Ecología

¡Cuidado, qué viene el pollo!

La eclosión de la cría industrial de aves de engorde y gallinas ponedoras se suma al desmesurado y burbujeante crecimiento del porcino para acentuar los impactos ambientales y socioeconómicos que ya soporta Aragón como consecuencia de este tipo de ganadería
| 7 enero, 2019 07.01
¡Cuidado, qué viene el pollo!
La cabaña de aves de engorde y de gallinas ponedoras acumula un notable crecimiento en los cuatro últimos años en Aragón. Foto: (CC)

La expansión de la ganadería industrial del pollo y la gallina ponedora en Aragón está tomando el relevo a la del cerdo, cuyo crecimiento en los últimos años ha activado las alarmas por los inquietantes impactos que ese crecimiento está comenzando a provocar en el medio ambiente y, también, en las estructuras sociales y demográficas de las zonas rurales en las que pervive la cría extensiva de ganado.

El Gobierno de Aragón ha autorizado en tres años, desde septiembre de 2015 al mismo mes de 2018, un total de 106 granjas con capacidad para engordar 1.833.736 pollos y hasta 111 cuadras de gallinas ponedoras con permiso para explotar 363.592 aves, según explica el consejero de Desarrollo Rural y Sostenibilidad, Joaquín Olona, en su respuesta a una pregunta parlamentaria de la diputada autonómica de IU, Patricia Luquin.

La primera cifra supone la crianza de más de nueve millones de pollos al año (18.000 toneladas de carne), ya que las granjas llegan a realizar al menos cinco ciclos al cabo del año, y la segunda, más de cien millones de huevos (la media ronda los 300 por animal, lo que generó una producción de 1.542 millones en 2017). Representan sendos aumentos del 2% y del 29% de las cabañas, que, según los datos del propio Gobierno de Aragón, superarían a fecha de hoy, respectivamente, los 19 millones de pollos (190.000 toneladas de carne) y los 7,4 de gallinas ponedoras (más de 2.220 millones de huevos).

Aunque, en realidad, el balance de la expansión de la ganadería avícola industrial por Aragón en la actual legislatura autonómica es mucho mayor. El consejero asegura en su respuesta que su consejería carece de los datos sobre las granjas de pollos y gallinas “en fase de autorización o ampliación” que había solicitado Luquin, ya que las solicitudes se presentan en los ayuntamientos.

El lapsus del consejero Olona

Sin embargo, una simple búsqueda en el BOA permite solventar, cuando menos de parcialmente, el apagón informativo de la consejería: el boletín revela cómo desde el 1 de octubre de 2018 el Inaga (Instituto Aragonés de Garantía Ambiental) ha autorizado nueve granjas con capacidad para 1,385 millones de pollos y ha iniciado los trámites para otras tres que suman 245.000 y cómo, paralelamente, ha concedido los permisos para tres explotaciones que suman 540.000 gallinas ponedoras y ha comenzado a tramitar los de otras cinco con espacio para 1,89 millones más.

Eso sitúa la expansión de la cabaña autorizada bajo el mandado de Olona en 3,2 millones de pollos y algo más de 900.000 gallinas, a los que se suman los más de dos millones en trámite hasta principios de este 2019.

¿Y para que quiere Aragón tanto pollo y tanto huevo? Para exportarlos, como ocurre con la carne de cerdo, ya que se trata de dos productos ganaderos cuya demanda interior lleva años en descenso.

El consumo de la primera se redujo un 13% en cuatro años (de 2012 a 2017), según los datos del Ministerio de Agricultura para caer por debajo de las 600.000 toneladas, mientras el de los segundos, según la Encuesta de Presupuestos Familiares del INE (Instituto Nacional de Estadística), descendía un 8% en el mismo periodo para situarse en 5.872 millones. Es decir, que el sector avícola aragonés tendría suficiente capacidad, por sí solo, para cubrir casi un tercio y cerca de la mitad de ambas demandas.

Demanda externa e interna en retroceso

“El consumo de carne fresca de pollo en España mantiene desde el año 2012 una tendencia descendente”, constata el Ministerio de Agricultura, que llama la atención sobre el descenso del 7,67% registrado en 2017 en el volumen de las exportaciones tras haber decidido el Gobierno de Sudáfrica, primer consumidor de pollo español, “prohibir las importaciones de carne de ave procedentes de la UE, por motivos sanitarios (por los múltiples brotes de gripe aviar durante la primera parte del año en varios estados miembros)”.

“El sector no ha podido compensar el cierre de este destino con la apertura de otros nuevos, lo que ha hecho caer las exportaciones”, añade el informe, que alerta de la necesidad de “prestar especial atención a la situación del comercio exterior (que va a ir íntimamente ligada a la situación sanitaria) y al precio de las materias primas de los piensos, que pueden afectar a los márgenes de la actividad”.

Pese a ese inquietante análisis, con caídas de la demanda a ambos lados de las fronteras estatales, la avicultura continúa en plena expansión en Aragón, con casi 200 nuevas granjas en menos de tres años, mientras, por el contrario, la expansión del porcino comienza a ralentizarse coincidiendo con el segundo año consecutivo de ‘pinchazo’ de las exportaciones a China: el negocio se ha reducido un 20%, de 388.331 toneladas por 618,9 millones en 16.570 operaciones en 2016 a las 245.741 por 332,5 en 10.602 de los primeros nueve meses de 2018, según los datos de la Cámara de Comercio de España y la Agencia Tributaria.

El sonido burbujeante y la deriva que están tomando de ambos sectores agropecuarios en la comunidad le provoca a Luquin “mucha preocupación”, ya que “la extensión de la ganadería intensiva está llevando al abandono de la extensiva, que sí vertebra el territorio y fija población, sin que el Gobierno de Aragón tenga una visión estratégica a medio y largo plazo en este tipo de temas ni le dé apoyo político y presupuestario ni apueste por mantenerla”.

Los impactos ambientales

“Primero fue el ‘boom’ del porcino y ahora viene el del pollo, que son burbujas: pan para hoy y hambre para mañana”, explica Luquin, que destaca que “al carecer de instalaciones y de capacidad de manufacturación en Aragón, perdemos el valor añadido de la industria agroalimentaria mientras aquí se quedan los purines y la gallinaza, algo que ya está provocando graves problemas de contaminación el ríos y acuíferos”.

Ese deterioro ambiental está constatado en los seguimientos que realizan los técnicos de la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE), cuyo último Informe Cemas (Control del Estado de las Masas de Agua) alertaba de la contaminación por nitratos de origen ganadero en once tramos de río y 36 sistemas subterráneos (un tercio del total) entre los que se encuentran el Tastavins turolense, el zaragozano Arba de Luesia, los barrabcos oscenses de La Violada, Valcuerna y la Clamor Amarga, el aluvial del Ebro en Zaragoza y entre Tudela y Alagón y los acuíferos de Alfamén, el Moncayo, el Maestrazgo, Beceite y la laguna de Gallocanta.

Según la tabla de equivalencias con la que el Gobierno de Aragón calcula los residuos que genera la actividad ganadera, la gallinaza que la cabaña de pollos y gallinas produciría al cabo del año contendría más de 5.300 toneladas de nitrato puro.

Rosa Diez Tagarro, secretaria de la Plataforma Loporzano SIN Ganadería Intensiva y coportavoz de la Coordinadora Estatal Stop Ganadería Industrial, llama la atención sobre otro de los efectos ambientales de la avicultura industrial. “Nos preocupa especialmente el tema del amoníaco. No puede hablarse, como hace el Gobierno de Aragón, de luchar contra el cambio climático y, al mismo tiempo, permitir una proliferación desmesurada de un sector que en España es el responsable, aproximadamente, del 21 % de las emisiones de amoniaco de la ganadería industrial, a la que se atribuye el 94 % de las declaradas”.

Entre los efectos de las emisiones de amoniaco se encuentran “la acidificación de los ecosistemas y la multiplicación de la creación de micropartículas en suspensión, de efecto muy irritante para las vías respiratorias en el caso de la población cercana. Además, su producto de degradación es el óxido nitroso, un gas de efecto invernadero mucho más potente que el CO2”.

La coordinadora ya denunció en noviembre en el Parlamento Europeo que “España vulnera el límite de emisiones de amoniaco, debido a la proliferación de la ganadería industrial, desde que Europa estableció un techo en 2010”, señala.

Un valor añadido que emigra

Paralelamente, los datos sobre producción y sacrificio de animales, desequilibrados en el caso del porcino ante la escasa capacidad industrial de los mataderos de Binéfar, Zuera y Ejea, alcanzan un nivel de bochorno (“desazón o sofocamiento producido por algo que ofende, molesta o avergüenza”) en el caso del sector avícola, donde, con 18,5 millones de plazas y un potencial productivo de 185.000 toneladas, el volumen que pasa por las salas de matanza y despiece locales lleva una década por debajo de las 2.000.

La comunidad autónoma tiene cada vez más aspecto de estar convirtiéndose en uno de los establos del país, que soporta los efectos de los vertidos de purines y la emisión de gases de efecto invernadero de la actividad ganadera mientras, después de dejar un pequeño beneficio en el territorio, el grueso del negocio se traslada a otras zonas que dejan así de sufrir la huella ambiental de esa comunidad.

“No se está abordando con seriedad el tema de los purines por parte del Gobierno de Aragón, apenas hay control”, denuncia la diputada, que muestra, al mismo tiempo, su preocupación por el futuro de las explotaciones extensivas, especialmente en las áreas de influencia de los grandes mataderos. “Nos preocupa que vayan a acabar con ellas”, señala.

La lluvia de enterococos resistentes

Díez, por su parte, añade otro factor a la lista de riesgos para la salud de la avicultura intensiva: la resistencia a los antibióticos, “que en 2050 podría causar, según la OMS (Organización Mundial para la Salud), más muertes que el cáncer”.

La coportavoz de Stop Ganadería Industrial hace referencia a un estudio realizado en el año 2000 por la Escuela de Salud Pública Johns Hopkins Bloomberg, que detectó en el interior de automóviles que circularon con las ventanillas bajadas tras la estela de camiones que transportaban pollos la presencia de enterococos resistentes, “un grupo de bacterias que cada año causa unas 20.000 infecciones en EEUU. “A esto están expuestas las personas que viven cerca de las explotaciones avícolas o que transitan por las carreteras de Aragón”, anota.

Por último, llama la atención sobre las condiciones de bienestar animal en las que viven las aves de granja. “Una gallina pasa toda su vida en el espacio de un DIN-A4, sin poder batir las alas ni desarrollar otros comportamientos naturales, y en cada metro cuadrado de una explotación avícola industrial caben doce pollos en su peso máximo al final del ciclo de engorde. Su sufrimiento es enorme y fácil de imaginar”.

7 enero, 2019

Autor/Autora

Periodista. @e_bayona


Twitter
Facebook

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

CERRAR