Desertar y construir

Desde el inicio de la invasión de Ucrania por Putin se está repitiendo, en Europa y el mundo entero un proceso clásico: cuando suenan las cornetas y las bombas, el espacio para los matices y para expresar posiciones fuera del eje amigo/enemigo se estrecha hasta hacerse casi invivible. Si salimos de ésta serán dignos de estudiar los mecanismos sociológicos de aceptación de recortes en derechos y en la libertad de expresión, más brutales en Rusia, menos burdos pero inéditos en la UE. Y la legitimación express de una OTAN languideciente y deslegitimada y de un incremento estratosférico de los presupuestos …

Desde el inicio de la invasión de Ucrania por Putin se está repitiendo, en Europa y el mundo entero un proceso clásico: cuando suenan las cornetas y las bombas, el espacio para los matices y para expresar posiciones fuera del eje amigo/enemigo se estrecha hasta hacerse casi invivible.

Si salimos de ésta serán dignos de estudiar los mecanismos sociológicos de aceptación de recortes en derechos y en la libertad de expresión, más brutales en Rusia, menos burdos pero inéditos en la UE. Y la legitimación express de una OTAN languideciente y deslegitimada y de un incremento estratosférico de los presupuestos militares, significativamente de Alemania, pero también de varios países europeos: poco margen de aumento hay en España, donde el gasto en armamento es hace décadas un auténtico delirio sin fundamento y una fuente inagotable de fracasos, nepotismo y puertas giratorias.

Pero éste no es un efecto colateral ni indeseado por los actores de una guerra. La exigencia de alineamientos, la compulsión a renuncias impensables en “tiempos de paz” y el señalamiento de toda disidencia interna como “traición” ante la “excepcional maldad” del enemigo, son viejos pero enormemente funcionales para arrasar con toda posición crítica. Tanto que son un enorme incentivo para que el poder elija la confrontación bélica sobre otras opciones, e incluso para que cree las circunstancias que la hagan “inevitable”.

Esos incentivos son demasiado poderosos para ignorarlos, obviamente para Putin, pero también para los poderes económicos que pugnan por mantener el dominio en la UE: como desarrollara Naomi Klein en ‘La doctrina del shock’ -pero ya sabíamos en Europa desde 1914- no hay mejor mecanismo para disciplinar a la población que una catástrofe, bélica o no.

Creemos que hoy un incentivo de primera magnitud para que las élites europeas promuevan nuestra implicación bélica en Ucrania es ese disciplinamiento de la población Europea: mediante la enésima creación del enemigo externo, pero también mediante el señalamiento y el dinamitado de las fuerzas transformadoras como “enemigo interno”, que realmente lo son para tales élites.

El señalamiento lleva semanas en marcha: mintiendo sin ningún fundamento pero mucha repetición sobre el “comunismo” de Putin, pero muy especialmente intentando asimilar a las fuerzas transformadoras con la ultraderecha pro-Putin, en una readaptación del clásico “los extremos se tocan”, que en España intenta igualar al fascismo con Unidas Podemos y el resto de fuerzas transformadoras.

Aunque se haga desde este espacio político una condena rotunda de la invasión, cualquier crítica a los incentivos a la escalada por parte de la UE, cualquier análisis del papel histórico de la OTAN tras la disolución de la URRS, cualquier referencia a los 8 años de conflicto en Donbas son acusados de “argumentario ruso” y asimilados a la ultraderecha europea.

Se trata de un indisimulado intento de expulsar de la respetabilidad democrática a todo lo que quede a la izquierda del social-liberalismo. Porque para las élites europeas (y qué decir de las españolas) siempre serán preferibles las grandes coaliciones o los pactos con la ultraderecha que unas fuerzas tranformadoras contemplables como alternativa.

En la pugna por zafarnos de esa deslegitimación lo peor que podríamos hacer sería importar a las fuerzas políticas transformadoras la polarización y la exigencia de alineamientos que la guerra está extendiendo por Europa entera.

Hay una posición común en Unidas Podemos y las fuerzas de izquierda sobre la necesidad de la resolución diplomática del conflicto, la necesidad de desvincular a Europa de los intereses de USA, la posibilidad y la necesidad de compatibilizar las soberanías con los no alineamientos en el este de Europa, la defensa de los Derechos Humanos en el conjunto de Ucrania… incluso sobre la urgencia de ofrecer mediación, acompañamiento o mecanismos efectivos de garantía internacionales para los acuerdos de Minsk o los que los sustituyan.

Y sí, ha habido distintas posiciones sobre el envío de armas a Ucrania, pero incluso en esta cuestión hay acuerdo en esas distintas posiciones en que tal envío será irrelevante para determinar el curso de la guerra. A partir de ahí hay diferencias de posición de limitada relevancia práctica: unas teóricas sobre la cuestión del militarismo, otras sobre lo que merece o no la pena plantear como divergencias dentro del gobierno de coalición y sobre cómo comunicarlas. Además, por supuesto, tenemos múltiples vías para defender cada cual su enfoque de lo que debe ser la traducción del “No a la guerra”: quizá deberíamos preguntarnos si nuestra escasa capacidad de transmitir esos enfoques a la movilización social en la calle y las redes es lo que nos empuja a una pelea infructuosa en Unidas Podemos sobre cuál ha de ser nuestro enfoque en un gobierno del que es socia minoritaria.

Sí, debemos defender un pacifismo coherente, no para tranquilizar nuestras conciencias, sino por su efecto sobre la vida y la muerte de millones de personas: cientos de millones si la escalada llega a su extremo.

Quienes firmamos estas líneas creemos que ese pacifismo pasa por liderar en Europa una apuesta decidida por la negociación que no le ahorre a la UE sus responsabilidades, por extender una cultura de la neutralidad no como pérdida de soberanía sino como triunfo de la verdadera independencia, por un impulso a políticas de reducción del gasto militar, por una apertura a la población refugiada de todos los conflictos más allá de la vergonzosa acogida selectiva… y sí, también apostamos por no contribuir a la prolongación de la guerra con el envío de armas y por legitimar y promover la desmilitarización y la deserción. Y lo podemos defender sin culpar a quien no ve clara esa apuesta de ser poco menos que Aznar.

Porque queremos empezar esa deserción por nuestra propia casa: animamos a desertar de todas las guerras, incluida una guerra absurda para ponernos la medalla de la más pacifista o la más “responsable”. Animamos a desertar de ésta y de las demás guerras en el seno de las fuerzas transformadoras si queremos que nuestro pacifismo pase un día de la pureza de las palabras a la imperfección de los hechos; animamos a desertar del uso de cada polémica en asuntos fuera de nuestro control para vapulearnos mutuamente si no queremos acabar, antes de empezar a construirlo, con cualquier proyecto de esperanza cuando más la necesitamos en España y en Europa.

 

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