Giro 2021: Minas mojadas, lenta agonía y victoria de los de abajo

El Joven Maravilla de Zipaquirá sigue batiendo registros, entrando en el selecto club de ciclistas que ganaron el Giro antes de los 25 años. Allí están Bartali, Gimondi y Merckx. Casi nada. Un crack, poco que decir. Pero vamos a precipitar nuestra crónica de las dos últimas semanas de carrera rosa.

Giro
Egan Bernal, ganador del Giro 2021.

Ya tenemos nuevo poseedor del trofeo Senza Fine, un tal Egan Bernal. Su segunda gran vuelta en apenas dos años. El Joven Maravilla de Zipaquirá sigue batiendo registros, entrando en el selecto club de ciclistas que ganaron el Giro antes de los 25 años. Allí están Bartali, Gimondi y Merckx. Casi nada. Un crack, poco que decir. Pero vamos a precipitar nuestra crónica de las dos últimas semanas de carrera rosa.

Gravel, tierra, polvo y sterrato. Y un poco de made in Italy. El negocio manda y por eso el inicio del definitivo bloque de la carrera tenía como título “Brunello di Montalcino Wine Stage”, una jornada de 162 km, con un encadenado final de tramos de tierra, enseñando al mundo los viñedos de Montalcino, cepas que ofrecen un vino tinto terroso de los más cotizados en el Estado italiano.

En concreto, cuatro tramos que sumaban un total de 35 km, con una doble subida al Passo del Lume Spento -un tercera categoría, en medio del polvo-. Se dejó hacer a la fuga del día, y llegó a meta, una vez más, la tónica de un Giro muy Tour, gracias a la magia de Ineos y la dejadez del resto. Se impuso Mauro Schmid, un suizo de 21 años que trabaja para Qhubeka, con buenas dotes para subir; le ganó el sprint en Montalcino a Alessandro Covi (UAE), Atrás sucedieron cosas interesantes, en los tramos de sterrato, con un Ineos seleccionando el grupo al ritmo de Pippo Ganna y Bernal cosido a su rueda.

Evenepoel empezó a sufrir y, de hecho, a pesar de la “ayuda” de Almeida, se dejó más de dos minutos con el líder colombiano. La Toscana que mece la cuna, con un Bernal ofensivo -sólo Buchmann pudo aguantar su ira-, consolidando un poquico más su maglia rosa. El reguero de segundos seguía cayendo: trece sobre Vlasov, unos pocos más a Caruso y Yates, y a más de medio minuto llegaron Carthy y Ciccone. Todo suma y este bloque definitivo iba despejando ecuaciones y oportunidades.

Como la noche y el día, con aquel Giro de 2010, 222 km entre Carrara y Montalcino. Mucho barro y lluvia. El sterrato llegaba al Giro del siglo XXI. Con ese mano a mano entre Cadel Evans y Alekandr Vinokourov, y por detrás un joven Nibali marcando el ritmo del ganador de aquella edición, Ivan Basso.

El homenaje a Gino Bartali y Alfredo Martini quedó un tanto descafeinado, en el maratón de 212 km entre la preciosa Siena y Bagno di Romagna, con un encadenado de media montaña que incluía dos puertos de tercera y dos de segunda, el último -Passo del Carnaio-, a diez de meta. La carrera pasaba por las localidades natales de ambos ciclistas, por Ponte a Ema y Sesto Florentino. Un tobogán de emociones. Aunque Bartali merecía algo más.

El parte de bajas se cobraba otra víctima, Marc Soler (11º en la general y con serias aspiraciones de progresar), sufrió una caída al comienzo de la etapa. Dolores en las costillas y para casa. Una pena. Puro ciclismo. La etapa tuvo poco que contar, la fuga fue totalmente consentida, sólo hay que ver los diez minutos de diferencia entre sus integrantes y el pelotón; de ello se aprovechó Geoffrey Bouchard, para seguir amasando puntos en los pasos de montaña, y otros como George Bennett, Brambilla, Chris Hamilton, Visconti, Edet -entre otros-, buscando sus opciones.

La ascensión final dejó en cabeza a los cuatro más fuertes y de allí, en el culebreo final, emergió la figura de Andrea Vendrame (AG2R), un corredor todoterreno que se imponía al sprint al citado Hamilton (DSM). Atrás hubo movimientos del Trek, con Ciccone y Nibali; el siciliano tensó la cuerda en un descenso bastante técnico, y Gianni Moscón se fue al suelo. Poco más, Vincenzo se gustó un poco, aventajando en 7 segundos al gran grupo.

La decimotercera etapa abría carretera entre Ravenna y Verona, ese homenaje a Dante Alighieri a través de la llanura inconmensurable del Po. Y en una tónica que se ha ido repitiendo, una fuga de humildes, con Simon Pellaud (Androni) y Umberto Marengo (Bardiani), pugnando por la combatividad, pero era jornada de velocistas y no se desaprovechó la ocasión.

La victoria fue para Giacomo Nizzolo (Qhubeka), un tipo raro, con un buen palmarés, que no estaba adornado con ningún primer puesto en etapas del Giro. Y eso para un milanés es complicado de digerir. Nizzolo, hasta once veces había sido segundo en la corsa rosa. No lo tuvo fácil, ya que Edoardo Affini (Jumbo-Visma) alteró el desarrollo normal del sprint, atacando en el último kilómetro, sólo Giacomo pudo rebasarlo, en tercera posición llegaba Peter Sagan, que seguía amasando su fortuna para la clasificación de los puntos.

El sábado 22 llegaba la supuesta prueba del algodón, la etapa del Monte Zoncolan, con salida en Cittadella y la llegada en el Angliru del Trentino, tras 205 km con un puerto de segunda para calentar las piernas. Los organizadores vendieron mil entradas a diez euros que se agotaron en un visto y no visto; al final, se colaron los típicos energúmenos, con sus disfraces, mascarillas de adorno y poco respeto por el sufrido ciclista.

Uno de esos estrafalarios tifosi estuvo a punto de tirar al sufrido Lorenzo Fortunato (Eolo), cuando iba al límite, con los ojos cerrados para huir de esa pesadilla que le llevaría a la gloria. Lorenzo, boloñés de 25 años, obró el milagro para el equipo de Alberto Contador. Un corredor sin ninguna victoria en el circuito profesional. No le quitaré elogios, la fuga fue consentida, y allí supo remar como ninguno, por encima de Tratnik (Bahrein), Covi -otra vez en un “casi gano”- o Mollema.

La vertiente de Sutrio no es la más cuestacabrista de esta cima, al final se trata de una escalada de 14 km al 8,5% de pendiente media, con los últimos tres por encima del doble dígito. Y a esto se redujo lo interesante de cara a la general: apostar todo a los rampones por encima del 20%, aunque antes se vieron detalles, como un Remco Evenepoel descendiendo con miedo el puerto previo a la meta - ¡ay, los traumas psicológicos!-.

Astana tensó la cuerda, pero no hizo mucha sangre. A la hora de la verdad, el que apostó fuerte fue Simon Yates y sólo pudo seguirle el líder Bernal, que hizo de trituradora en el último kilómetro, aventajando a sus rivales con un saco de segundos más. De tal forma que Yates avanzaba al segundo escalafón del podio, y Caruso mantenía el cetro de tercero en el escalafón de la general. El Zoncolan clareaba lo inevitable.

Italia despertaba con su tercer entorchado en Eurovisión, con una apuesta por el eterno rock. En un domingo que tuvo su miga, en este caso por lo extradeportivo. Justo al inicio de la etapa, que salía de Grado -una pequeña Venecia, con su laguna-, y con una trampa en el puente que une esta localidad con tierra firme, un paso estrecho que provocó una montonera, el Giro se quedó sin ambulancias.

La carrera tuvo que pararse. Emmanuel Buchmann se iría para casa, iba 6º en la general -con opciones serias de podio-. Tras el caos, la carrera terminaba en Gorizia, en la frontera con tierras eslovenas y presente en los sueños húmedos del fascista por excelencia, el deplorable Mussolini, en un circuito final con repechillo de cuarta, en el que ganó Victor Campenaerts (Qhubeka) imponiéndose a Oscar Riesebeek (Alpecin), una victoria de prestigio en la enésima fuga consentida.

El pelotón llegó a catorce minutos. Muchísimas fugas menores con éxito en este Giro. La nueva normalidad de un ciclismo que juega con fuego en las grandes vueltas. Dejar hacer no siempre es lo mejor. De hecho, casi nunca.

El lunes era un día muy esperado, un auténtico etapón. Al ser día laborable, llegué a casa a la hora de comer, pensando en enganchar la conexión televisiva en la subida a la Marmolada. Me extrañó el paisaje y la situación de carrera. Sentí una amarga decepción al comprobar que el mal tiempo (nieve y frío), había provocado un recorte en kilómetros y puertos de montaña.

De hecho, no se subirían ni el Fedaia ni la Cima Coppi de este año -el Pordoi, a 2.239 metros de altura-, y de una etapa de gran fondo (212 km) pasábamos a una de kilometraje cicloturista, unos 153 km. Así que, a pesar de los esfuerzos denonados del sindicato ciclista (la CPA, Cyclistes Professionnels Associés), y que no voy a criticar en esta crónica, me pesaba una sensación de... ¿dónde está la épica de verdad?

Me reconfortó ver a Nibali en la fuga del día, pero fue un vano espejismo, ya no hay piernas que soporten la dureza del Giau, todo un puertarraco. El ataque criminal de Egan Bernal engulló a toda la fuga, al siciliano del Trek, pero también a Formolo y Pedrero. El Giau tiene 10 km al 9%. Palabras mayores.

La conexión televisiva se vio interrumpida como si estuviéramos en los ochenta, y así nos quedamos, hasta las cámaras de meta, para ver al colombiano de Ineos ganar su segunda etapa, por detrás llegaron Bardet y Caruso, a menos de medio minuto, el resto a partir de un minuto. De esta forma, Yates -sólido en el Zoncolan- se dejaba 2:37, Vlasov también 2 minutos. Una etapa mutilada que reforzaba lo visto en anteriores jornadas.

Tenía preparada una buena reseña sobre el Passo Fedaia, un puerto que me ha hipnotizado desde mi adolescencia, con Gianni Bugno claudicando en 1993, al infernal pedaleo de Induráin, con Chiapucci y Tonkov a su estela, la lluvia y las minutadas. Gianni quedó marcado en esta etapa. Su pedaleo, siempre elegante pero agónico, dejaba paso al campeón navarro, camino de su segundo Giro.

La recta de Malga Ciapela es la tortura máxima para un ciclista, así de claro, en una apariencia plácida entre pastos dignos de Heidi, allí donde Abraham Olazo rozó la gloria de ganar el Giro de 1996, cuando se viste de rosa, por un segundo, tras aguantar los ataques de Pável Tonkov, y con Enrico Chiesa volando como nunca, en una etapa que subía Manghen, Pordoi en dos ocasiones (la segunda como línea de meta) y la Marmolada.

Olano soñó aunque al día siguiente sucumbió ante el Mortirolo y la corsa rosa fue para el incombustible ruso del Panaria. Casi 3 km al 11% con picos al 14%, allí nos aparece Pantani para reventar al líder Zülle en 1998. Pura magia, con ese granito eterno de las Dolomitas como escenario. Minas de verdad. Nuestro Giro. La carrera amada y respetada.

Tras otra jornada de descanso, vinieron sorpresas, para empezar por el cambio meteorológico, un día de buen sol primaveral, que venía acompañado de una dura etapa de alta montaña, entre Canazei y el inédito Sega di Ala, en la frontera entre el Veneto y el Trentino, una subida final de 11 km al 9,8% de pendiente media. El parcial se resolvió en la fuga del día, numerosa, con muy buenos fondistas y trepadores.

La selección se hizo en el Passo di San Valentino y la suerte quiso que una caída del pelotón de favoritos en el descenso de este puerto diera oxígeno a los escapados. Dan Martin (Israel) atacó desde abajo, dejando a Moscon y un combativo Pedrero, y su victoria fue merecidísima, ya que los jefes de la general jugaron fuerte. Almeida hizo su ataque para la etapa y al arreón de Yates, sólo le pudo seguir Bernal y su compi Daniel Felipe Martínez; en una subida preciosa, entre arbolado, vino la debilidad de Egan, flojeando ante el ritmo de Simon y Joao.

Casi un minuto en la meta. Casi nada. Antes de lo de Bernal, habían sucumbido Vlasov, Ciccone, Carthy y Bardet. Poca broma en una jornada que nos dejaba ilusión por vislumbrar alguna sorpresa más. El Giro siempre gira, Caruso y Yates a un mundo. El resto, quedaban descartados.

Remco Evenepoel no tomó la salida al día siguiente. El ciclismo de alto nivel devora a cualquiera, y para un joven corredor que no está acostumbrado a perder supone un proceso de aprendizaje necesario. 21 años tiene. Volverá con fuerza, aunque nunca se sabe. Tampoco Giulio Ciccone (10º en la general) quiso seguir en carrera, fiebre y malestar. Muchísimas bajas en este Giro. La decimoctava etapa era de transición, entre montañas y descensos al abismo.

El protagonista fue Alberto Bettiol (EF Education), que estaba haciendo una carrera sensacional, cuidando del líder de su equipo (Hugh Carthy) en todos los terrenos y mostrando un estado de forma excepcional. Le faltaba reivindicarse y esto llegó en esta etapa, entre Rovereto y Stradella, apta para una fuga entre los viñedos lombardos, 231 km con una serie de cotas en la parte final. No lo tuvo fácil el ganador de Flandes en 2019, en la fuga había buenos rodadores como Rémi Cavagna o Nikias Arndt, entre otros.

El francés del Deceuninck hizo su apuesta en solitario, pero un imperial Bettiol se deshizo de Nicolas Roche, y también dejó atrás a Rémi, ganando con gran maestría. El pelotón se tomó el día de relax, llegando a 23 minutos de Bettiol. A Peter Sagan lo sancionaron, por querer parar el pelotón al formarse la fuga inicial; el eslovaco quería defender plácidamente su clasificación de la regularidad. Un mal gesto que fue grabado, así que la UCI le impuso una multa de mil francos suizos, quitándole cincuenta puntos UCI. La polémica estaba servida.

La etapa del viernes 28 de mayo fue recortada en kilómetros y también en una ascensión, ya que iba a pasar por la zona de Mottarone, donde se produjo el trágico accidente de un teleférico, en el que fallecieron catorce personas. Bernal tiró de calculadora en la subida final a Alpe di Mera, un puerto con desnivel suficiente -casi 10 km al 9% de pendiente media-.

Se rodó muy rápido (41 km/h) y la fuga no tuvo opciones de llegar con margen a la Valsesia, el valle piamontés donde se ubicaba el final de etapa. Se cumplió el guión y Simon Yates atacó de lejos, a 6 de meta, Bernal mantuvo su ritmo acompasado, Almeida pugnando por la etapa y demostrando que ha terminado muy bien en esta tercera semana, y Caruso, resistiendo. De uno en uno llegaron a la cima. Yates ganó con autoridad, recortando tiempo y amenazando el segundo puesto de Caruso -se quedaba a 20 segundos, una amenaza muy real-.

A estas alturas de la crónica, ya se intuye el final. Y eso que la jornada del sábado también tuvo su miga. De Verbania hasta Alpe Motta, unos 164 km con el encadenado del Passo San Bernardino (24 km interminables), Passo della Spluga (con un maravilloso enlazado de curvas de herradura) y los 7 km finales de ascensión al citado Valle Spluga-Alpe Motta. Una incursión por una zona con mucha historia, desde Locarno y ese fallido intento por conciliar la política internacional en el periodo de entreguerras, hasta los paisajes de alta montaña del Ticino suizo.

La fuga hizo una apuesta fuerte, con ciclistas como Grosschartner, Pellaud, Vervaeke y el eterno Albanese. Pero atrás había planes diferentes, en unos descensos peligrosos, tanto DSM (Bardet) como Bahrein (Caruso) enlazaron con la cabeza de carrera. Ineos les dejó hacer, en ese encadenado con el Spluga. La jugada era muy buena, Bardet buscaba ascender puestos en la general y Caruso, un poco de todo, pero quizá protegerse ante un Yates que no iba muy suelto.

Los esfuerzos acumulados se pagan. Tanto Caruso como Bardet, se filtraron con dos gregarios, Pello Bilbao y Michael Storer, e hicieron camino, con la ayuda extraña de alguno de los fugados. La diferencia nunca pasó del minuto. Egan no pasó peligro, con el tremendo trabajo de Castroviejo y Daniel Felipe Martínez, manteniendo la distancia en el espacio de confort deseado.

En la subida final, se esperaba el mano a mano entre Caruso y Bardet, y así fue, con victoria impecable de Damiano, fondista y constante, reventó al francés y consiguió su primera victoria como profesional, con 33 años. Toda una carrera deportiva esperando. Poco más, a 24 segundos entró el líder. Destacamos a Almeida, una gran tercera semana, demostrando lo equivocados que estaban en su equipo respecto a liderazgos. Pero los patriotismos mandan.

La crono final tuvo poco que darnos, 30 km entre Senago y Milán, en plena plaza del Duomo. Deja de ser noticia que se imponga Filippo Ganna (Ineos), a pesar de la amenaza de Rémi Cavagna, que se quedó a doce segundos, tras caerse. El italiano había pinchado. Tercero en la etapa fue Edoardo Affini. En la general, no había mucha tela que cortar, Caruso le recortó 30 segundos a Bernal -lo previsible- y Almeida se aupaba a la sexta plaza de la clasificación, desbancando a Bardet y Carthy.

Ibán Vega se preguntaba si nos habían robado el Giro, tras ese decepcionante recorte en la etapa reina, sin Marmolada y Pordoi. En una carrera que enamora por la épica y la valentía, cabe decir que sí. El campo de minas quedó un tanto mojado. Un Giro sin sobresaltos, con pocas sorpresas en la última semana de carrera, algo que nos tiene mal acostumbrados. Bernal vence, el más regular, con un gran equipo.

La sorpresa de Caruso, cogiendo el liderazgo de Landa, el siciliano se muestra rocoso. Y Yates quiso rehacer su caída a los infiernos del 2018, pero no le acompañaron las fuerzas. Cuarto en la general queda Vlasov, a un mundo del podium, pero confirmando sus prestaciones. El resto sin más. La montaña para un Bouchard que trabajó bien y lo gana merecidamente.

Y los puntos, para Peter Sagan, que resiste, ante la desbandada de velocistas, el ciclista total. Catorce equipos de los veintitrés en liza se llevaron al menos una de las victorias de etapa. Deceuninck se va de vacío, que siempre sorprende. Movistar, mal, poca presencia.

Podríamos acabar esta crónica con un elogio al ciclismo proletario, al fin y al cabo se trata de un deporte y una práctica muy relacionada con la industrialización y las clases populares. Otra cosa es el espectáculo de masas de hoy en día. Luis Ángel Maté lo explica muy bien, en una entrevista de Ainara Hernando para la revista Ciclismo a Fondo: “me gusta reivindicar el ciclismo romántico, esos orígenes de nuestro deporte, la capacidad de improvisación del ciclista escapado, luchando contra el pelotón. Épico, rebelde. El quitarse el pinganillo y hacer lo que a uno le pida el cuerpo”. Tiene razón, lo hemos visto en este Giro. Todo queda muy condicionado. Proletarios como Damiano Caruso, toda su carrera trabajando para otros. Lucha de clases.

Y el final, durante el transcurso del Giro ha fallecido Robert Marchand a los 109 años, una leyenda del mundillo ciclista y con muchísima conciencia de clase. Lecciones que importan, y no las de los emprendedores egoístas. Robert, como ciclista aficionado encadenó gestas inéditas, en 2017, se convierte en récord de la hora en la categoría de personas con más de 105 años.

El camarada militaba en el partido comunista desde la victoria del Frente Popular en 1936. Era el afiliado más longevo de la CGT y no se callaba ante el poder, en una visita al Palacio del Elíseo, le reprochó al entonces presidente François Hollande las miserias de la política ante crisis como la sacudida financiera de 2017. Ser centenario da para oír la misma cantinela demasiadas veces. Si os interesa su vida, tuvo que hacer las américas tras la II Guerra Mundial, leed “La última vuelta del señor Marchand”, del periodista Daniel Burgui (El Afilador, volumen 3, 2018).

Y nos despedimos, aunque queda poco para el Tour. Pero eso es otra historia.

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