.
Un pequeño huerto, unos machos, unos tocinos y un rebaño de ovellas eran las más de las veces lo que mantenía la casa. Si se podía se contrabandeaba con los vecinos gabachos para ganar alguna perra más, y la lana y los corderos eran para venderse para poder comprar productos de la rivera como aceite y vino, o más lejanos como una naranja. Siempre me encogía el corazón recordar como una naranja era el regalo de reyes de la infancia de mi padre.
Toda la casa y su economía giraba en torno al ganado, en su manejo, en su cuidado, en su vigilancia. Desde chicorrones los varones de la casa ya aprendían su manejo, eran parte del rebaño, os cans de chira, los mastines con sus carrancas, los bucos y sus enormes esquilas… puyar a puerto, llevar la sal, buscar las perdidas o curar las cojas, todo era trabajo para guardar el bien más preciado de la casa. No se podía perder una, pero se perdían, tronadas, boiras, fiebres, nevadas tardanas, pedregadas, perros mal enseñados y por supuesto lobos y onsos que aún resistían en las montañas de Lierde.
Más de trescientas ovellas tenía Casa Chaime, a las que se añadían las de Campo, Benedé, Palacín, Iguazel e Ipas, toda la ovellada era una tarquina y pico, que venían a ser mucho más de mil animales. Con ellas iban los hombres de la casa, con sus canes de manejo y sus mastines bien defendidos de las fieras por sus pinchudos collares de carranca.
Mi abuelo temía más a las fiebres que a las fieras, decía que si le entraba un mal a una ovella se podía extender a todas, pero que si estaban ellos los lobos y los onsos ni se acercaban. Nunca le atacaron sus animales si bien sí le devoraron más de una coja que enferma, vieja o rezagada había ya cumplido de sobra su trabajo.
Había respeto y admiración cuando hablaba del onso, el zarpudo lo llamaba, y temor ante el lobo en la oscuridad, decía que de noche los lobos eran más valientes pues sabían que los hombres éramos ciegos, y si bajaban la guardia se llevarían algún corderé.
Han pasado 90 años y muchos de los actuales montañeses ni recuerdan los lobos, de hecho algunos hasta niegan que alguna vez los hubiera. Y los onsos pues parecido y eso que nunca dejó de haberlos. Estuvieron a punto de ser exterminados como los lobos pero en esto los montañeses fallaron, y fallaron porque cuando casi pensaban que habían eliminado las molestias del monte resulta que las leyes junto a la nueva concepción de la riqueza de la naturaleza, obligaron a proteger animales, plantas y espacios que estaban a punto de desaparecer. ¿Por qué? Siguen preguntando algunos fuscos. Pues sencillamente porque son patrimonio natural público de millones de ciudadanos europeos y debemos conservarlos y protegerlos.
Ya no existen esos pastores, sus familias comidas por la necesidad vendieron sus ganados y emigraron a la capital. Ahora casi todos los que quedan son ganaderos, no pastores. Son dueños de ganado que han perdido el derecho a llamarse pastores. Unos cuantos de ellos emplean su tiempo las más de las veces en gestionar otros negocios mientras dejan todas ovejas solas en los puertos.
No han cambiado los onsos, ha cambiado el manejo del ganado, el tiempo dedicado y la experiencia ante la convivencia con depredadores. Los ganaderos son gestores de pequeñas empresas privadas que aprovechan los recursos naturales públicos donde conviven otras especies, entre ellas el oso pardo. Reciben enormes cantidades de dinero a través de la PAC, además de ayudas para medidas de autoprotección ante depredadores, como pueden ser vallados eléctricos, cerrados fijos en altura, mastines, etc. Todo ello para mantener un negocio privado de cuatro señores. Esos señores reciben compensaciones por convivir y conservar el medio natural. Nadie les obliga a ser ganaderos. Tampoco les obligamos a vigilar su hacienda. Tampoco les exigimos que gasten el dinero público de todos los ciudadanos en evitar ataques.
Sin embargo parece que no pueden más, no pueden sobrevivir en estas circunstancias. Por lo visto hay que volver a trabajar y no sirve dejar el ganado con un gps y mirar desde la cama. Claman contra las administraciones y asociaciones que les han impuesto el oso. Está claro que no han entendido nada, porque simplemente buscan rentabilidad como cualquier negocio, ignorando que esos negocios privados los mantenemos todos. Resulta que tenemos leyes para convivir y unas cuantas de ellas para preservar y proteger especies, para evitar que el trabajo de extinción de sus antecesores fuera exitoso. Esto les enfada, porque no quieren ser pastores. Ellos quieren vender corderos, ganar dinero, con el menor gasto posible y el menor esfuerzo posible. Lo de la convivencia con el oso para ellos es una farsa de la que sacar dinero, ir a periódicos a llorar o menospreciar a quienes defiendan la especie. No quieren tomar medidas para proteger su ganado, quieren que se elimine al oso.
Si mi abuelo estuviera vivo les diría a estos haraganes que dejaran de chemecar y que atendieran su ganado, menos plorar y más treballar, el problema es que muchos no sólo no quieren sino que probablemente ni valgan. Serían a vergoña de la val.
Siempre están a punto de dedicarse a otra cosa, es lo que siempre se hizo cuando un negocio no iba o no gustaba el oficio. Y si de verdad quieren, aprendan a convivir, estaremos encantados de ayudarles.

