He tenido la oportunidad de volver a ver esta espléndida película de 1961, de Stanley Kramer, con un reparto tan magnífico como inusual (Spencer Tracy, Burt Lancaster, Richard Widmark, Marlene Dietrich, Judy Garland, Maximilian Schell y Montgomery Clift en los papeles principales). Al tiempo, he constatado las tremendas semejanzas que el Holocausto nazi de la segunda guerra mundial tiene con el Holocausto (genocidio) palestino en Gaza y en directo.
Allí, fueron los nazis alemanes los que trataron de exterminar a todo un pueblo, el judío, por su condición de no ario y de víctima propiciatoria necesaria del fascismo para conseguir el aplauso de sus conciudadanos.
Aquí, hoy y en directo, el nazismo sionista es el que intenta limpiar étnicamente (un genocidio en directo) a un pueblo semita como los judíos y, si apuramos, con muchos más derechos históricos a habitar la tierra en donde yacen: los palestinos.
Hace reflexionar la película, la recomiendo vivamente a cuantos quieran pensar sobre hechos, aquellos y estos, cuya barbarie hace retroceder siglos a la humanidad como tal.

Una cuestión esencial, por encima del horror del holocausto, responde a la responsabilidad; no de los ejecutores que es obvia −en este caso, el gobierno israelí, al frente el aspirante a heredero de Adolf Hitler−, sino de quienes saben, conocen, intuyen o aplauden. Incluso, de quienes miran al otro lado para no cargar sus conciencias.
En el caso del holocausto judío, de esa amplísima población civil que, cuando las cosas parecían sonreír a Hitler, aplaudían enfervorizados con el brazo en alto, pero que, luego, al final de la guerra, nadie decía saber nada sobre Treblinka, Dachau, Mauthausen, Auschwitz, Bergen-Belsen o cualquiera de los más de ¡¡cuatro mil!! grandes campos de exterminio existentes, sobre todo, en Alemania, Austria, Polonia, Países Bajos, Francia y Checoeslovaquia.
¿Qué responsabilidad tenían sobre esos más de seis millones de asesinados quienes aplaudían, sabían, intuían o miraban al lado contrario?
En el caso actual, el genocidio de los palestinos, televisado en directo para más vergüenza de la humanidad, ¿qué responsabilidad tienen quienes lo aplauden, amparan o le dan cobijo, palmadas o lo blanquean?
No digamos los ejecutores, nazis del gobierno judío y quienes respaldan y proveen de armas como los norteamericanos, a su cabeza un botarate filo-fascista que intenta emular a un payaso, en su peor acepción de la palabra. Esos son, evidentemente, responsables en primer grado y reos, según el TPI y las conciencias de quienes representamos a la Humanidad, de un juicio que, presuntamente, los debe de llevar a cadena perpetua. Recordemos cómo acabaron parte de los enjuiciados en Nuremberg.
Pero ¿y los gobiernos, políticos, dignatarios, funcionarios, altos representantes, presidentes de organizaciones, que amparan, palmean, disculpan, blanquean o reniegan de llamar a las cosas por su nombre? ¿Qué responsabilidad tienen en el genocidio? ¿También para un segundo Nuremberg?
La respuesta la da Spencer Tracy en la película: toda. Porque no es eximente decir que no son los ejecutores, no exime constatar que no han lanzado un misil o disparado la pistola. Mirar hacia otro lado, amparar con gestos o palabras, blanquear con subterfugios, mucho más si, además, lo aplauden, responsabiliza a quienes lo hacen, a quienes no evitan, a quienes no denuncian, de la misma o parecida manera que quien ordena o dispara.
Porque Netanyahu y sus asesinos, su gobierno en pleno de corte nazi, no podrían ejercer de carniceros, de genocidas, si no tuvieran el respaldo mayoritario de los compatriotas, o de los que no lo son, que amparan, aplauden, disculpan y, también, de los que miran a otro lado. Si estos fueran minoría no podría, si la mayoría en su país, en Europa, en el mundo, denunciara con firmeza, no podría.
Como en el tercer Reich, si el pueblo alemán no hubiera alzado mayoritariamente el brazo, si el pueblo alemán no hubiera amparado, aplaudido, cobijado, blanqueado o, simplemente, mirado al lado contrario cuando olía a carne quemada, Hitler no hubiera podido perpetrar tales salvajadas.
Pero hay más. Si Chamberlain, Churchill, Blum o Daladier, dirigentes franceses e ingleses que, en el fondo, admiraban y ensalzaron a Hitler en más de una ocasión (pactos de Múnich, invasión de los Sudetes, apoyo al alzamiento de Franco, anexión de Austria…) hubieran mirado al lado correcto sin dar alas al nazismo, comenzando por el apoyo descarado al golpe de estado franquista, el Holocausto no hubiera sido posible, seguramente.
Esa gente, miserables hipócritas muchos de ellos, tienen responsabilidad ante la Historia. La misma que, en estos momentos, la tienen representantes europeos como la presidenta de la UE, el presidente de Francia, el primer ministro del Reino Unido, el canciller alemán y toda una recua de dirigentes que, hoy como ayer, miran hacia otro lado en el mejor de los casos y, en el peor, aplauden y dan palmadas en la espalda de esquizofrénicos Mengeles o sanguinarios Netanyahus.
Magnífica película, necesaria en estos momentos, que hace pensar y confirmar que el horror nazi de los cuarenta es el mismo que el horror nazi actual de Gaza. Con un vergonzoso añadido: que este es en directo y nadie puede mirar hacia otro lado.
“No es eximente decir que no somos ejecutores,
que no somos quienes ordenamos.
Mirar hacia otro lado, amparar con gestos
o palabras, blanquear con subterfugios,
responsabiliza a quienes lo hacen. Quienes
no denuncian son responsables, de manera
similar, a quien ordena o dispara”

