El filósofo y sociólogo César Rendueles (Girona, 1975) presentó el pasado 19 de abril, en el Ateneo Laico Stanbrook de Zaragoza su último libro 'Comuntopía' (Akal, 2024). Rendueles, autor de ensayos como 'Sociofobia' (Capitán Swing, 2013), 'Capitalismo canalla' (Seix Barral, 2015), 'En bruto' (Catarata, 2016), 'Los bienes comunes' (Icaria, 2016) y 'Contra la igualdad de oportunidades' (Seix Barral, 2020), es un relevante pensador y ensayista que ofrece reflexiones y claves de la sociedad actual. Dialogamos con él.
Hablas en el libro de que los comunes son instituciones sociales colaborativas que regulan recursos de propiedad colectiva. También hablas del paraguas de 'lo común' como aglutinante de energías utópicas de movimientos dispersos. ¿Por qué crees que tiene tanta fuerza la idea de los comunes?
En primer lugar, la idea de lo común evoca un horizonte compartido por gente procedente de tradiciones políticas muy distintas y comprometida con la igualdad, el antiimperialismo o el ecologismo. Es un término poco conflictivo y sugerente que tiene connotaciones utópicas muy positivas. En segundo lugar, los comunes son experiencias reales de gestión cooperativa de recursos importantes para la vida que se han dado muchísimas veces a lo largo de la historia. Y esa es una herencia que nos ayuda a ver más allá de las formas de propiedad que dominan en nuestras sociedades.
Por un lado, las experiencias de propiedad colectiva son muy diversas y de ningún modo se limitan a la propiedad público-estatal a la que estamos acostumbrados. Pero también las formas de propiedad privada han sido mucho más ricas de lo que habitualmente imaginamos y a menudo han estado condicionadas a su utilidad social. Propiedad colectiva no significa tener que compartir tu cepillo de dientes y propiedad privada no significa necesariamente que puedas hacer lo que te dé la gana con cualquier cosa que poseas como, por ejemplo, una vivienda o unos terrenos.
"Todas las formas organizativas tienen limitaciones, también la autogestión comunal"
En el epílogo de tu libro dices: "Para alguien que viva en un país con servicios sociales públicos avanzados -sanidad, educación, transporte, vivienda [...] y en los que incluso se ha dado pasos significativos en la democratización de las instituciones burocráticas, seguramente no está tan claro el beneficio de optar por modelos paraestales". ¿Podrías profundizar en esto?
En lugares donde apenas hay servicios públicos y el Estado desempeña un papel casi exclusivamente represivo y extractivista es muy razonable apostar por la autoorganización comunitaria. En cambio, en sitios con una institucionalidad pública sólida, los comunes tradicionales pueden ser vistos como un paso atrás, en el sentido de en que en una sociedad de masas cualquier iniciativa comunal universalista va a necesitar de algún tipo de estructura organizativa con al menos algunos rasgos de las instituciones públicas que conocemos hoy.
A partir de cierto umbral, la gestión colectiva de servicios técnicamente complejos hace inevitable algún grado de racionalización, jerarquía e impersonalidad: una red ferroviaria, el suministro eléctrico, un sistema sanitario... Eso no significa que esos espacios sean impermeables a la democracia y a la deliberación colectiva pero me parece absurdo pensar que se puede organizar un hospital que atiende a decenas de miles de personas como si fuera unos pastos comunales de una pequeña aldea suiza. Todas las formas organizativas tienen limitaciones, también la autogestión comunal. El objetivo de una experiencia exitosa de autogestión no debería ser recrear desde cero un ministerio público, parece más razonable intentar democratizar y mejorar lo que ya existe.
Hace un año en Zaragoza el espacio del Centro Social Luis Buñuel, de propiedad pública municipal y autogestionado por entidades privadas comunitarias, fue desalojado por el Consistorio. ¿Crees que para los proyectos es una debilidad insalvable no ser propietarios de los recursos?
No sé si insalvable pero sí es una debilidad. La propiedad proporciona autonomía, es algo que las élites saben perfectamente. La cuestión es que, como decía antes, propiedad puede significar distintas cosas. La propiedad privada de un local por parte de asociaciones también plantea dilemas, limitaciones y conflictos, distintas que la propiedad estatal pero no necesariamente menores. Los espacios de gestión colectiva parecen un ejemplo inmejorable de la necesidad de contar con un abanico más amplio de formas de control y uso de ciertos recursos socialmente útiles. Necesitamos formas de una comunalidad urbana que no esté supeditada a la discrecionalidad administrativa y a los vaivenes electorales. Y algo así puede tener distintas formulaciones jurídicas.
''Cuando preguntamos en las encuestas, la gente se muestra muy preocupada por el cambio climático. En cambio, cuando les preguntamos qué sacrificios estarían dispuestos a asumir para evitarlo la respuesta es, básicamente, 'nada"
¿Dónde ves los puntos de encuentro principales entre el feminismo y los comunes?
Es difícil responder brevemente porque los puntos de encuentro han sido muchos y diversos. La perspectiva de género ha sacado a la luz dimensiones de los comunes históricos que habían sido pasados por alto por la historiografía tradicional. Creo que eso nos ha hecho entender mejor qué estaba en juego en los procesos de destrucción de los comunes que se dieron en los orígenes del capitalismo.
Otro punto muy importante es el modo en que distintas autoras han señalado cómo el trabajo reproductivo y de cuidados desempeña en el capitalismo un papel similar al de los bienes comunes naturales. En el sentido de que son recursos necesarios para la vida que las empresas vampirizan, por así decirlo.
En otoño pasado el papa Francisco publicó 'Laudate Deum', un mensaje claro en el que señalaba el cambio climático como uno de los principales desafíos a los que se enfrenta la comunidad mundial. ¿Cuáles pueden ser les aliades para la transición ecosocial?
El problema de la crisis ecosocial es que es seguramente el mayor desafío existencial al que se ha enfrentado nunca la especie humana pero la especie humana no tiene ningún tipo de articulación política: una clase social, una comunidad de referencia, un patriotismo verde incluso... Las políticas climáticas generan toda clase de sensaciones de agravio comparativo y resentimiento, a veces justificadas y otras no tanto. Por eso, por ejemplo, damos tanta importancia a los jets privados. Creo que los jets privados son inmorales y deberían estar prohibidos pero la verdad es que sus emisiones de gases de efecto invernaderos son anecdóticas comparadas con las de los coches privados.
Cuando preguntamos en las encuestas, la gente se muestra muy preocupada por el cambio climático. En cambio, cuando les preguntamos qué sacrificios estarían dispuestos a asumir para evitarlo la respuesta es, básicamente, "nada". Lamentablemente, esas son las cartas con las que tenemos que jugar y no tenemos tiempo para otra mano.
"Distintas autoras han señalado cómo el trabajo reproductivo y de cuidados desempeña en el capitalismo un papel similar al de los bienes comunes naturales"
Tu libro está atravesado por la necesidad de una transición ecológica y planteas que no hay tiempo para procesos largos. En este sentido, ¿qué idoneidad tiene la institución de los comunes para la gestión de esa urgencia?
Yo más bien diría que no hay tiempo para centrarnos exclusivamente en dinámicas políticas largas pero eso no significa que debamos renunciar a ellas. La transición ecológica nos exige algo muy contradictorio. Por un lado necesitamos cambios rapidísimos que nos permitan ganar tiempo. Para evitar la catástrofe necesitamos aprovechar cualquier impulso, incluso el que procede de espacios sociales que aborrecemos. Pero al mismo tiempo tenemos que saber que lo único que estamos haciendo es eso: conseguir una prórroga un minuto antes de que acabe el partido. Todo lo importante queda por hacer.
No podemos permitirnos esperar a tener un sistema energético público para impulsar la descarbonización pero sabemos que sin un sistema energético colectivizado esa descarbonización será limitada y llena de injusticias. Las políticas comunales son un horizonte de futuro que nos ayuda a lidiar con esa urgencia contradictoria y dolorosa.
La policrisis ecológica nos plantea el reto de construir una alternativa postcapitalista no basada ya en la promesa del reparto de una abundancia ilimitada, sino en una austeridad justa. ¿Son las políticas de lo común la mejor respuesta para ese futuro que tenemos que crear?
Las instituciones comunes tradicionales proliferaron en sociedades obligadas a sobrevivir en ecosistemas frágiles, en los que el riesgo de sobreexplotación era alto. Que, además, desarrollaron un marco normativo, una cultura, capaz de modular los deseos generando una sensación subjetiva de abundancia sin crecimiento ilimitado. Creo que esa es una herencia valiosa de la que podemos aprender mucho. Al mismo tiempo, me parece poco útil intentar reproducirla sin más. Tenemos que pensar cómo incorporarla y reformularla para que sea provechosa y factible en un contexto histórico distinto, como es el nuestro.

