Falleció la arquitecta Zaha Hadid, artífice, aunque en realidad ni firmó el proyecto, del Pabellón Puente de la Expo 2008 zaragozana.
Descanse en paz esta arquitecta a la que se le ha adjudicado el adjetivo de polémica entre otros. Para mí la polémica es simple: si tus edificios no son funcionales no eres un buen arquitecto. Desde ese punto de vista, el de un zoquete si ustedes quieren, la obra de Hadid me parece una carísima tomadura de pelo. Otra cosa es el hecho de que una mujer haya entrado en un mundo tan masculino como es el de la arquitectura, más aún siendo de origen iraquí y musulmana, pero este artículo pretende una mirada a su obra, no a su persona. Tampoco quiero entrar en el sentido estético de las construcciones. Cada uno tiene sus gustos, pero no por tener formas absolutamente imposibles y materiales caros resulta más atractivo un edificio.
Si miro su obra en Zaragoza, veo un puente de ningún sitio a ninguna parte, que triplicó costes y que requirió batir el récord estatal de cimentación (70ms se hunde el hormigón en el lecho del río) amén de influir sobre la corriente del Ebro contribuyendo a deteriorar las orillas y a generar islas artificiales en el cauce. 8 años después de su construcción aún se sigue buscando una utilidad al mamotreto y su mantenimiento tampoco se antoja barato.
Si miramos el entorno, el Pabellón Puente tampoco desentona en el contexto del recinto Expo donde se acumulan los edificios absurdos y esencialmente inútiles. Tenemos desde un rascacielos hueco, que aunque se llame Torre del Agua es la torre del aire más bien. También un edificio de otro arquitecto estrella, Patxi Mangado, un Pabellón de España que permanece vallado porque se caen piezas de su fachada. Justo al lado el Pabellón de Aragón con el que la DGA reconoce no saber qué hacer pues reconvertirlo en superficie útil es tan costoso como su propia construcción.
Pero por supuesto no es el único edificio emblemático, aunque estrambótico me parece un adjetivo más adecuado, en nuestra ciudad ni tampoco en Aragón. Es muy popular en Zaragoza el Museo Pablo Serrano, también conocido como el transformer, todo un ejemplo de edificio inmenso, caro y que pasa por audaz pero no es más que el enésimo ejercicio de lucimiento de un arquitecto, en este caso José Manuel Pérez Latorre.
Pasen y vean el mundo de la arquitectura con ínfulas. Ningún arquitecto sin su propia Torre Eiffel.
Son la herencia de un tiempo en que se da por bueno que el dinero público financie obras que son más esculturas practicables que edificios útiles a un propósito.
Y no es por encarnizarme con la sra Hadid, pero a un paso de aquí perpetró otros estropicios. Entre otros méritos destacan dos proyectos empezados y demolidos finalmente por ser inviables económicamente, uno en Sevilla y otro en Barcelona, además de varios edificios descartados de antemano por su coste astronómico. Otro proyecto de la arquitecta es la isla de Zorrotzaurre en Bilbo. Desde 2003 llevan a vueltas en el consistorio bilbaino con este despropósito que va a costar un dineral y genera un fuerte impacto ambiental.
Por supuesto Zaha Hadid no es la única representante de su especie, de hecho son una verdadera plaga los arquitectos estrella. Por lo menos hay que reconocer a la anglo-iraquí que sus edificios no terminan cayéndose o se tienen que reformar por completo antes de inaugurarse como es el caso del inefable Santiago Calatrava. Y es que batir los récords de caradura del valenciano parece tarea imposible. Entre otros cuadruplicar y hasta quintuplicar costes o poner en riesgo la integridad física de los usuarios de sus obras. En el caso de Calatrava varias de sus ocurrencias han terminado en los juzgados. El aludido acumula condenas y procesos pendientes por millones de euros.
Pero aún queda una cuestión pendiente de los edificios estrella y no menor: el mantenimiento.
Algo tan básico como limpiar los cristales puede convertirse en una labor titánica y cara en un edificio de formas elípticas o con fachadas que miran hacia abajo en ángulos de 45º. No digamos ya lo que implica sustituir cualquier elemento constructivo o incluso trabajos tan simples como reparar un punto de luz se convierten en cuestiones de ingeniería.
Queda también la cuestión de la eficiencia energética. Por ejemplo cómo calentar o refrigerar edificios concebidos como inmensos espacios diáfanos. No sólo por el dispendio de energía que supone, sino porque puede llegar a ser simplemente imposible. Que le pregunten si no a los sufridos usuarios y trabajadores de la Estación de Zaragoza-Delicias.
No es una cuestión baladí y pone en tela de juicio la verdadera habilidad técnica de un profesional que se supone debe dar viabilidad a sus proyectos, no convertirlos en un quebradero de cabeza.
Ahora los arquitectos estrella están de capa caída. Terminaron los años dorados de la burbuja inmobiliaria y ya les pagamos la fiesta entre todos.
Pero eso no implica que siga la tentación faraónica. Que todo el mundo quiera su Guggenheim sin querer entender que un edificio son muchas cosas. Tiene que ser oportuno, obedecer a criterios de sostenibilidad, encajar en el entorno, tener un presupuesto cerrado y ser viable. Pero, por encima de todo, que sea algo construido a la medida de las personas, no de los delirios de grandeza del divo de turno pagados casi siempre con dinero público.
