Y aquellos barquitos no navegaron

Ya no hay barquitos turísticos en el Ebro y parece que ni habrá. Termino -como empecé- repitiendo la pregunta ¿A alguien realmente le importa?

No sé si mis conciudadanos de Zaragoza se han dado cuenta, pero este año no hay barquitos turísticos navegando por el Ebro ¿Os habéis dado cuenta? Y más importante ¿A alguien le importa?

Han sido siete dragados del Ebro, algunos a fondo y otros simple retirada de gravas. Se han gastado 600.000 euros en intervenciones entre 2009 y 2015 y un azud que costó la nada despreciable cifra de 24 millones de euros. Por fin parece que el actual consistorio tiró de sentido común y dedujo que es absurdo seguir machacando el lecho del río para que un año tras otro se rellene de sedimentos y, a la postre, disfruten de los barquitos unos cientos de personas. Ya de paso nos ahorramos 1,8 millones que se iban a gastar hasta 2032.

Porque si tiramos de cifras de usuarios la cantidad es ridícula y cada persona que zarpó nos costó casi 7 euros si hacemos la cuenta. No se ha pasado de los 12500 usos, si nos fiamos de los triunfalistas datos del tandem Belloch/Blasco, ni vendiendo los billetes a un euro como se hizo unos días en 2010. Aún creyéndonos el dato, la rentabilidad del servicio pasaría por triplicar esa cifra. Durante su existencia los barquitos estuvieron semanas enteras parados, no zarpaban porque hacía cierzo, ese extraño fenómeno que casi no se da en Zaragoza o encallaron varias veces para despiporre general. También fue chusco el episodio del reparto de repelente para que a los navegantes de agua dulce no se los comieran los feroces mosquitos veraniegos.

Asimismo la empresa concesionaria original, Turismo Ebro Fluvial, que subcontrató a su vez a Alosa terminó abandonando el proyecto. Estuvo un año a cargo el Acuario de Zaragoza que también abandonó y terminó en manos del Parque de Atracciones a cambio de un contrato muy ventajoso del que se han llevado 300.000 euros de indemnización. Aún así todo apuntaba a que, económicamente, la navegación era una ruina y difícilmente podría ser rentable siquiera a largo plazo por lo que la contrata no puso el menor problema en desistir y trincar la pasta.

Qué no decir a propósito del atropello ecológico que fue el dragado del río para adaptarlo a los barcos y no al revés como indicaría la lógica. Varios informes, especialmente el del Centro Ibérico de Restauración Fluvial, insistieron en que dragar el río era una barbaridad y que se dañaba el ecosistema del mismo, ya bastante deteriorado. En su momento parte de la población tachaba de agoreros y lanzó toda suerte de improperios contra los ecologistas protestones.

De toda la situación lo que más inexplicable parece, cotejando datos y gastos, fue el empecinamiento municipal en mantener semejante dispendio contra viento y marea. Quizás la ciudad se preparaba ante una eventual remontada del Ebro por las huestes de Baligante como en el siglo VIII.

Pero más bien lo de los barquitos del Ebro no es sino un ejemplo en miniatura de faraonismo político. A menudo los políticos están encantados de conocerse y convierten lo que no es más que una ocurrencia en una gran idea. Gran idea que sólo ellos ven. De ahí a empeñarse en un proyecto delirante y mantenerlo aún negando lo evidente hay un paso.

Y lo evidente era que el castigado Ebro es un río con una fuerte estacionalidad que, a su paso por Zaragoza, tan apenas tiene calado en verano. Algo que podría explicar cualquier piragüista de Helios acostumbrado a enganchar sus remos contra el fondo y a caminar sobre el lecho del río para llegar al embarcadero. En todo caso, un proyecto más humilde de barcos de pequeño calado sin gran inversión podría tener algún futuro, pero teniendo en cuenta la realidad del río.

Una visión que pasa por saber que en primavera y otoño el río baja con demasiado caudal y en invierno hace demasiado frío y niebla lo que restringía la pseudo navegavilidad a unas pocas semanas al año y todo esto tras acondicionar el río a los barcos.

Por otra parte, este año no ha habido navegación turística y ha pasado totalmente desapercibida. No ha generado más allá de alguna nota breve en prensa y los políticos han pasado un tanto de puntillas sobre el tema.

Miles de euros después y pasados unos cuantos responsables políticos desde la gestación de la idea en 2005 afirmo que a mí, como pagano del invento, me sobraron los barcos desde el primer momento. Finalmente ya no hay barquitos turísticos en el Ebro y parece que ni habrá. Termino repitiendo la pregunta ¿A alguien realmente le importa?

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