Escombros del 2008

Plaza Imperial costó 230 millones y se terminó vendiendo a Carney, una sociedad de inversiones madrileña, por un 6% de lo que costó. Ahora, la maquinaria pesada empieza a reducirla a escombros. Aragonia, Puerto Venecia y Torre Outlet convirtieron a Zaragoza en la ciudad europea con más superficie comercial en relación a su número de habitantes.

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Foto: Puerto Venecia

Maquinaria pesada reduce a escombros la tienda de Verdecora en el fracasado centro comercial Plaza Imperial, territorio de rondas de circunvalación y polígonos industriales.

El centro comercial, uno de los más grandes del Estado cuando se inauguró, tenía 160.000 metros de superficie, 6.000 plazas de aparcamiento, un monorraíl para conectar las dos zonas separadas a ambos lados del polígono Plaza, 177 tiendas... Ahora quedará reducido a escombros, tras el cierre de la gran mayoría de sus espacios comerciales, para construir en principio un supermercado Costco, franquicia estadounidense con poca presencia en Europa donde aspira a abrir mercado.

El derribo está siendo discreto, en ese extrarradio que queda solo a la vista de quienes acuden a trabajar a la plataforma logística o quienes pasan por la A-2, zona donde se han instalado las rampas de acceso para el derribo.

Para quien eche la vista 15 años atrás: estaba a punto de concluir la Exposición Internacional de Zaragoza en el, por aquel entonces, año glorioso de la capital aragonesa. Valdespartera empezaba a llenarse y las ciudades-dormitorio como Cuarte y Villanueva crecían en población a un ritmo inusitado.

Era justo antes de la explosión de la burbuja inmobiliaria que, entre otras, tendría como consecuencia el frenazo en seco del proyecto de expansión de la ciudad por Arcosur, un barrio que, aún hoy en día, está esperando el empujón definitivo, cosa que se antoja complicada.

Eran los años del delirio del entonces alcalde Juan Alerto Belloch de la Zaragoza del millón de habitantes. Una ciudad que pretendía extenderse hasta casi el doble de la superficie urbanizada que tenía en los 90, aunque nadie aclaraba de dónde iban a salir esos 300.000 habitantes más en un Aragón que lleva décadas con su población estancada y hasta disminuyendo.

Entrada plaza imperial
Foto: Plaza Imperial

El centro comercial costó una pasta, 230 millones, y se terminó vendiendo a Carney, una sociedad de inversiones madrileña, por un 6% de lo que costó.

El proyecto aguantó cuatro años. Tras él vendría la avalancha de centros comerciales: Aragonia, Puerto Venecia y Torre Outlet, que convirtieron a Zaragoza en la ciudad europea con más superficie comercial en relación a su número de habitantes. Desapareció el centro comercial Augusta, Torre Outlet fue un pelotazo de libro, con recalificación de terrenos a la carta y Puerto Venecia resiste, aún con cambio de propietarios, al más puro estilo del sueño (pesadilla para otros) de modelo de ciudad dispersa y dependiente del vehículo privado. Era un modelo, el modelo 2008 en el caso de Zaragoza, disfrazado, irónicamente, con el traje de la sostenibilidad.

Al mismo tiempo que se derriba Plaza Imperial se inauguraba con pompa y boato el Mobility City. Uno de esos absurdos nombres en inglés que se ha dado al espacio expositivo que Ibercaja ha montado en el Pabellón Puente de Zaha Hadid, edificio emblemático de la Exposición Internacional del Agua.

Ibercaja lo ha montado pero, claro, con el dinero de todas. Una constante que ha acompañado a todo lo que tuvo que ver con el desarrollo de la Expo y también con la post Expo, sobre los escombros del 2008.

Dinero público y no poco, ya que la construcción y acabados del edificio emblemático se fueron a los 93 millones de euros, 22,4 millones por encima de lo presupuestado y hubo que llevar a cabo una obra que batió el récord de profundidad en cimentación para poder anclar el edificio en el río.

Pasada la Expo se hizo patente que el edificio era bonito pero básicamente tan inútil como grande y llamarlo puente era desde el punto de vista meramente técnico dado que simplemente pasaba de una orilla a otra sin conectar nada.

Durante 14 años la sociedad pública Expo Zaragoza Empresarial se encargó de dejarse otra millonada en cerrar y climatizar el espacio, además de revisar la estructura y, por supuesto, cubrir el mantenimiento todo ese tiempo.

Unos cuantos millones después se entregó el mamotreto a Ibercaja, que ha montado lo que parece va a ser una exposición de vehículos, por mucho que le pongamos denominación inglesa y en algunos medios se exagere la inauguración como si fuera a ser una suerte de museo único en el mundo.

Al menos es un pobre consuelo que uno de los edificios estrella de la Expo se reutilice, pues varios de estos emblemas, que costaron decenas de millones (Torre del Agua, Pabellón de España y de Aragón) solo crían polvo y no parecen tener un destino claro 15 años después.

Pero los sueños de grandeza de 2008, aquel poner Zaragoza en el mapa, quedaron en algo bastante más humilde.

Para la ciudadanía supuso un incremento considerable en los precios de la vivienda, que nunca ha terminado de bajar, y una extensión del área urbana que no ha parado. Más hormigón y, ahora mismo, más escombros, que siguen en un proceso de construcción, destrucción y reforma.

El espíritu del 2008 ha terminado por ser un fantasma de ladrillo, a mayor gloria del lobby financiero y constructor. Estamos a tiempo de reflexionar y, por lo menos, no alimentar el ego de este modelo de ciudad.

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