Hacia el fascismo que viene

Parto de un deseo: de mi propia equivocación en ese futuro que se aproxima a una velocidad de crucero y sin demasiadas pausas.

El fascismo que viene no será solo el español. En varios países europeos se asoma con poca timidez o mucha arrogancia. En Hungría, Polonia, Ucrania, Italia o Austria la insolencia es tan grande como su irrupción en la sociedad y en la vuelta a mirar “a otro lado” del resto de ella. En otros países: Francia, Holanda, Suiza, Estado español, está anclado. A la espera del momento adecuado en “colarse” en las estructuras y a partir de ahí…

En nuestro país el neo-fascismo, o el peculiar post-franquismo, está progresando de manera adecuada con las pautas prefijadas que Vox, y sus discípulos del Partido Popular, van encajando en una sociedad lo debidamente pasota para aceptar cualquier noticia sin contraste o sin debate, para aceptar bulos con resignación, aceptar una desigualdad tan absoluta con la única esperanza del quizá. Quizá exista un día que ese ciudadano pase de los desarraigados al estado civil de rico gracias a la suerte, a un hipotético “pelotazo” o a una deseada corruptela.

El caldo de cultivo lo tienen. Las crisis son momentos ascendentes de las corrientes totalitarias siempre disfrazadas de cordero. En nuestra época, es un neoliberalismo que atufa a capitalismo salvaje adornado de las libertades cerveceras de Ayuso, quien encubre al lobo post-franquista listo para saltar a la yugular. Y crisis de ese capitalismo salvaje hemos tenido demasiadas en los últimos 15 años. La crisis mundial de Lehmon Brothers y del resto de los bancos, nuestro genuino pinchazo del ladrillo, la crisis de la globalización y de componentes, la pandemia, la guerra en Ucrania comenzada por Rusia pero provocada y avivada con gasolina por la OTAN y por los Estados Unidos…

En estos últimos 15 años los fenómenos totalitarios, disfrazados por el eufemismo de “populismo” en las grandes cadenas de desinformación, como el trumpismo, los fascismos enunciados al principio, el nacionalismo de un Putin tan errático como Trump en su mandato, han crecido, desarrollado y esperan la ocasión para entrar, vía democrática y para cesarla, en las estructuras de varios estados de la Unión Europea.

Dos aspectos generales apoyan la irrupción de estos movimientos totalitarios. Por una parte, el apoyo y la connivencia con estos movimientos de los grandes grupos inversores, de la gran banca, de los lugares en donde se concentra el dinero. La concentración de dinero en muy pocas manos es la más alta de la Historia. El gran capital se apoya en estos movimientos para cercenar, poco a poco, las libertades, los derechos sociales, para encauzar, poco a poco, a los ciudadanos hacia posturas alejadas de medidas progresistas. Hoy, en algunos países, el nuestro por ejemplo, la connivencia entre las grandes fortunas, el partido Popular y Vox es tan alta, tan evidente, tan interrelacionada, que muchas veces, a pesar de declaraciones, parecen tres en uno en la práctica.

Por otro lado, los partidos socialistas en Europa, también en el Estado español, van abandonando su barniz socialista de la década de los cincuenta y sesenta, el social-demócrata de los 70 y 80, para confundirse, demasiadas veces, con una derecha centrista. En el Estado español, el PSOE, al menos la cúpula del partido, es una especie de corriente demócrata del conservadurismo en el país. Por mucho que las invectivas entre ambos sigan de manera formal, en las cuestiones básicas y prácticas, en aquellas que afectan a los grandes movimientos ideológicos de las gentes, la unión de ambos partidos es algo tan evidente que una buena parte de los llamados “barones” socialistas podrían sentirse tan a gusto en los órganos del Partido Popular.

La pérdida de ideología del PSOE, su pérdida de posturas en asuntos tan importantes como en los de la monarquía, la laicidad y el concordato, el repudio de las “puertas giratorias”, el abandono del sector público, de las medidas que mejorarían la desigualdad tan enorme existente, la identidad tan acusada de estos líderes con aquellos que manejan el dinero y los gobiernos, con los repartos del dinero público en un círculo vicioso y corrupto, ha logrado has extremos increíbles, el desencanto, la desmovilización, el pasotismo de sus bases. No solo eso: este “trapicheo” de ideología consigue que parte de sus bases generacionales, cansadas de un espectáculo donde siempre son distintas las cosas prometidas de las realizadas una vez se alcanza el poder, sean caldo de cultivo para pasarse con armas y bagajes a las mentiras, a la demagogia de la extrema derecha.

El abandono de posturas ideológicas en la cúpula del PSOE es casi total: compadrean, suben a la borda de la corrupción, bromean con las grandes fortunas, les ríen las gracias, se suben, encantados, a las puertas giratorias, regalan beneficios sin cuento (hoy mismo, Repsol ha declarado 5.000 millones de beneficios en un solo trimestre) a las oligarquías energéticas, bancarias, petroleras, legislan timoratamente, sin perjudicar demasiado a los poderosos y, en el fondo, para engrandecer sus desvergonzados beneficios. Son ineptos y creen que, si hacen esto, seguirán en la cresta de las votaciones. Que, de esta manera, los medios informativos de la derecha le pasarán la mano por la espalda y seguirán con el “establishment” existente.

Pero no es así. Hace poco, escuché en La Base la idea de que la extrema derecha no hace prisioneros nunca. Es cierto. Históricamente, la extrema derecha, el fascismo, una vez que se instala en el poder, bien por medio de un golpe de estado, bien por medios electorales como en la República de Weimar, no hace prisioneros, solo muertos o exilados. El PSOE, con su condescendencia, con su abandono ideológico, tan solo está fabricándose el lecho de dolor, quizá el de muerte. Llegado el neo-fascismo al poder, las pérdidas de libertades de todo tipo, de derechos sociales, comenzarán. A estas alturas, el PSOE, y otros socialismos europeos, no se quieren enterar de ese poema que popularizó Bertolt Brech: “Cuando ya no queden ni judíos, ni negros, ni comunistas, vendrán a por mí”.

Y luego están los medios informativos. Unos medios concentrados en tan pocas manos y todas tan parecidas, que es insultante que se autocalifiquen como tales. No es información lo que dan. Son noticias sesgadas, amañadas, desfiguradas, falsas incluso, noticias en donde no se cuenta lo esencial o noticias en donde se remarca lo que les interesa a los dueños. Dueños integrantes de los grandes capitales mundiales. Empresas anunciantes que son, en realidad, las que dictan, informativamente, las noticias. Noticias uniformadas, dichas de la misma manera, con parecida intención, con parecidas palabras. En las formas pueden ser distintos, en lo esencial, la guerra de Ucrania, por ejemplo y muchos otros temas, el parecido entre El País y La Razón es insultante, mayor que el existente entre una manzana fuji y otra verde doncella. Incluso por quien debería ser ejemplo de objetividad, la televisión pública. Noticias sesgadas, incompletas, amarillistas, artículos en los que faltan las causas, los beneficiarios de la guerra, el porvenir de Europa, una guerra en la que hacen aparecer a los buenos y a los malos cuando es una guerra provocada por la OTAN aunque fuera Rusia la invasora, guerra en la que hay, ganadores (industria del armamento y la industria energética) pero el resto, son perdedores.

Supongo que la gran banca, las grandes fortunas, los grandes grupos de presión, los que controlan los hilos de las marionetas gubernativas, creen que, llegado el caso, manejarán a quienes desbarran hacia gobiernos totalitarios.

Se equivocan. Llegado el caso, los depositarios del “paso de la oca” saltarán por encima de todos. Aquellos que sean buenos compañeros de cama y de viaje serán mantenidos y quienes se sorprendan, entonces, de la bestia fascista, serán barridos, puede que con terciopelo, pero barridos. Quienes se hayan resistido, los comunistas o los demócratas, los inmigrantes o los anarquistas, los de la izquierda exquisita o los intelectuales, habrán muerto o exilado otra vez. Como siempre, su estulticia, su avaricia, su torpeza, no entenderá que no, que la meta hacia un neo-fascismo, una vez pasado su Rubicón, puede ser imparable.

Si se tuviera que jugar con porcentajes, es cierto que la mayor responsabilidad de esta situación sería, a mi juicio y hoy, la del PSOE, después la inexistencia de un partido conservador demócrata, que no flirteara con la derecha extrema. La cerrilidad de las cuatrocientas familias que detentan el poder mediático, financiero, económico, político en el Estado español, que solo piensan en acrecentar sus caudales abusivos, en su avaricia y estulticia, que, ni siquiera, tienen en cuenta a sus cachorros, en la creencia de que ese barro universal lo podrán modelar, a su vez, tienen su parte alícuota en la situación y no pequeña.

Igualmente, hay un cierto factor de responsabilidad en las organizaciones, no en la misma medida, es cierto, a la izquierda del PSOE por no dejar caer del cesto la fruta podrida. Quienes compadrean desde altos cargos sindicales, agradecen tarjetas black o defienden sus sillones antes que sus ideologías, aquellos que boicotean posibilidades y objetivos de unión y prefieren mil cabeceras de ratón siempre que una de ellas les pertenezca, son culpables. Es verdad que no son todos, que la inmensa mayoría de quienes luchan y trabajan por esos objetivos utópicos de libertad, fraternidad, justicia y derechos sociales, son honestos y pertenecen a la mejor parte de la sociedad. Pero hay fruta podrida que contagia y debería estar en la basura antes de que lo haga.

Siempre he pensado que el mejor líder político es el que no quiere serlo. Aquel que se resiste, que, pasado un tiempo lógico, quiere abandonar la responsabilidad pública y lo hace como Anguita, Marcelino Camacho o Gerardo Iglesias: iguales caudales antes que después.

En la tarta responsable hay un gran pedazo llamado pasotismo, irresponsabilidad de las nuevas generaciones que viven con una alegría cargada de carencias. Y quienes bendicen, en silencio, esa falsa libertad cervecera, se resignan al salario marginal, creen que el estatus quo es inamovible o quedan en casa cuando pueden, con su voto, intentar diez, cien veces, mover el decorado, también son responsables. Un día no habrá ya tiempo y serán sus hijos, o nietos, los que recojan sus testigos abandonados y volver a batallar por los derechos perdidos.

No, no es solo Vox el animador del neo-fascismo.

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