El asunto de Murcia ha destapado, de nuevo, la basura, cada vez de más grosor y más pútrida, en una sociedad cuyo grado de enfermedad roza la cronicidad.
Hechos innegables parecen ser la corrupción del gobierno murciano, la ocasión para que el Pisuerga bañe las orillas de la capital murciana, en vez del río Segura, calculado entre bastidores por unos “naranjitos” que se llaman neoliberales y los de una rosa marchita que se bautizan como social-demócratas.
Si esto ocurre en un Gobierno en el que eres parte, la regeneración política parecería conducir a que Ciudadanos denunciara la corrupción en el mismo Gobierno que mantienen y lo dejara de amparar “ipso facto”, separándose, dejándolo aislado y no interponer una moción de censura contra ellos mismos cambiando cromos.
Si, además, este mercachifle supone la compra-venta de escaños —yo te doy mi voto pero tú me das…— y la sociedad, el tinglado político en el que se sustenta todo este meollo, acepta este “modus operandi” sin ponerse rojo de vergüenza y actuar en consecuencia, es que ese mundo está enfermo, cada vez más enfermo.
Y no es que señalemos a la pandemia por ello; el Covid19 es un sencillo resfriado si lo comparamos con ese nivel patógeno.
Si un partido, el Popular en este caso, compra voluntades de diputados —con la misma facilidad con que alguien adquiere zanahorias o calabazas— en el mercado de legisladores y se vanagloria de ello, es que este partido no es solo corrupto, también está enfermo, contagiado del virus más letal que puede afectar a la democracia: la putrefacción moral.
Pero, en el más difícil todavía, si una parte de la sociedad, una porción de los votantes que lo hacen a esta formación infecta, justifican esta compra-venta de voluntades, se alegran de esta operación negra de ingeniería genética que los Teodoros de marra consiguen, es que no solo está enferma una parte, es que la propia democracia ha comenzado a enfermar.
Días atrás, una parte de esta sociedad, la más farisaica, la que saca prebendas, la mediática financiada, los financieros que costean mentiras, se escandalizaba cuando se ponía en entredicho nuestra calidad democrática.
Si comprar escaños de viles diputados, venderlos como si fueran platos de lentejas, fomentar estas prácticas y festejarlas con champán, si una parte considerable de la sociedad, de esa que luego votará a cualquiera que crea defender, aunque sea de manera espuria, sus intereses de grupo, se manifiesta alborozada por estas prácticas, es que esa democracia no es tal, es de tal mediocridad, de tan baja estofa, que puede atestiguarse que está enferma.
Creo, sinceramente, que si el partido que piensas que defiende el interés general, la mejora de la mayoría, el bienestar del planeta, entrara en esas prácticas tan deshonestas como fétidas, la obligación de cualquiera que entiende la democracia como bien mayor, sería la de votar a cualquiera menos a ese partido, sea de izquierdas o de derechas.
Y si, por una de esas casualidades, no hubiera ninguno y todos hubieran caído en ese tipo de prácticas deshonestas, corruptas, perversas, indecentes, infectas, pútridas, es que, entonces, la democracia estaría tan grave que deberíamos echarnos al “monte” de la libertad que estará, seguro, muy lejos de ese tipo de sociedad.
Mientras tanto, si la enfermedad existe, pero con la posibilidad de que no todos los partidos defienden estas prácticas, hay que denunciar estas barbaridades que carcomen, poco a poco y mucho a mucho, la decencia democrática. Pedir a las personas de buena voluntad, de cualquier orientación, esas que creen que la democracia real y formal es la mejor opción para relacionarnos en paz, dejen de votar a tales formaciones que son un semillero de virus, de violencias mucho más letales para el futuro de la humanidad que todos los covid19 del mundo.


