Se veía venir. El señor Trump, un individuo que, probablemente, se merece mucho más un puesto en la cárcel que un sillón de Presidente, ha tensado la cuerda hasta que ha saltado. Numerosos grupos de ultraderechistas, de gentes más próximas a los nazis que a cualquier forma democrática, al compás de su líder, actual presidente de los Estados Unidos, siguiendo sus consignas, sugerencias y sus tuits, han asaltado el Capitolio.
Es un acto que se asemeja a un golpe de estado en cualquier república bananera o a la puesta en marcha de los Sturmabteilung, grupos de asalto del NSDAP, de un nuevo Hitler de nuestro tiempo.
Es el penúltimo acto de fuerza de un individuo que representa la mayor parte de lo que simboliza el fascismo, de un individuo que personifica, como nadie, a un nuevo Hitler en el escenario insólito de los Estados Unidos.
El acto extremo de quien no reconoce la victoria de los votos, la representatividad de las personas, que exalta la violencia, que se arropa en las banderas, que insulta a las minorías y a los emigrantes acusándoles, falsamente, de las consecuencias de su propia ineptitud.
Es la verdadera cara del fascismo, lo mismo en Washington, Berlín, Madrid, Roma, da igual bajo qué bandera se cobije.
¿Nos suena este discurso?
En nuestro país, algunos líderes ultraderechistas del Partido Popular —de un partido que debería ser democrático, pero que adolece mucho de ello—, encabezados por un tal Pablo Casado, arropados por otro partido representante de la derecha más extrema, los mismos que armonizan, perfectamente, con los asaltantes del Capitolio, no reconocen la victoria de los votos en nuestro país, no reconocen la representatividad de las personas que nos gobiernan por la fuerza de los votos, crispan cualquier sesión del Parlamento, se arropan en banderas mientras disculpan, o no dicen nada, ante la estulticia de las gentes que roban o prevarican, cargan las tintas y las causas de los problemas a las minorías sean estas catalanas, vascas o las que encarnan los ocho millones de inmigrantes que trabajan, o quieren trabajar, en nuestro país.
¿Suena este discurso de hoy, aquí mismo, en Madrid, en el Congreso, en España?
Si nos suena, que creo que sí, tendremos que poner nuestras barbas, las de aquí, a remojar.


