El tsunami de las macrogranjas de datos golpea Aragón

Una nueva fiebre ha prendido con fuerza: la de los centros de datos. Gigantes tecnológicos como Amazon y Microsoft se han lanzado a invertir cifras astronómicas en Aragón, atraídos por sus favorables condiciones para albergar estas gigantescas infraestructuras. Sin embargo, este despliegue masivo plantea serias dudas sobre si realmente contribuirán a nuestra prosperidad o serán agujeros negros de agua y energía. En este artículo se analizan en detalle las implicaciones del “otro lado de la nube”. A marchas forzadas y sin oposición, se impone un modelo de digitalización que permite extraer datos de cada aspecto de nuestra vida. Un puñado …

Una nueva fiebre ha prendido con fuerza: la de los centros de datos. Gigantes tecnológicos como Amazon y Microsoft se han lanzado a invertir cifras astronómicas en Aragón, atraídos por sus favorables condiciones para albergar estas gigantescas infraestructuras. Sin embargo, este despliegue masivo plantea serias dudas sobre si realmente contribuirán a nuestra prosperidad o serán agujeros negros de agua y energía. En este artículo se analizan en detalle las implicaciones del “otro lado de la nube”.

A marchas forzadas y sin oposición, se impone un modelo de digitalización que permite extraer datos de cada aspecto de nuestra vida. Un puñado de megacorporaciones estadounidenses concentra así un poder inmenso. Este proceso de empantallamiento  es problemático a muchos niveles, pero lo que este artículo aborda es la infraestructura, los llamados centros de datos, que sustentan nuestra vida digital (desde los vídeos de gatitos al porno, desde nuestras radiografías a nuestras declaraciones de renta). Como veremos, esta discreta trastienda de la nube es muy física y también muy problemática.

¿Qué son los centros de datos?

Los centros de datos son las tripas de internet: imaginemos una enorme nave de hormigón llena de equipos informáticos, donde se almacenan, procesan los enormes volúmenes que requieren la nube, redes sociales, inteligencia artificial y plataformas de streaming.

Las tripas de internet crecen y crecen. Algunas estimaciones sugieren que, ya en 2018, el consumo de energía de internet representaba entre el 6% y el 10% de la energía eléctrica mundial (fuente). Se prevé que la demanda mundial de capacidad para centros de datos aumente a un ritmo anual de en torno al 21% hasta 2030 (fuente). 

Los centros de datos han evolucionado desde pequeñas instalaciones alojadas localmente hasta los gigantescos de hiperescala, diseñados para soportar redes sociales, streaming y la cada vez mayor consumidora de cómputo, la inteligencia artificial. La industria digital ha apostado por instalaciones con una superficie de cada vez más miles de metros cuadrados y un consumo de electricidad equivalente a localidades enteras. Hay cierto paralelismo con lo que sucede con los parques de renovables, donde la apuesta es hacerlos cada vez más grandes en lugar de mirar a otro modelo más comunitario/local y distribuido a pequeña escala. La apuesta por el crecimiento como fin en sí mismo se ha redoblado en la esfera digital. 

Aragón en estos momentos es uno de los territorios de Europa donde vamos a ver un mayor despliegue de centros de datos en los próximos años, un crecimiento brutal que, sin embargo, sólo ahora empezamos a conocer en detalle. La opacidad y falta de comunicación pública han dominado este proceso hasta ahora.

Recientemente hemos tenido la oportunidad de visitar el centro de Amazon en El Burgo de Ebro, por fuera, eso sí. Los secretos de estas instalaciones se guardan con celo. De hecho, desde fuera recordaba a una instalación militar, con doble verja, concertinas, cámaras y varios puntos de control. Absolutamente nada relaciona visualmente esta instalación con Amazon.

La opacidad que atraviesa los centros de datos ha sido denunciada por las académicas que lo investigan (Mython), periodistas que preguntan por los datos de consumo (Gabott Jimenez-Arandia) y la ciudadanía, que tiene que recurrir a tribunales para saber los gastos de consumo de agua. 

Por ello, en este artículo hemos intentado reunir toda la información relevante sobre lo que normalmente no nos cuentan.

Agujeros negros de energía

Los centros de datos, igual que nuestro ordenador doméstico, necesitan refrigerarse continuamente para poder funcionar correctamente. Solo que en lugar de un pequeño ventilador, los centros de datos necesitan enormes sistemas de refrigeración con un uso intensivo de agua y electricidad entre otras problemáticas.

El consumo más flagrante es el de la electricidad. De hecho, los tamaños de los centros de datos se miden por su potencia en  megavatios. Para poner este descomunal consumo en perspectiva, consideremos unos de los proyectos más grandes.

El Burgo de Ebro, una localidad en Aragón, está programada para una ampliación de su centro de datos por parte de Amazon Web Services (AWS), lo que añadirá, solamente por este centro, un consumo de 3.279 Gigavatios/hora al año, ¡Un tercio del consumo eléctrico de todo Aragón! En pocos años el consumo eléctrico de los centros de datos superará al consumo de todo Aragón. ¿No deberíamos preocuparnos?

Esta magnitud de potencia requerida plantea una serie de retos relacionados con la capacidad de la red y la infraestructura de transmisión. En los últimos tiempos, los operadores de centros de datos han ido desplazando la demanda hacia las 24h del día, lo que se suma a los retos de gestión de la red. Una cuestión clave relacionada con estos retos de la red es quién debe pagar los costes de mejora de la red relacionados con los centros de datos y si estos costes superan los beneficios de desarrollo económico que supuestamente traen.

Como sabemos, el despliegue masivo de parques solares y eólicos por el territorio ha generado tremendos destrozos paisajísticos y ambientales, provocando una merecida oposición desde el territorio. Esta explosión renovable se entiende mejor bajo la luz de esta nueva necesidad industrial. 

Nos hemos de plantear si la producción de energías renovables debe dedicarse a alimentar los centros de datos en lugar de cubrir las necesidades energéticas de la población y de otros sectores económicos más prioritarios. El coste de oportunidad se ha ignorado completamente.

El acaparamiento de la energía por parte de actores tan poderosos, que desplaza las necesidades de otros actores locales ha sido acuñado como “gentrificación energética”. El consumo excesivo de los centros de datos ha perturbado acceso a la energía, llevando incluso a la red eléctrica a colapsar en comunidades locales de Suecia e Irlanda.. Tener que cerrar la producción de fábricas en polígonos industriales donde también había centros de datos (fuente), impedir el trabajo de agricultores en Holanda (fuente). O impedir la creación de nuevos barrios en Londres por falta de infraestructuras (fuente).

Esa competencia con las necesidades energéticas de la población se ve aún más clara en ciudades como Marsella, donde la gentrificación energética ha chocado con las necesidades de la población de tener una movilidad eléctrica pública, o un aire más limpio (fuente).

Agua en un clima cada vez seco

Además, los centros de datos también consumen grandes cantidades de agua. En Aragón, donde el agua ya es un recurso escaso bajo la amenaza de que la situación empeore por el cambio climático, lo último que necesitamos es dedicar la cantidad de agua (755.700 m³/año) equivalente a una pequeña ciudad como Calatayud (fuente). Aunque pueda resultar asumible hoy, cuando toque sequía habrá que compartir el agua con estas megacorporaciones.

Diésel

Gran parte de los centros de datos se dedican a gigantescos grupos electrógenos de respaldo, capaces de suplir toda la electricidad necesaria en caso de cortes de luz. Se calcula un consumo de diésel/HVO de 1,25 millones de litros al año.

Ruido

El ruido generado por los centros de datos es un problema ambiental que a menudo se pasa por alto, pero que puede tener impactos significativos en la salud y el bienestar de las personas que viven cerca de estas instalaciones. 

El ruido de los centros de datos es producido tanto por los propios servidores dentro de la nave, como los generadores de diesel de respaldo, que en realidad están casi siempre conectados. Ese zumbido constante ha supuesto en algunos casos un problema grave para las comunidades cercanas (fuente), llevando a algunas comunidades de Georgia a reivindicar su cierre.

Problemas para la salud

Recientemente también hemos tenido constancia de que los centros de datos impactan la salud de los vecinos. Esa contaminación del aire es generada por los gases tóxicos, como óxido nítrico o partículas PM2,5, expulsados durante el proceso de generación de la electricidad que alimenta los centros de datos. Dicha afectación para la salud ha sido reconocida incluso por el Gobierno de Estados Unidos en sus normativas, llegando a relacionar los centros de datos con una mayor prevalencia de cáncer entre la población afectada.

Demanda de inversión pública en Infraestructuras

Uno de los problemas asociados a los centros de datos es que exigen grandes infraestructuras públicas previas para poder funcionar, infraestructuras energéticas y de agua. Hay serias dudas de que la infraestructura pública pueda asumir esta demanda, por eso la patronal de los centros de datos está presionando para que la REE (Red Eléctrica Española) aumente su inversión en infraestructuras públicas, pagadas con el erario público.

¿Por qué Aragón? ¿Dónde están los beneficios para el empleo y la economía?

La elección de Aragón como ubicación para los centros de datos no es casual. Se nos cuenta que la ubicación estratégica en el centro de la Península Ibérica la convierten en un punto clave para el almacenamiento y la transmisión de datos, y que la disponibilidad de suelo explican el resto. Seríamos una casilla afortunada en el ajedrez al que juegan los mayores (léase Bezos, Zuckerberg y compañía).

Sin embargo, ayuda a entender mejor el porqué de que nos haya tocado este "premio" las ventajas fiscales y burocráticas que el gobierno de Azcón ha brindado a estas multinacionales. El gobierno de Aragón se ha reunido en secreto con algunas de ellas en los últimos años para facilitar su despliegue en nuestro territorio, una historia de favores y prebendas cuyo clímax se ha alcanzado con el Plan de Interés General de Aragón (PIGA). Haciendo uso de este instrumento administrativo a la medida de una sola empresa (Amazon), se facilitan los trámites burocráticos y otorgan significativas ventajas fiscales.

Para que un proyecto se considere económicamente importante para el territorio, este debe incrementar la recaudación tributaria, lo que supondrá mejores servicios públicos, sanidad, educación… Parece muy poco probable que esto se vaya a producir. Sin duda generará grandes beneficios a sus propietarios, pero con una fiscalidad más que dudosa y que difícilmente se localizará en el lugar en el que se encuentren sus instalaciones. Esa divergencia entre beneficio generado y tributación da pie a pensar en el carácter especulativo de las inversiones y en la deslocalización fiscal. La ausencia de explicaciones sobre quién y cuánto se va a facturar no constan en los planes y memorias presentados para justificar estas “alfombras rojas”.

A pesar de la propaganda que presenta los centros de datos como una oportunidad de empleo para Aragón, su impacto real es más bien limitado. Si bien es cierto que pueden generar algunos puestos de trabajo, la mayoría de ellos son empleos de baja cualificación y temporales, concentrados mayormente en el periodo de construcción.

Como suele pasar en estos casos además, el número de futuros empleos se infla descaradamente, tal como explica este artículo con proyectos de índole similar apoyados por el aún presidente Carlos Mazón.

Desear ser la Virginia Europea como expresó Azcón obviando los impactos medioambientales que han tenido los centros de datos allí nos hurta deliberadamente de información relevante para conocer las implicaciones del tren al que nos quieren subir. Cuando lleguemos a la siguiente estación, quizá sea demasiado tarde, pues ya estarán concedidas las licencias.

A pesar de la imagen de alta tecnología y automatización, las condiciones laborales dentro de los centros de datos son precarias y altamente controladas. Según un reciente informe "los centros de datos tienden a tener relativamente pocos puestos de trabajo. Las sedes centrales, las operaciones de fabricación o de servicios compartidos típicas pueden tener entre 200 y 1.000 puestos de trabajo in situ. En comparación, la cantidad de puestos de trabajo en un centro de datos típico puede oscilar entre 5 y 30”. Además, los empleados deben operar bajo estrictos protocolos de seguridad y secretismo, en espacios reducidos y con cambios bruscos de temperatura debido a la refrigeración masiva de los servidores. 

El investigador Gerry McGovern en un reciente artículo se refiere al empleo: “Un megacentro de datos de Facebook daba empleo a unos 400 trabajadores, mientras que un centro comercial de tamaño similar emplea a 11.000 personas. En Suecia, cuando Facebook anunció un plan de centro de datos, la maquinaria de propaganda empresarial del país se puso a toda marcha, prometiendo 30.000 puestos de trabajo de la nueva industria. Facebook ofreció inicialmente 56 puestos de trabajo, que aumentaron hasta la friolera de 90, al tiempo que consumía tanta electricidad como una ciudad de 27.000 habitantes”.

Este relato se alinea con lo que sabemos sobre los centros de datos en Aragón que ya tenemos: no están generando ni de lejos el impacto económico esperado, tal como constató un artículo de El Periódico de Aragón.

Oposición a los centros de datos en otros países

Muchos otros países, lejos de pelearse por estas mega infraestructuras, las han despedido con alivio. Veamos algunos pocos ejemplos. 

En Países Bajos, la construcción de nuevos centros de datos ha generado un intenso debate que han llevado a las autoridades a implantar una moratoria.

En Irlanda, donde el sector tecnológico tiene una fuerte presencia, la expansión de los centros de datos ha provocado. La Plataforma Irlandesa contra los centros de datos ha exigido una moratoria que ha llevado al gobierno a restringir su implantación.

En Estados Unidos, diversas comunidades han mostrado su rechazo a la instalación de centros de datos en sus territorios, argumentando que su aprobación no contó con un debate público (¿les suena?).

En Uruguay se vieron obligados a llevar a Google ante el tribunal constitucional para conocer el consumo de agua real. Muy recientemente, expertos británicos han instado en un informe a que las empresas tecnológicas tengan que revelar obligatoriamente el consumo de energía y agua de sus centros de datos. 

Oposición y propuestas concretas

Desde las organizaciones ecologistas, se ha denunciado el modelo de desarrollo que impulsa este tipo de proyectos. Se critica la reiterada falta de transparencia y participación ciudadana en la toma de decisiones, así como la ausencia de una evaluación ambiental digna de tal nombre. En las alegaciones ecologistas recientemente presentadas al PIGA se señalan los impactos ya comentados aquí.

El Heraldo de Aragón sacó hace poco un reportaje, que parecía escrito directamente por el gabinete de prensa de Amazon. En él se adelantaba a la previsible oposición social a los centros de datos: Los centros de Amazon consumirán menos que todas las empresa de Plaza. Sin embargo, el hecho de que una sola empresa consuma casi tanta agua como uno de los mayores parques industriales de Aragón no calma nuestras inquietudes.

Si las pocas multinacionales se hicieran con buena parte del suelo cultivable aragonés para plantar un solo cultivo, comprometiendo gran parte del futuro desarrollo agrícola, nos echaríamos las manos a la cabeza. Si se fueran a implantar varias centrales nucleares en nuestro territorio, el tema sería discutido ampliamente. Si nuestro suelo empezase a ser perforado mediante fracking, el debate llegaría tanto al parlamento como a los bares.

Es imprescindible revocar las ventajas fiscales regaladas a estas megacorporaciones y aplicar una fiscalidad verde y social acorde. Además, se debe obligar a las empresas a publicar datos reales de consumo y establecer auditorías independientes para evaluar su impacto. Siguiendo el ejemplo de Irlanda y los Países Bajos, Aragón podría imponer límites a su expansión.

Un control más democrático y participativo es clave. La aprobación de estos proyectos no puede seguir siendo tan opaca. Consultas públicas vinculantes, mayor regulación y el impulso de modelos digitales más descentralizados y sostenibles —como centros de datos cooperativos o municipales— permitirían una digitalización que beneficie al conjunto ciudadanía sin hipotecar nuestro futuro ambiental y energético.

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