¡Ya tardaban!

Cuando el 20 de noviembre de 1975 se oficializó el fallecimiento del genocida Jefe de Estado que había usurpado la libertad a este país, comenzó a gestarse -por medio de las fuerzas que sostenían al franquismo y eran beneficiarias de sus desmanes (oligarquía financiera, Iglesia Católica y uniformados ambiciosos)- un simulacro  de reconciliación nacional. No llegaba a ser siquiera un relato, pero caló en las mentes de las personas que esperaban hallar un atisbo de esperanza tras la desaparición del monstruo que durante cuarenta años había machacado sus vidas. La ausencia de esperanza te obliga a aceptar cualquier opción por …

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Cuando el 20 de noviembre de 1975 se oficializó el fallecimiento del genocida Jefe de Estado que había usurpado la libertad a este país, comenzó a gestarse -por medio de las fuerzas que sostenían al franquismo y eran beneficiarias de sus desmanes (oligarquía financiera, Iglesia Católica y uniformados ambiciosos)- un simulacro  de reconciliación nacional.

No llegaba a ser siquiera un relato, pero caló en las mentes de las personas que esperaban hallar un atisbo de esperanza tras la desaparición del monstruo que durante cuarenta años había machacado sus vidas.

La ausencia de esperanza te obliga a aceptar cualquier opción por perversa que sea.

Los años siguientes al óbito del asesino, se dieron pasos para reinstaurar en España un régimen equiparable al resto de Europa. Bajo la tutela de la monarquía franquista y la escrupulosa vigilancia de las fuerzas armadas, se llegó a pergeñar el llamado régimen del 78. O sea la “modélica” transición.

Ni un atisbo de repulsa a la opresión padecida, nada de justicia reparadora y por supuesto ningún reconocimiento de la ilegalidad padecida.

Los asesinos de los cientos de miles de españoles amontonados en las cunetas, continuaron en sus puestos bien retribuidos, los empresarios beneficiados por explotar a presos políticos continuaron con sus boyantes empresas, los generales sostenedores de un genocida disfrutaron de las prebendas alcanzadas y los obispos siguieron rezando por el eterno descanso del criminal que no dejó descansar en paz a nadie.

La ley de amnistía de octubre de 1977 extendió un espeso manto de impunidad sobre los crímenes del franquismo. Tras la pantalla de generosidad que Adolfo Suarez intentó vender se escondía la perversa exculpación de actuaciones asesinas que encerraban ambiciones ocultas. Bueno, en realidad tampoco tan ocultas, consistió en despojar de derechos de reparación a los españoles saqueados por que se  enfrentaron a la ilegal rebelión militar.

Nunca estuvo en la mente del Secretario General del Movimiento Adolfo Suárez (Secretariado que representaba la defensa a ultranza de los postulados del Movimiento Nacional) la intencionalidad de recomponer la situación del Estado para restablecer la situación política que había sido cercenada por la fuerza. Sus declaraciones a micrófono cerrado para sostener a la monarquía son más que reveladoras.

¡Suarez nunca se preocupó de la legalidad! Únicamente le movió la ambición de grupos de poder afines y la suya propia.

Su sucesor en la presidencia de Gobierno, Felipe González, rápidamente se mimetizó con el papel que debía de representar. De Isidoro clandestino se transmutó en González de Estado. Y después de renunciar al marxismo, renunció al socialismo y a la decencia democrática.

De aquellos barros infectos de miseria nacen estos lodos de una derecha extrema, acompañada por una extrema derecha que nunca ha admitido la diversidad política ni territorial. Para esa derecha filo franquista, todos los derechos son disfrutables por ellos pero cuestionables para los demás. El insulto y la mofa forman parte de su ideario político. Las personas trans son machorros con faldas o maricones sin norte. Los homosexuales son maricones viciosos y las lesbianas tipas mal folladas. Los migrantes resultan ser delincuentes peligrosos y las mujeres que reclaman derechos son feministas abducidas por Satanás.

Los 56 viejitos, firmantes del manifiesto que pide la intervención del ejército para corregir la deriva del país, no saben lo que es corregir, desconocen el significado de deriva y se pierden cuando tienen que diferenciar entre Estado, Nación y País. Tranquilamente retirados a sus paseos por el parque dando la lata a los obreros de las obras o a los cajeros de las sucursales bancarias porque les han cobrado mantenimiento de la cuenta, necesitan encontrar un atisbo de emoción en sus vidas. Recordar cuando hablaban y alguien contestaba “a sus ordenes mi comandante”.

Los  56 patéticos, nunca protestaron por las condiciones de trabajo, por la deficiencia de los materiales, por la falta de conciliación familiar que padecían sus subordinados o –lo más grave– por el abandono corrupto que sufrieron sus compañeros del Yak 42.

Para las fuerzas armadas ese fue el mayor caso de abandono y corrupción sufrido. Los 56 firmantes siguieron silenciosos. ¡Cobardes!

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