Decidir hasta el final. Vivir con dignidad. Decidir cómo vivir. Decidir hasta cuándo queremos vivir.
No nos han educado en la muerte, sabemos de logaritmos, raíces cuadradas, aprendemos la tercera persona del plural y la frase subordinada, entendemos las reglas, las normas y los limites en lo deportivo. No nos han educado en emociones, no nos han enseñado a vivir, "a vivir se aprende viviendo" dictan los comeflores y motivadores embriagados por lo coach, vaya: vendehúmos de toda la vida. No nos hablan del duelo, no nos dan herramientas para hablar con nosotras mismas, y mucho menos para saber qué podemos hacer, qué derechos tenemos cuando la parca está cerca.
El caso de Noelia conmueve a toda la sociedad; una joven veinteañera que decide dejar de sufrir, que realiza los trámites necesarios para solicitar su propia eutanasia y despedirse, haciéndolo con la ley en la mano y como respaldo. Y nos duele porque comprendemos que el proceso de la eutanasia no es una decisión trivial, porque conlleva grave sufrimiento pero entendemos que cuando el sufrimiento y el dolor son cotidianos hay remedios que aunque duelan, conllevan respetar la libertad de quiénes lo sufren.
La asociación DMD lleva años reivindicando el derecho a una muerte digna; consiguieron que fuera ley y ahora que esa ley está vigente, demandada por el 80% de la población, solo queda sacudirse los dogmas cristianos, los juicios de valor y poner el respeto hacia la vida en la misma balanza que el derecho a la muerte.
Como dice Xavier Vidal-Folch en un reciente artículo, no podemos “dejarnos seducir por ayatolás de una falsa cristiandad cruel, que no entiende de compasión, misericordia, bienaventuranzas, ni siquiera de comprensión, ese meterse bajo la piel del otro, para percibir como él o ella”.

