2 de mayo, Día mundial contra el acoso escolar: el silencio que mata

En Aragón, cientos de niñas, niños y adolescentes viven situaciones de acoso en sus centros escolares cada año. Aunque las cifras se acumulan y los protocolos se activan, muchas veces el sistema llega tarde, minimiza o simplemente no actúa. El bullying no es una travesura, es violencia. Y esa violencia, si no se nombra y se enfrenta, mata.

02 mayo, 2025. 10:34

Durante el curso pasado, en los centros educativos de Aragón se abrieron casi 500 protocolos por posibles casos de acoso escolar. En lo que llevamos del curso actual, ya se superan los 300. Las situaciones afectan mayoritariamente a estudiantes de Secundaria —con especial incidencia en segundo de la ESO—, aunque cada vez se detectan más casos en Primaria e incluso en Infantil. Solo este curso, se activaron tres protocolos en Infantil y siete en primero de Primaria. Las violencias van desde la exclusión social hasta la agresión física o el ciberacoso, pasando por insultos, burlas o amenazas. Y lo peor: muchas veces no se ven, no se creen o no se atienden.

El acoso escolar no es un conflicto entre iguales. Es una forma de violencia que opera en estructuras de poder: se ceba con quienes viven fuera de la norma, con quienes no se ajustan a los moldes de género, con quienes tienen una discapacidad, una identidad diversa, un origen migrante o una situación de vulnerabilidad. Y muchas veces, quienes deberían protegerlas callan.

Dentro de este intento de respuesta institucional además, el Departamento de Educación del Gobierno de Aragón ha comenzado a aplicar dos programas piloto de intervención emocional con un enfoque preventivo: Rebien y Henka. Rebien, implantado en unas 30 escuelas, está dirigido a niñas y niños de Infantil y primeros cursos de Primaria. Se centra en el desarrollo de competencias socioemocionales desde edades muy tempranas, fomentando la gestión de emociones, el respeto mutuo y la resolución pacífica de conflictos. Las sesiones se integran en la vida del aula a través de actividades lúdicas, juegos cooperativos y dinámicas adaptadas a la edad, con el objetivo de prevenir la violencia antes de que aparezca.

Henka, por su parte, está presente en unos 50 institutos aragoneses y se dirige al alumnado de primero y segundo de la ESO. Este programa trabaja con adolescentes para fortalecer su resiliencia, autoestima y salud mental, con especial atención a la prevención del sufrimiento psíquico, la exclusión social y el acoso. Henka se articula a través de sesiones en tutoría, formación específica al profesoras y profesores además de acompañamiento a los equipos docentes, y aborda también los nuevos riesgos de la convivencia digital, como el uso problemático de redes sociales o el impacto de la inteligencia artificial en las relaciones entre iguales.

Se encuentran en fase inicial, su puesta en marcha supone un paso significativo hacia una mirada más integral y estructural de la prevención del acoso, basada en el cuidado emocional, la comunidad educativa como sujeto colectivo y la construcción de espacios seguros. Se espera que, tras la evaluación de esta fase piloto, puedan ampliarse a más centros de la comunidad en los próximos cursos.

Se han implementado planes de convivencia, figuras de coordinación de bienestar, programas de salud emocional, teléfono de ayuda 24 horas y protocolos específicos para situaciones de ideación suicida o violencia de género. Además, se han activado unidades técnicas de salud mental educativa en colaboración con Sanidad. Sin embargo, las familias siguen denunciando que el sistema falla: faltan recursos humanos, los protocolos no siempre se activan con agilidad y aún hay miedo a reconocer lo que ocurre.

De los más de 300 protocolos abiertos este curso, solo en 22 casos se confirmó el acoso. En otros 73 se trataba de conflictos contrarios a la convivencia y 82 fueron archivados por falta de indicios. Pero los números no lo dicen todo. Porque cada notificación implica dolor, sufrimiento, miedo. Porque detrás de cada expediente hay una persona menor a la que le fallamos como sociedad.

En Aragón se ha llegado a registrar, solo en el curso pasado, 649 notificaciones de posibles casos de ideación suicida. En 29 de ellos, el acoso escolar estaba presente como factor desencadenante en otras era uno más de los motivos. Estas cifras deberían provocar una reacción política y social inmediata.

Hay testimonios de niñas que piensan en la muerte con diez años, intentos de suicidio tras meses de hostigamiento, adolescentes apartadas por su grupo, padres que denuncian públicamente la situación tras recibir informes psicológicos que certificaban el daño sufrido por su hija y aún así el centro no reconoce el acoso.

No se puede hablar de acoso sin hablar de salud mental, de soledad, de falta de escucha. Tampoco sin nombrar el adultocentrismo, el racismo, el capacitismo o la transfobia que atraviesan muchas de estas situaciones. Niñas que desarrollan ansiedad, adolescentes que se autolesionan, estudiantes que piensan en quitarse la vida porque se sienten completamente solas. No son casos aislados. No son exageraciones. Son víctimas de un sistema que a menudo normaliza la violencia o la maquilla de "problemas de convivencia".

Las voces de las supervivientes del acoso, de sus madres, de quienes les acompañan, se repiten con una misma petición: que se las escuche, que se les crea, que se actúe. Y también que no se responsabilice a las víctimas del cambio. Que no tengan que marcharse ellas del centro. Que no carguen con la culpa ni con la vergüenza.

Porque el acoso escolar no es una suma de casos aislados. Es un fenómeno estructural que se perpetúa en la falta de formación, en los silencios cómplices, en la lógica punitiva que no transforma nada. Frente a eso, la respuesta debe ser política, comunitaria y feminista. Debe apostar por la educación emocional, por el cuidado colectivo, por la creación de espacios seguros donde todas las personas puedan crecer libres de miedo.

Y sobre todo, debe ser urgente. Porque el acoso escolar no solo duele. El acoso escolar mata. Mata cuando una niña se lanza desde un balcón tras meses de hostigamiento. Mata cuando la ansiedad devora a una adolescente hasta dejarla sin ganas de vivir y llena de cortes. Mata cuando el sistema responde tarde, mal o nunca.

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