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Operación Aigualluts: la guerra del agua de Franco

Arainfo/El Salto Aragón reconstruye a partir de documentos oficiales y confidenciales la crisis diplomática desatada entre España y Francia en los años 50, en la que el franquismo planeó desviar la cabecera del Ésera en Benasque para secar el nacimiento del Garona
| 12 febrero, 2018 07.02
Operación Aigualluts: la guerra del agua de Franco
Foto: Ana Blanco

Las aguas de los neveros del Aneto y La Maladeta que los arroyos de Barrans y de La Renclusa vierten en los ‘foraus’ (agujero, en patués) del mismo nombre y de Aigualluts, en el bucólico y recóndito valle glaciar pirenaico de la punta noreste de Aragón, fueron a mediados de los años 50 el centro de un conflicto internacional entre la España de Franco y la agonizante Cuarta República francesa de René Coty.

¿Rescate o secuestro? ¿Represalia o provocación? El Salto/Arainfo saca a la luz pública los legajos que custodia la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE) y desvela los inéditos documentos confidenciales y los trabajos técnicos del disparatado plan del franquismo para secar el nacimiento del río Garona mediante un trasvase en Benasque, con un pantano en los Llanos del Hospital, como respuesta al intento de Francia de desviar de su cauce las aguas del lago Lanós (Lanoux, en francés), en la cabecera del Segre, para producir electricidad.

“Lo que sí es seguro es que los franceses, que conocen perfectamente la importancia de los caudales que pasan subterráneamente al Garona desde la alta cuenca del Ésera, no querrán dar motivo para que se lleve a cabo dicho rescate por España”, alardea un informe confidencial del Ministerio de Asuntos Exteriores fechado el 23 de mayo de 1955, que se refiere a “la inquietud que muestran” ante esa amenaza como “lo único eficaz para frenar sus deseos de aprovechamiento en su propio beneficio y en perjuicio de España de las posibilidades que ofrece, para regulación y reserva, el Lago Lanós”.

El dictamen era elevado a “la superioridad” para que esta decidiera “sobre el mejor camino para defender los derechos de España ante la insólita pretensión de Francia de desviar las aportaciones del Lago Lanós de su curso natural”.

Sin embargo, el proyecto, todo un síntoma de la política hidráulica del franquismo, tan economicista como ajena a principios hoy básicos como el respeto a la unidad de cuenca y al medio ambiente, no solo no era lo más adecuado sino que suponía esgrimir una tropelía ante una iniciativa legal: el Tribunal Internacional de Arbitraje de Ginebra, a cuyo criterio habían aceptado someterse un año antes ambos Estados, tras la mediación del rey Gustavo Adolfo VI de Suecia, dictaminó el 17 de noviembre de 1957 que los planes de Francia no vulneraban el Tratado de Bayona ni su Acta Adicional, los acuerdos que en 1866 fijaron la frontera entre los dos y establecieron las normas de aprovechamiento de las aguas fronterizas.

“Una derivación con restitución, como la considerada en el proyecto francés, no altera un estado de cosas ordenado en un función de las exigencias de la vida social”, resuelve el laudo, que concluye que el Estado francés “no comete ninguna violación de las previsiones del Tratado de Bayona al trabajar, sin el acuerdo previo de los gobiernos, en el aprovechamiento de las aguas del lago Lanós en las condiciones notificadas al gobernador civil de Girona el 21 de enero de 1954”. Esa resolución, que dejó al franquismo sin pretextos, acabó dando lugar a una comisión internacional que supervisa la explotación del lago, y que se ha convertido en un referente mundial en materia de aguas transfronterizas.

Secretos del Pirineo

El escenario pirenaico del conflicto incluye claves geográficas poco conocidas. Una consiste en que el río Garona, que desemboca en el Atlántico al oeste de Burdeos tras recorrer un millar de kilómetros a los pies de la cara norte del Pirineo, comparte nacimiento con el Ésera en los neveros de La Maladeta y el Aneto, desde donde el agua se filtra hacia el valle de Arán por galerías de roca caliza. Otra, que el Segre sea uno de los ríos más internacionales de Europa al nacer en Francia y recoger caudales andorranos antes de atravesar la provincia de Lleida y desembocar en el Ebro en Mequinensa.

El punto más elevado y norteño de la cuenca del Segre se halla en el lago Lanós, el mayor ibón de la cordillera, que en los años 50 ocupaba 86 hectáreas a 2.213 metros de altitud entre los picos de Puymorens y Carlit, en el departamento de los Pirineos Orientales. Su única salida de agua, por una estrecha vaguada, alimentaba el nacimiento del río Carol o Arabó, que tributa su caudal al Segre junto a Puigcerdà.

En 1949, Francia retomó un proyecto que había abandonado a principios de siglo, tras la primera guerra mundial y en vísperas de la segunda: represar el lago y trasvasar sus aguas al río Ariége para turbinarlas antes de devolverlas al Carol por un túnel. El Eliseo volvió a plantearlo en 1949, aunque tardaría cinco años en lanzarlo. Lo hizo con la carta que el prefecto de Pirineos Orientales envió el 21 de enero de 195 al gobernador civil de Girona, en la que le proponía que el Gobierno español precisara, “justificándolas”, las “indemnizaciones legítimas” que considerara que debía generar una infraestructura de este tipo.

La carta desató la manía persecutoria propia del franquismo, con un proceso de información pública en la cuenca del Segre que arrojó los resultados previsibles: iba a ser difícil controlar cuánta agua salía del Lanós y cuánta regresaba al Carol, el control de las eventuales compensaciones tendría “extraordinaria complejidad”, “dificultad del control” e “imposibilidad de garantía” en una situación de “tirantez diplomática” y, por último, el proyecto generaba “contingentes peligros para intereses primordiales para España” como los riegos de la ribera del Segre, que podían quedar “a merced de una maniobra errónea”. Así lo indica un dictamen del Ministerio de Obras Públicas fechado el 13 de mayo de 1955, que, tras anotar que España “no ha pretendido en ningún momento la desviación” de ningún río transfronterizo, consideraba “pertinente” comunicar a Francia “la necesidad de suspender los trabajos en tanto no se llegue a un acuerdo”.

El documento avanzaba la respuesta del régimen franquista: tras comparar los túneles que proyectaba Francia con “una galería subterránea que permitiera en un momento dado volar un baluarte del país vecino” y apuntar que “con un simple manojo de llaves y compuertas (…) se podría producir el enorme perjuicio de dejar seco el río Carol”, Obras Públicas, que acusaba a Francia de interpretar “caprichosamente el acta adicional al Tratado de Límites”, apelaba a “una prudencia elemental [que] nos ha obligado a preparar el estudio del proyecto de rescate de las aguas de la cuenca alta del Ésera para la vertiente ibérica con obras de coste insignificante en comparación con el rendimiento que han de producir tanto el aumento de energía eléctrica como en rendimiento de los riegos” del Canal de Aragón y Catalunya. Admitía, no obstante, que “esa ruptura recíproca del statu quo no favorecería nada la tranquilidad de los usuarios de ambos países, ni las buenas relaciones de vecindad entre ellos”.

Un valle de galerías y simas

Foto: Ana Blanco

Foto: Ana Blanco

El proyecto, en la que los ingenieros de la CHE admitían desconocer de qué cantidad de agua estaban hablando (“carecemos de aforos directos sistemáticos de las aguas que pretendemos aprovechar y hemos de calcular indirectamente las aportaciones”, señala la Memoria), consistía en “desviar las aguas del arroyo de Barrans mediante una presa” para “conducirlas en canal en túnel [de 5 kilómetros] por la ladera izquierda del valle” y verterlas hacia la zona del Hospital “aprovechando el desnivel de 348 metros en la producción de energía eléctrica en una central situada en este llano”, en lugar de cuyo actual complejo turístico, estación de esquí de fondo incluida, habría hoy un embalse de haber prosperado aquellos planes. “Las aguas del arroyo de La Renclusa serían también captadas mediante una presa y conducidas al túnel anterior por un pozo”, añadía.

El arroyo de Barrans, que recoge el deshielo del Aneto, el Salencas y el Tormentas, se pierde con el arroyo Mulieres por la cascada del Aiguallut, cuyo Forau se sitúa a una altitud de 1912 metros. El de La Renclusa, que se alimenta del agua de La Maladeta, lo engulle otro agujero situado a 2.100 metros de altitud, antes del cual llegaron a construirse un muro y un pequeño azud para desviar el caudal.

Mientras una parte del agua de esos arroyos viaja varias decenas de kilómetros a través de galerías kársticas hasta el paraje conocido como Els Ulls del Jueu, en el valle de Arán, donde aflora como cabecera del Garona, otra reaparece como Ésera en el llano de los Estanques, una “zona llena de embudos de absorción” y con varios ibones en la que su curso aparece y desaparece varias veces antes de bajar al Llano del Hospital, donde recoge otras fuentes y toma forma de río.

“Consideramos además conveniente desviar estas aguas, puesto que los caudales que se sumen por las simas antes citadas son cada vez mayores por efecto de la disolución que las aguas de la montaña efectúan en las calizas en que está abierto el conducto subterráneo por el que circulan”, señalan los ingenieros, que destacan que “estos caudales, por proceder de los deshielos, tienen la ventaja de tener su máximo valor en los meses de verano y resulta muy conveniente llevarlos íntegramente al río Ésera para poder incrementar los caudales de estiaje de este río y atender así mejor la demanda” del Canal de Aragón y Catalunya, que riega algo más de 100.000 hectáreas en las provincias de Huesca y Lleida.

Con un presupuesto de “unos 40 millones”, según un informe del Ministerio de Exteriores, el franquismo pretendía desviar un caudal máximo de 10.000 litros por segundo para turbinar 2.500 y obtener con ellos “una producción mínima anual de 16 millones de kilowatios.hora”. “Solamente la energía obtenida en este primer salto compensa ampliamente el gasto”, añadía.

¿Contrapartida o proyecto aplazado?

Ahí estaba la clave. El proyecto de secar la cabecera del Garona y trasvasar los arroyos para aprovechar sus aguas en Huesca no era en realidad una respuesta a los planes de Francia con el Lanós, sino un proyecto español que llevaba décadas en ‘stand-by’.

Una nota confidencial de Exteriores fechada el 25 de junio de 1953, meses antes de la carta del prefecto al gobernador, “encarecía la conveniencia” de preparar proyectos para desviar aguas de ríos que fueran a Francia “en forma de que su desviación pudiera servirnos de contrapartida a la obra de desviación del Lago Lanós que pretende realizar Francia”.

En vísperas del periodo desarrollista, los servicios de inteligencia consideraban el proyecto “francamente favorable para España, aun teniendo en cuenta las pérdidas de energía y de caudal de agua con destino a riego” por el desvío del Lanós, ya que el vertido de esos inconcretos caudales al Ésera iba a permitir elevar de 250 millones de kilowatios anuales a 1.300 la producción hidroeléctrica de todo el río, lo que daría, incluso, para compensar las pérdidas de las centrales de la cabecera del Garona.

Y, al mismo tiempo, revelaban que el Estado se había reservado esa opción hacía tiempo, ya que las concesiones a la compañía eléctrica Aragonesas en la cabecera del Ésera dejaban a salvo esa recuperación. “Para no dar pretexto a la nación vecina para desviar en su provecho las aguas del lago Lanós”, indicaban. U, obviamente, para disponer de una contrapartida o, incluso, de una reserva estratégica.

“No es suficiente para el debido respeto a los intereses españoles (…) el que se ofrezca (con soluciones de extrema complejidad) el devolver al Carol los mismos caudales desviados” previamente para producir energía en Francia, argumentaba el informe, que reservaba un breve espacio para una justificación de tono algo vergonzante junto a la euforia energética: “España no sacrificaría voluntariamente a los ribereños del Segre para obtener una mejora en favor de los usuarios del Ésera”, sostenían, aunque su Gobierno parecía no tener muchos remilgos si lograba cargarle a Francia el muerto de haber movido la primera ficha.

En 1962, EDF (Electricitè de France) había convertido el lago Lanós en un embalse hidroeléctrico, con una presa de 75 metros de altura que casi duplicaba su extensión (hasta 158 hectáreas) y que había triplicado con creces su capacidad (de 20 a 70 hectómetros cúbicos), mientras la mediación internacional había dejado al franquismo sin pretextos para alterar el curso natural de las cabeceras del Ésera y el Garona.

12 febrero, 2018

Autor/Autora

Periodista. @e_bayona


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