Yo también soy Daniel Blake

Ken Loach lanza un retrato crudo y sincero de la pobreza normalizada a través del sistema de subsidios británico, con una historia que no puede dejar indiferente, pues supone un fiel reflejo de lo que muchos ya viven y otros podemos terminar viviendo

Fotograma de Yo, Daniel Blake.

Lo que comienzas a leer no es una crítica de cine. Nada más lejos de mi intención. No soy lo suficiente cinéfilo, y en absoluto soy imparcial, como para analizar la última cinta de Ken Loach. Ayer me enfrenté a una película dura, sencilla y sincera, que me mantuvo pegado a la butaca con el estómago del tamaño de una nuez. Sólo el realismo es capaz de generar esa congoja.

Daniel Blake, al que da vida magistralmente Dave Johns, es carpintero desde hace 40 años, pero tras sufrir un infarto de corazón, en el trabajo, se verá inmerso en un sinsentido burocrático que le obligará a buscar empleo, con el fin de poder cobrar el subsidio, mientras sus médicos le siguen prohibiendo volver al trabajo.

Una paradoja provocada por la liberalización de todos los servicios públicos, en los que actores privados gestionan, sin demasiado pudor, las vidas de personas que se ven inmersas en un mundo que los ha convertido en una especie de cliente-contribuyente.

El desprecio con el que el sistema de subsidios británico trata a Katie, interpretada por una genial Hayley Squires, es el detonante para que Daniel aparezca en la vida de esta familia, en la que una madre soltera con dos hijos, andan perdidos, recien llegados a Newcastle, tras haber sido desahuciados en Londres bajo amenaza de llevar a sus hijos en un hogar de acogida, si rechazaban esta oferta.

A partir de ahí un crudo retrato de la pobreza que se vive en toda Europa, y no solo en el norte de Inglaterra. Frío, hambre, trabajos precarios, bancos de alimentos y sobre todo el cumplimento de un sinfín de requisitos burocráticos que permitan hacer llegar unos escasos subsidios con los que seguir pagando la factura de la luz y tener acceso a unas compras básicas.

Habrá quienes, no serán pocos, critiquen a Ken Loach por esta cinta. Para ellos, el director británico, a sus ochenta años, no dejará de ser un agorero, un exagerado. Pero la verdad es terca, y suele perdurar. La realidad político económica de toda Europa está llevando a una gran parte de la población a vivir de ese sistema de subsidios que normaliza la pobreza.

Los bancos de alimentos ya son un hábito en el día a día de demasiadas familias; la calefacción hace mucho que no calienta algunos hogares; y la precariedad es la única de las formas de acceso al mundo laboral que han vivido desde siempre.

En ese sentido gira la realidad de muchos europeos. En el Estado español el 28,6% de los ciudadanos se encuentra en riesgo de exclusión social, sin apenas recursos con los que pagar las necesidades básicas, según una encuesta publicada por el INE, en este 2016. Según Eurostat, en el año 2015 el número de europeos en riesgo de exclusión social era de 122,3 millones de personas, en torno al 24,4%.

Pese a lo tremendo de estos datos muchos seguirán diciendo de Loach aquello de que hace cine sólo para sus acólitos, para aquellas que ya están convencidas de partida. Otros seguirán tratando de convencer de las bondades del capitalismo, y de la supuesta recuperación económica, mientras su “máquina perfecta”, los mercados, gira vertiginosamente sin dejar de centrifugar personas, llevándolas a la pobreza y la exclusión social.

Debemos entender que ninguna de nosotras estamos libres de ser despojadas de nuestros pocos y pequeños privilegios - quizá pan, trabajo y libertad -, siendo arrojadas a la vida en el subsidio, o a la más absoluta de las miserias.

Por eso lo tengo claro, yo también soy Daniel Blake.

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