Vertederos: nuestras basuras, desechos y residuos

Comentamos en este artículo el excelente libro de Oliver Franklin-Wallis, periodista de investigación, que recoge una amplísima panorámica del problema en distintos países del mundo, incluyendo muchas veces la historia, sus circunstancias, y cómo se abordó tiempo atrás, y al día de hoy, el procesamiento de todos esos “materiales” en los países desarrollados

Vertedero. La sucia realidad de lo que tiramos, a dónde va, y por qué importa. Oliver Franklin-Wallis. Capitán Swing Libros. 2024, 383 pags.

Para señalar la magnitud del tema, recogeremos en primer lugar, unos cuantos datos que indica el autor.

Residuos totales per cápita: en el Reino Unido, cada persona genera 1,1 kg al día. En EEUU, el país que más desperdicia del mundo, 2 kg/persona y día. Plásticos: la gran mancha de basura del Pacífico, que acumula gran parte de los once millones de toneladas de plástico vertidas cada año a los océanos, tiene una superficie actual como tres veces el tamaño de Francia. Cada año se venden en el mundo, 480.000 millones de botellas de plástico.

La ropa: cada año se fabrican en todo el mundo, alrededor de 62 millones de toneladas de ropa, que equivale a entre 80.000 y 150.000 millones de prendas, para vestir a 8.000 millones de personas. La industria de la moda produce entre el 8 y el 10% de las emisiones globales de CO2. Y el 20% de todas las aguas residuales. Se considera que el 25% de toda la ropa que se fabrica nunca se vende. En EEUU el 85% de todos los textiles, se arrojan a vertederos o se incineran.

Las aguas residuales: en el capítulo seis, recoge con detalle la historia de las cloacas de Londres desde mediados del siglo XIX. En este momento, nos habla de la planta de tratamiento de Beckton, la más grande de Europa, que procesa 14.000 litros de aguas residuales por segundo.

El desperdicio alimentario: En todo el mundo, se valora cada año en más de 931 millones de toneladas de alimentos, según el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Según el IPCC (Panel Internacional sobre el Cambio Climático), los alimentos en descomposición liberan enormes cantidades de metano, por lo que un 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEIS) pueden atribuirse al desperdicio alimentario.

Y esas pérdidas, pueden generarse, bien en las explotaciones agrarias, en la industria, o en los puntos de venta, o bien después de la adquisición de los mismos, en los restaurantes, o en el hogar de los consumidores. El hogar medio del Reino Unido, gasta setecientas libras (aproximadamente 812 euros) al año en alimentos que en realidad no come, mientras que 4,2 millones de británicos sufren de pobreza alimentaria. Dicho desperdicio también significa el desperdicio en paralelo, del orden de 1.400 millones de hectáreas de tierras agrícolas ( un 28% del total mundial).

El desperdicio de los embalajes: El desperdicio alimentario está relacionado con otro tipo de desperdicio: el de los envoltorios plásticos que se añaden en los supermercados. Y así, una investigación descubrió, que solamente considerando cinco productos: manzanas, plátanos, brócoli, pepinos y patatas, sueltos, sin envoltorio, podrían evitar 60.000 toneladas de desperdicio alimentario y 8.800 tn de plástico al año, en el Reino Unido.

Los residuos de aparatos eléctricos y electrónicos: son el flujo de residuos que crece con mayor rapidez en el mundo. En 2019, suponían 53,6 millones de toneladas y se estima un crecimiento anual de un 2%. En 2021, se vendieron aproximadamente 1.430 millones de teléfonos, 341 millones de ordenadores, 210 millones de televisores y 550 millones de auriculares. Sin contar con los electrodomésticos, consolas de videojuegos, patinetes eléctricos, etc. Se estima que sólo un 17,4% de los residuos electrónicos se recicla. Pero aún así son los residuos más apreciados. Pueden contener hasta sesenta elementos: hierro, cobre, aluminio, metales de tierras raras (cobalto, neodimio y tantalio) además de oro, plata y platino.

Vertidos tóxicos en los ríos: El autor nos describe la contaminación del río Yamuna en la ciudad de Nueva Deli (India) en un día de invierno, lleno de una espesa espuma. Productos tensoactivos y fosfatos -que se encuentran en jabones, detergentes, pinturas, adhesivos y cosméticos- vertidos en las aguas residuales sin tratar, y aguas residuales de fábricas textiles y papeleras situadas río arriba, son las causantes de la contaminación, pero también de empresas azucareras, de curtidos, destilerías, electrónicas y de plásticos, que añaden también metales pesados, incluidos el cadmio, cromo y plomo.

La contaminación por bacterias coliformes y estreptocos fecales -con una concentracción 943 y 10800 veces superior, respectivamente a la recomendada por el Estado-, hizo que fuese declarado en 2017 como un río biológicamente muerto. El mismo problema que el Yamuna, lo tiene la cuenca del Ganges, el río sagrado de la India, que es una de las más densamente pobladas del mundo. Hogar de casi la mitad de la población del país, proporciona agua y riego a unos seiscientos millones de personas. Según un informe, en 2016, hasta el 78% de las aguas residuales se quedaron sin tratar.

El caso del río Cuyahoga, en Ohio (EEUU), llevaba ardiendo hacía más de un siglo. En la década de los 1950, la industria pesada había reducido a cloacas muchos de los ríos del norte. Era habitual, los cauces repletos de aguas residuales, petróleo y escorrentías, que apestaban. El resultado era un agua que más que tóxica era inflamable. A finales del siglo XIX ocurrió en varias ocasiones en ciudades como San Francisco, Baltimore, Filadelfia, Buffalo y Galveston, que vieron sus aguas incendiarse.

Nuevos productos químicos: en Europa, en 2006, la UE aprobó una ley conocida como Reach que insta a las empresas a que presenten datos de seguridad tanto para los productos químicos nuevos como para los existentes que se producen en masa. Se registraron alrededor de 23.000, de los cuales, la UE clasifica a 224, como extremadamente preocupantes. Un estudio reciente (2020) que intentó examinar 22 inventarios químicos existentes en todo el mundo, llegó a la cifra de 350.000 sustancias químicas registradas para su producción y uso en todo el mundo, y es una cifra que va aumentando con rapidez.

Otros residuos importantes: los de la minería y los residuos nucleares (los más peligrosos), quedarían por describir, por no alargar el artículo.

En el epílogo del libro, el autor trata de reflexionar acerca de cómo se podría actuar para abordar la lucha contra el crecimiento del volumen de todos los residuos. Considera que las acciones personales tienen poco recorrido frente al problema global y apunta que comprar menos cosas sería un proceso liberador. Sobre el eslogan “reducir, reutilizar y reciclar”, que no sólo puede ser pegadizo, sino que las tres palabras están ordenadas de mayor a menor efectividad, de ahí la importancia de reducir.

Finalmente, también indica que es necesario obligar a las empresas a que declaren cuál es la huella real de los residuos de los productos que venden, no sólo en el momento de su eliminación sino desde el momento de su extracción (también llamado coste verdadero) que es una práctica que va tomando cada vez una mayor dimensión.

Desde mi opinión de lector, de tan laboriosa y excelente recopilación de información, me deja con la duda de por qué no ha relacionado todo ese proceso ingente y creciente de contaminación humana sobre el medio ambiente con la amenaza del calentamiento global originado por nuestro consumo sin freno de los combustibles fósiles. El desmesurado consumo de todo tipo de materiales y recursos nos va llevar, con toda probabilidad, a la autodestrucción de nuestra especie, si no somos capaces de reaccionar a muy corto plazo asumiendo el camino de la reducción o más ampliamente, un proceso global de decrecimiento.

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