Giro 2020: una generación que se abre paso

Un Giro otoñal, que casi no se disputa, y que tuvo que variar su salida prevista en Hungría. De ahí las cuatro etapas iniciales por Sicilia. El amor infinito en un recorrido equilibrado, con tres contrarrelojes, un buen número de jornadas para los velocistas puros y esa selección de etapas-trampa, engañosas en el propio perfil, pero sinuosas hasta reventar los desniveles positivos.

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Tao Geoghegan Hart vencedor del Giro 2020 en la última etapa. Foto: @Giroditalia

La 103 edición del Giro de Italia se ha disputado entre septiembre y octubre, con dudas pero llegando a Milán. El denominado Il Giro Covid. Queda lejos 1909, la primera edición auspiciada por el diario deportivo La Gazzeta dello Sport, cuya primera etapa saldría de la piazza di Loreto, la que presenció el ajusticiamiento de Benito Mussolini. Con unos primeros años plagados de corredores locales, siempre ha sido así, una competición luchada con mimo por los de casa. Una oda a la creación de Italia como Estado, ya que cuatro décadas habían pasado desde ese momento. En el periodo de entreguerras aparecen los primeros grandes campeones, como Alfredo Binda -el hombre-record, 5 generales, llegando a imponerse en 12 de los 15 parciales en 1927-, o Learco Guerra “la locomotora humana”. Y por supuesto, Gino Bartali, y ya en 1940, Fausto Coppi. Tras la II Guerra Mundial se iniciaría la época dorada de la corsa rosa, con esos míticos duelos entre Fausto y Gino. En 1953 llega la televisión, que vería lucir a Anquetil o Merckx (otro con 5 victorias), los Giros de Saronni y Moser, a Hinault, o aquella mítica y terrible etapa bajo la nieve del Gavia, en 1988 -aquí os dejo una joya de canción sobre aquel dantesco día-. Y ya en los noventa el doblete de Induráin o las exhibiciones de Pantani, y en este siglo, dominadores como Contador o Nibali.

Un Giro otoñal, que casi no se disputa, y que tuvo que variar su salida prevista en Hungría. De ahí las cuatro etapas iniciales por Sicilia. El amor infinito en un recorrido equilibrado, con tres contrarrelojes, un buen número de jornadas para los velocistas puros y esa selección de etapas-trampa, engañosas en el propio perfil, pero sinuosas hasta reventar los desniveles positivos. Como siempre, la montaña aparece de menos a más, de manera progresiva hasta llegar a la tercera semana, con cuatro finales en alto y auténticos puertacos de paso (Stelvio, Agnello, Izoard). De sur a norte y con esa incertidumbre otoñal, de si la nieve y el tiempo no nos robarían alguno de estos colosos. Al final, fueron las autoridades francesas, ante las cifras altas de contagios de coronavirus, las que vetaron que el Giro ascendiera Agnello e Izoard en la última etapa de montaña.

La especulación de la previa giraba en torno a la pobre participación de figuras y ciclistas vistosos. Los equipos del World Tour apostaron todo su arsenal al Tour, por lo que pudiera pasar. Pero esto no ha desmerecido la carrera ni mucho menos, la generación del 95-96 y las posteriores han dado un puñetazo en la mesa, confirmando que el relevo generacional ya está ejecutado, y de forma contundente. Por otro lado el Giro siempre ha sido una gran vuelta muy local, con los italianos preparándola con mimo. Los últimos años habían sido la excepción (con figuras como Quintana, Froome, Dumoulin, Roglic, etc.). Aún con todo, aparecían Geraint Thomas, Simon Yates, Vincenzo Nibali, Jakob Fuglsang y Stephen Kruijswijk. Todos se estrellaron, como veremos en las siguientes líneas.

Pero volvamos a la historia. 30 años han pasado del Giro que ganó Gianni Bugno. Por aquellos años, de tierna adolescencia, estaba descubriendo el ciclismo más allá del Tour y la Vuelta. Su estampa elegante, emborronada por la mala señal de Tv3 que llegaba a casa, me dejó impresionado. ¿Quién era este portento que había sido capaz de liderar la general durante las 20 etapas de aquella corsa rosa? Bugno, se imponía de forma imperial, ganando tres etapas y aventajando en 6 minutos al segundo (Charly Mottet). En un Giro que escalaba por primera vez el Mortirolo, por su lado “suave”. Deseoso de mitos, ya tenía el ciclista al que imitar. Gianni, de la generación del 64, parecía que iba a marcar una época, pero se topó con Miguel Induráin. Aún con todo un ciclista que marca buenos recuerdos para el aficionado. Tantos, que por aquí tenéis una buena lectura, de este 2020, El chico que soñaba con ser Gianni Bugno (de editorial Contra), una delicia elaborada por Guillermo Ortiz.

Alfonsina Strada rompió los moldes machistas en el período de entreguerras, convirtiéndose en la primera mujer en competir en el Giro de Italia. Hablamos de 1924, en la edad de oro de la bicicleta como medio liberador de transporte. Alfonsina tenía una gran pasión por pedalear, desde niña, cuando su padre le regaló una bicicleta, conseguida gracias al esfuerzo paterno en una granja de pollos. A los trece años ya ganaba carreras a la gente de su edad, sin importar el género. En 1917 participa en el Giro de Lombardía, no había normas que excluyeran la participación femenina. Así que dicho y hecho. Su gesta en el Giro de Italia sería otra película. La leyenda urbana cuenta que los organizadores miraron para otro lado en su inscripción, en un año sin grandes estrellas, podía interesar poner el foco de los grandes rotativos en Alfonsina. La igualdad les importaba bien poco. Y ella mostró un buen nivel en las primeras etapas; en la séptima, de 304 kms tuvo varios accidentes y llegó fuera de control, con el manillar roto. Quedó descalificada pero uno de los patrocinadores la mantuvo en carrera de manera extraoficial, llegando a Milán con todas las de la ley. Quiso repetir, pero el Giro introdujo la norma de que las mujeres no podían hacerlo en la prueba masculina. 43 años antes de que Kathrine Switzer rompiera las normas, corriendo el maratón de Boston. El diablo con vestido era el apodo que le puso la prensa mussoliniana de la época.

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Foto: @BicidaStrada

La crónica tiene por título una generación que se abre paso. Lo hemos visto en el Tour, en las clásicas. Siempre pasa, quizás se haya acelerado por la replanificación de esta temporada. Los jóvenes son más explósivos, y en este mar de carreras solapadas, han destapado el tarro de las esencias. Es un hecho sin paliativos, han sido los grandes dominadores de este Giro, sólo hay que ver a los protagonistas. Al final dos de ellos se disputaron la victoria final en Milán pero hay muchos más. Como Filippo Ganna (Ineos), reciente campeón del mundo contrarreloj y dominador absoluto de esta especialidad (tres etapas) más un parcial de media montaña en Camigliatello Silano. Joao Almeida (Deceuninck) y su impresionante defensa de la maglia rosa -la llevó 15 días-, que le llevó al 4º puesto en la general. El portugués tiene un buen motor para grandes vueltas, sólo hace falta que lo confirme en un futuro próximo. Su compatriota Ruben Guerreiro (Education First), algo más mayor (26 años), pero confirmando su valía en la montaña (victoria en solitario en Roccaraso y la maglia azzurra de la montaña). 23 añicos para Jhonatan Narváez (Ineos), ganando con un sólido rodar en la etapa de Cesenatico. Ben O'Connor (NTT), un escalador australiano que se filtró en fugas montañosas tres etapas consecutivas, en la de San Daniele del Friuli hizo segundo, al día siguiente, en Madonna di Campiglio ganó con solvencia. Y los que van dejando destellos, como Brandon McNulty, Harm Vanhoucke, James Knox, Attila Valter o Mikkel Bjerg o Simone Ravanelli. Y una mención especial para el aragonés Sergio Samitier (Movistar), un 13º puesto en la general, metiéndose en la pelea de varias etapas, sin éxito, pero aprendiendo. Este potente corredor de Barbastro nos va a dar muchas alegrías.

El ganador final fue el mejor y tiene 25 años. Tao Geoghegan Hart, un londinense, muy buen escalador, que en definitiva fue el más solvente en la última semana de carrera, con las dos cronos y esas dos victorias de etapa en Piancavallo y Sestriere. Su rival directo fue otro novato, Jai Hindley (Sunweb), espigado y blanquecino, gregario de lujo para un Kerlderman que terminó claudicando. Jai fue la gran sorpresa del Giro. Y lo tuvo en la mano, empatado a tiempo con Hart, se lo disputaron en la crono final de Milán, pero el inglés es más solvente en esta especialidad. Los dos fueron los que más subieron en la decisiva última semana. El demérito vino para Wilco Kelderman, traía galones como jefe de filas del Sunweb, y tras la crono de Valdobbiadene era el favorito para derrocar a Almedia. Pero el Stelvio le puso en su sitio real. La montaña del Giro suele sentenciar de forma justa, y así fue con un corredor que no hizo ningún ataque. Se quedó tercero en el podio. De Almeida ya hemos comentado, que promete y mucho, en su primera grande se defendió como un jabato, aupándose al cuarto puesto en la crono final. Le sigue Pello Bilbao (Bahrein), venía del Tour y eso le condicionó, aunque fondo le sobra y calidad, a pesar de su robótica forma de subir, tan cuadrada. Jakob Fuglsang vino cruzado y así se quedó, un sexto puesto en tierra de nadie. Se quedó sin equipo pronto, Vlasov se fue para casa con síntomas de coronavirus en la segunda jornada, y Miguel Ángel López rozó el esperpento y la mala suerte, cayéndose solito en la crono inicial de Agrigento. A partir de ahí, tampoco las piernas del danés fueron las mejores para optar a la victoria rosa. Lo de Nibali (Trek) ya es diferente, jamás tuvo opciones, un punto o dos por debajo de Hart y compañía; remó para quedar séptimo, fuera de podio y sin alzar ese tercer Giro soñado. El tiempo pasa para todas. El resto sin más, Konrad, Masnada o Pernsteiner completaron el top ten. Y los favoritos que no llegaron, Geraint Thomas se fracturó la pelvis en la tercera etapa, tras perder el equilibrio con un bidón. A Simon Yates o Steven Kruijswik se los llevó el confinamiento coronavírico.

Pasaron muchas cosas, aparte de la pura competición. Empezando por el polémico maillot de Education First, que se llevó una multa de 3.420 euros por no ser remitido en tiempo a la Unión Ciclista Internacional. El equipo norteamericano apareció en la salida siciliana con una curiosa vestimenta, que combinaba varios colores y utiliza la imagen de un pato en la zona del pecho. Los animales sueltos son un clásico en pruebas abiertas, algún perro suelto se vio en momentos de carrera. Las strangers things del Giro sobrevolaron en la etapa cuarta, Luca Wackermann (Vini Zabú) tropieza con una valla, que había sido abatida por un helicoptero que volaba demasiado bajo; el corredor italiano tuvo que abandonar. Y las salidas de tono, como el danés Fuglsang, quejándose sobre las carreteras sicilianas, o De Gendt sembrando dudas sobre el ocultismo en torno a la seguridad del coronavirus. Algo de razón tendría, cuando un grupo de policías vinculados a la organización acabaron infectados. Lo más penoso llegó en la antepenúltima etapa, entre Morbegno y Asti, que ante el frío previsto, generó un plantón-huelga en el pelotón que obligó a recortar cien kilómetros la jornada. El cabreo del director de carrera Mauro Vegni, fue monumental; el tema olía a chantaje ya que el recorrido y la posible climatología se conoce con mucha antelación. Y en estas historias, el eterno homenaje a Marco Pantani, por Cesenatico, Piancavallo o Madonna di Campiglio. Sempre Marco. Su mito fugaz genera un recuerdo infinito entre los tifosi.

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Foto: @BicidaStrada

El Tour pudo “librarse” de positivos en COVID-19. El Giro fue otra película, daba la sensación de que había más flexibilidad, más gente en las líneas de meta, por ejemplo. Simon Yates tuvo que retirarse tras dar positivo antes de empezar la octava etapa; se trataba del primer capo que se veía obligado a realizar la cuarentena. Tras el primer día de descanso, nuevos positivos en el Mitchelton provocaron que todo el equipo dejara la corsa rosa. Kruijswijk (11º, a 1'24” del líder) corrió la misma suerte, y el Jumbo abandnó . La polémica ante una burbuja menos estricta, o quizás que la segunda oleada de la pandemia ya azota con fuerza estaba en el aire. Equipos como Education First solicitaron la suspensión de la carrera en el segundo día de descanso. En pro de lo colectivo, ellos ya se llevaban un buen botín de resultados -la solidaridad es lo primero, jajaja-. La fiesta, milagrosamente, llegó a su final en Lombardía.

Nunca hay que dejar pasar la oportunidad de mostrar ante el mundo un patrimonio maravilloso, sea cultural o natural. En Sicilia, con Monreale y su catedral árabe-normanda, la increíble Palermo, el Valle de los Templos en Agrigento o la montaña sagrada, el Gibellu, un Etna que se subiría hasta casi los 2.000 m. de altura. La belleza de una isla irredenta. Matera, la ciudad excavada en la roca caliza, en plena Basilicata, con una belleza extrema en su paisaje y hábitat, con los sassi-viviendas de origen paleolítico-. Monselice, ciudad amurallada del Veneto, con un precioso y coqueto patrimonio, cerca de las Colli Euganei, subidas bruscas que depararían una buena selección en el pelotón. El Passo dello Stelvio, cima Coppi, a 2.757 m. de altitud, una impresionante obra de ingeniería, construido en 1820 por el Imperio Austriaco para unir sus posesiones lombardas con el Trentino, cuenta con 48 horquillas en su vertiente norte. La caravana multicolor, camino de Sestriere, también pasó por Fenestrelle, en uno de los valles occitanos del Piamonte, donde se alza la fortaleza más grande de Europa.  Y no seremos exhaustivos, que esto no es una guía de viajes.

El desenlace de las etapas fue entretenido. Las volatas tuvieron un nombre, Arnaud Démare (Groupama), ganó las cuatro etapas que se resolvieron al sprint, desquitándose de su no participación en el Tour. Venció con autoridad, es uno de los destacados del año en el arte del sprint. El premio fue ganar el maillot de puntos, por el que tuvo que sufrir bastante. Peter Sagan pugnó, su punta de velocidad no da para ganar sprints puros. Eso sí, nos regaló una preciosa gesta, en la etapa de Tortoreto, con un recorrido tipo clásica, pudo desquitarse de su vacío de etapas en 2020. Y justificar de paso, que sigue siendo un superclase. Las victorias no estuvieron muy repartidas, de hecho sólo diez de los veintidós equipos participantes lograron un parcial o varios. A destacar el doblete de Diego Ulissi (UAE), un potente llegador en finales con subidas explosivas, o las fugas de todo tipo, llenas de cazaetapas o baroudeurs, por seguir con el argot ciclista. Así ganó Alex Dowsett dando la primera victoria en una gran vuelta a Israel Start-Up Nation, en un bonito circuito final en el Gargano (Vieste). O al esloveno Jan Tratnik (Bahrein) resolviendo una fuga difícil en una maratoniana etapa de media montaña que finalizó en San Daniele del Friuli. O la demostración de Josef Cerny (CCC) en la etapa recortada de Asti. Hasta tuvimos una etapa en la que los ciclistas, todos, volaron, a 51,230 km/h, batiendo el récord de la etapa más rápida en la historia del Giro. Pura magia. Prefiero ser optimista, a veces, la clase media-baja, también entretiene. No es una cuestión de nombres sino de actitud.

Y ya, acabando esta crónica, con la preciosa etapa entre Pinzolo y Laghi di Cancano, más de 200 kms con el Stelvio ubicado donde hace más daño y esa subida tortuosa final a Cancano. Un etapón de gran fondo, con los ciclistas llegando casi de uno en uno. El trabajazo de Rohan Dennis para Hart, Hindley agarrado a ellos, la pausa lenta de Kelderman, el líder Almeida tirando y tirando. Un Stelvio, puerto-juez de la carrera, que no se sabía si se podría subir (3º en la cima), pero que con sus 24 kilómetros interminables dejó, de forma clásica, el paso a una nueva generación. Seguramente les saque la guadaña en unos años a esos ciclistas nacidos en la agonía del siglo XX. El ciclo de la vita.

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